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03.07.2017 Teatro  
El musical más certero del verano madrileño

Llegan las temperaturas extremas, los días interminables con un sol abrasador a altas horas de la tarde, y lo que buscamos es un buen refugio a la sombra, con un buen equipo de aire acondicionado, que nos ayude a sobrellevar un día agotador, y esa es la propuesta del Pequeño Teatro Gran Vía programando esta enésima temporada de Las nueve y cuarenta y tres.

Dando por finalizadas las temporadas de los teatros, llamemos, «institucionales», las programaciones de aquellos teatros que no cierran por vacaciones (a Talía gracias) adaptan su oferta a lo que nos pide el cuerpo en esta estación, algo ligero, refrescante, y que nos caliente la cabeza mas que el perenne astro. Las nueve y cuarenta y tres (El Musical Más Puntual) llega a la hermana pequeña del Teatro Philips de la Luz de la Gran Vía, después de una prolífica gira y rotando desde hace un par de años por salas de la capital.

Andrés Alemán, autor y director el espectáculo nos sitúa en Moscú, 1910. Antonina Petrovna convive desde la muerte de su madre con un fenómeno paranormal musical que se produce en el salón de su mansión, todos los días a la hora exacta en que falleció la matriarca, a Las nueve y cuarenta y tres. Desesperada por resolver el misterio, y obtener la ansiada paz, recurre a los servicios de un reputado parapsicólogo español para que medie con la difunta y su díscola hermana pequeña. Y es en este encuentro con el profesional del ocultismo, el servicio, y los ausentes, que se comienzan a suceder las más disparatadas situaciones.

Con las pegadizas melodías, compuestas para la ocasión por Manuel Soler Tenorio, como acompañamiento de unos ocurrentes diálogos, cada uno de los cinco intérpretes tienen sus momentos de lucimiento en este modesto musical, con grandes pretensiones de entretenimiento. Aránzazu Zárate interpreta a la primogénita de la difunta, Antonina, una mujer con carácter, seria, muy rusa. Su díscola hermana, Nadia, toma sugerentes formas en el cuerpo y gracia de Gemma García. El servicio de la mansión lo componen la sirvienta española, Virginia, por parte de una hilarante María Cobos; y el mayordomo Jacobo, un versátil (no como su personaje) Joselu López. El papel afamado parapsicólogo español lo interpreta un muy cómplice con el público, Natxo Núñez.

Es innegable que el planteamiento de la propuesta no tiene mayores pretensiones que la de entretener al público y hacerle pasar 90 minutos de pura distensión y humor ligero. No estamos ante una tragedia griega dirigida por Andrés Lima, ni el público que llene diariamente la sala del Pequeño Teatro Gran Vía es lo que busca. La excelente dirección de Alemán para hacer que los actores transmitan el disfrute que sienten al interpretar estos personajes, es un gozo, y Las nueve y cuarenta y tres es infalible como divertida comedia musical.

Humor a raudales, pícaros diálogos plagados de dobles sentidos, sexo (flojito) y unas pegadizas canciones entre el blues y el pasodoble, hacen de este espectáculo una excelente opción para llevar a la abuela, al primo de Linares que ha venido de visita, y tu madre que nunca quiere salir de casa, a la Gran Vía a pasar un buen rato y no pasar calor. María Cobos se mete al público en el bolsillo con ese himno a España, que pena no sea el oficial el país, y todo el elenco brilla con luz propia con la canción de la matrioska.

Se suele detectar cuándo un musical es exitoso, y es cuando sus melodías se te quedan en la cabeza una vez que se sale de la sala, y eso ocurre con Las nueve y cuarenta y tres, que te hace tararear la melodía de la polémica caja de música que detona toda la comedia, y ese pasodoble que es pura Marca España. Aprovecho para hacer un llamamiento para que se comparta en Spotify la selección musical que es para no parar de compartir por redes y animar al público a que se acerquen todos los jueves, viernes y sábados, hasta el 12 de agosto, al Pequeño Teatro Gran Vía de Madrid.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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