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16.07.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
El número setze dels Arcans Majors – Crítica 2026

El número setze dels Arcans Majors puede verse estos días en la Sala Beckett de Barcelona. Escrita y dirigida por Oriol Puig Grau, la obra propone un viaje entre el misterio, la memoria y el simbolismo para construir un relato donde la realidad y lo sobrenatural conviven constantemente. Una propuesta ambiciosa que convierte las preguntas en el principal motor de la narración.

Todo comienza con la llegada de una periodista a una antigua casa para investigar unos sucesos ocurridos décadas atrás. Su búsqueda la conduce hasta tres mujeres cuyas historias, aunque muy distintas entre sí, terminan conectando con ese mismo lugar. Una recuerda las fiestas organizadas por la enigmática Sant Petersburg; otra reconstruye la memoria de la casa a través de su infancia y de la misteriosa desaparición de sus hermanos tras la llegada de una comunidad hippie; la última recupera la figura de su abuelo, chófer y mago aficionado, acompañado siempre por doce palomas bautizadas con los nombres de los signos del zodíaco y por una ayudante que asumía con absoluta convicción su papel junto al ilusionista. Tres relatos que avanzan entre recuerdos, supersticiones y leyendas hasta convertir la casa en el verdadero eje de la función, un espacio donde realidad y misterio acaban difuminando sus fronteras.

Precisamente ahí reside el mayor rasgo de identidad del texto de Oriol Puig Grau. La dramaturgia se construye como una suma de relatos que dialogan entre sí más por la atmósfera que por una trama convencional. El autor bebe del realismo mágico y de una literatura donde el misterio, la memoria y la tradición oral terminan imponiéndose sobre la explicación racional. Esa ambición resulta indudable y demuestra una notable capacidad para crear un universo sugerente. Sin embargo, esa misma apuesta termina jugando en su contra. El constante aplazamiento de las respuestas dificulta la implicación emocional y hace que el misterio pierda fuerza a medida que avanza la función. Más que aumentar la intriga, la sensación es que el relato gira sobre sí mismo sin terminar de encontrar un destino claro. Cada respuesta parcial conduce a una nueva incógnita, pero pocas ofrecen la recompensa emocional que la propia obra promete.

La dirección de Oriol Puig Grau apuesta por una puesta en escena sobria que deja todo el protagonismo a la palabra y a los relatos de sus personajes. La periodista funciona correctamente como hilo conductor entre las tres historias, enlazando los distintos testimonios y guiando al espectador por el universo de la obra. Sus preguntas hacen avanzar el relato y permiten descubrir nuevas capas de cada historia. Sin embargo, desde el punto de vista dramatúrgico, el personaje termina dejando una sensación agridulce. Su investigación genera continuamente nuevas incógnitas, pero apenas obtiene respuestas que permitan profundizar o cerrar los conflictos planteados. Más que conducir hacia una resolución, cada conversación abre nuevos caminos que la obra decide no recorrer, reforzando esa sensación de misterio permanente que constituye tanto una de sus mayores virtudes como una de sus principales limitaciones.

Donde la propuesta sí encuentra un apoyo sólido es en su reparto. Laura Roig sostiene con naturalidad el papel de la periodista, ejerciendo de nexo entre las distintas historias y acompañando al espectador durante toda la investigación. Junto a ella, Lluïsa Castell vuelve a demostrar por qué es una de las intérpretes más solventes de nuestra escena. Su presencia escénica y su impecable dicción convierten cada una de sus intervenciones en un auténtico placer. Alba Pujol firma otra de las interpretaciones más destacadas de la función, aportando naturalidad y una verdad escénica que consigue mantener vivo el interés incluso cuando el texto se vuelve más difuso. Mariona Pagès, por su parte, da el punto de partida al entramado narrativo con una interpretación sólida y llena de matices.

La propuesta escénica presenta una imagen poderosa desde el primer momento. Dos grandes altares dominan ambos extremos del escenario, evocando la casa donde transcurre buena parte del relato, mientras que, en el centro, la mesa de trabajo de la periodista actúa como hilo conductor entre las distintas historias. Sin embargo, esa escenografía, pese a su fuerza visual, termina teniendo un papel más contemplativo que dramático. Más allá de situar la acción, el espacio apenas evoluciona ni encuentra una verdadera función narrativa, dejando la sensación de que un elemento con tanto potencial podría haber aportado mucho más al desarrollo de la propuesta. La iluminación acompaña con eficacia este universo, alternando atmósferas sombrías en los pasajes más inquietantes con una luz blanca y neutra al inicio de cada bloque. Un diseño funcional que marca con claridad las transiciones y acompaña el tono del relato sin reclamar protagonismo.

El número setze dels Arcans Majors posee una atmósfera sugerente y un reparto capaz de sostener con autoridad los momentos más inspirados de la función. La ambición literaria de Oriol Puig Grau y el universo que construye alrededor de esa casa invitan a dejarse llevar por el misterio. Sin embargo, su empeño por convertir cada respuesta en una nueva pregunta termina manteniendo al espectador a cierta distancia emocional. Como los propios arcanos que le dan título, la obra parece empeñada en sugerir más que en revelar. El problema es que, en esta ocasión, tanta incógnita acaba despertando más distancia que fascinación.

Crítica realizada por Norman Marsà

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