
Estamos frente a uno de los acontecimientos teatrales más esperados de la temporada: José María Pou da un auténtico recital interpretativo sobre las tablas del Teatro Bellas Artes de Madrid en un montaje dirigido por Josep Maria Mestres y basado en la aclamada obra del escritor francés Florian Zeller llamada El padre.
La enfermedad de Alzheimer provoca pérdida de memoria y una demencia debilitante para la que no existe ninguna terapia eficaz y la propuesta de El Padre supone una auténtica lección de teatro que remueve, que inquieta y que pone a los espectadores y espectadoras frente a esa realidad actual que afecta seriamente a la sociedad. Lo que nos encontramos en escena es una hija que debe equilibrar sus responsabilidades laborales y afectivas con el cuidado de su padre, lo que supone tener que lidiar con sentimientos de preocupación y miedo ante la idea de necesitar más ayuda. El texto llega al público con una crudeza terrible, sin desdeñar los momentos cómicos que no están reñidos a la dureza de un relato que, indudablemente, dispara directamente al corazón.
Uno de los aciertos de esta obra que se representa actualmente en el Teatro Bellas Artes, es mostrar también al público lo que ocurre dentro de la mente del enfermo a medida que la enfermedad evoluciona y se hace más presente. Una pieza emotiva que no cae en la sensiblería facilona y que supone un verdadero recital en materia de transmisión de emociones construyendo los argumentos de todos los personajes sin que lleguen a ser contradictorios entre sí en ningún momento, más bien se complementan de principio a fin. Esa es la intención del dramaturgo Zeller, que con su original y personal construcción narrativa el público se vea obligado a meterse en la mente del protagonista y a estar en alerta para no perderse ningún detalle.
La pieza fundamental, indudablemente, de El padre es la interpretación de José María Pou. Está soberbio en el papel protagonista, manejando comedia y tragedia a la perfección. En todo momento, el actor catalán destila humanidad interpretando a este hombre que poco a poco va perdiendo la memoria. Una actuación llena de cambios y de registros pasando por los diferentes estados que atraviesa su personaje, capaz de transmitir la fuerza de alguien con mucho carácter y la fragilidad de quien empieza a olvidar y que ya no sabe dónde está. Su mirada, primero dominante y después perdida y confundida, sus gestos y sus silencios nos llevan por ese embrollo lleno de confusión donde todos nos sentimos presentes.
El resto del elenco, compuesto por Cecilia Solaguren, Elvira Cuadrupani, Jorge Kent, Alberto Iglesias y Laura Grube, acompaña de maravilla el desarrollo de la trama; todos dando réplica al protagonista absoluto que, de manera inevitable, eclipsa lo demás.
La escenografía de Paco Azorín -apenas unas sillas- ha querido dejar todo el peso al texto y a la capacidad de comunicar de Pou. Es una puesta limpia, ordenada y sin ningún tipo de excesos que permite recibir todo lo demás en su máximo esplendor. Y, por supuesto, no me puedo olvidar del cuidadísimo diseño de luces a cargo de Ignasi Campodron que dota de fuerza cada suceso que tiene lugar sobre las tablas.
Estamos frente a una obra espléndida, que transcurre a un ritmo vertiginoso y que posee una construcción dramática realmente brillante. Una historia conmovedora y fascinante, que te atrapa desde el primer minuto, que no tiene una estructura lineal y que se desarrolla con continuos saltos desde el punto de vista de un personaje y de otro, perfectamente hilvanados.
Crítica realizada por Patricia Moreno




