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04.04.2023 Teatro  
El miedo a pecar

Llega a la cartelera madrileña la comedia de Laila Ripoll llamada El día más feliz de nuestra vida. Un espectáculo que ha recorrido numerosos escenarios y que ahora se representa sobre las tablas del Teatro Quique San Francisco de Madrid.

En verano de 1964, en la víspera de su Primera Comunión, las cuatrillizas de Socuéllamos pasan la noche en vela. Ninguna de ellas puede dormir ante las dudas provocadas por el que debe ser el día más feliz de sus vidas. La ingenuidad de sus diálogos refleja los tópicos y la dimensión religiosa de la España de la época, en pleno régimen franquista. Sobre las cuatro niñas, el peso de la religión y el poder que ejerce la Iglesia sobre la sociedad con su omnipresencia en todos los actos y hogares.

Durante años, la Iglesia se estableció como un pilar fundamental para la estabilidad del régimen franquista. Los razonamientos nacionalcatólicos se extendieron entre el conjunto de la población española a través de las escuelas, las calles y otros espacios bajo la inspección de las autoridades eclesiásticas. La esencia de todo parece ser el miedo, el desasosiego y el desamparo. Laila Ripoll nos muestra que la gran perversidad que la religión comete es su amedrantamiento al fiel – en este caso a las niñas protagonistas- con visiones de un sufrimiento indefinible que va íntimamente ligado a las culpas y a los pecados cometidos durante la vida.

Utilizando el teatro como un espejo de nuestra historia se consigue, de una manera fascinante, alejar a los protagonistas de sus realidades y abrir un espacio donde quepan nuevas reflexiones y nuevas maneras de protesta en un ejercicio de humor no apto para mentes cuadriculadas y conservadoras. No sé si es la principal finalidad de El día más feliz de nuestra vida pero favorece que los espectadores y espectadoras mediten en grupo y de forma activa sobre la cuestión planteada por las protagonistas en pro de un país con mayor conciencia comunitaria. La crítica social supone el compromiso de la dramaturga con su obra y el hacerlo en clave de humor puede ser una manera de llegar mejor a la gente porque la comedia es una poderosa forma de análisis y una innegable herramienta de cambio. Personalmente, he echado en falta un humor más ácido y sin barreras, ¡qué sé yo! algo un poco más desenfrenado y menos blanco porque eso siempre deja huella.

Uno de los puntos fuertes del montaje es el juego escénico planteado a lo largo de los 75 minutos que tiene de duración y sustentado en la escenografía de Taller Guirigay, Forja Metalmorfosis y Kirolab 3D, nos brindan una original puesta en escena, desbordante de ingenio y sustentada en el fabuloso trabajo de todas las actrices. María Negro, Alba Frechilla, Verónica Morejón y Silvia García hacen las delicias del público derrochando vis cómica por cada esquina del escenario. Destacar la química que existe entre todas ellas y que traspasa al patio de butacas, funcionando como el mecanismo de un reloj desde el primer minuto.

Carlos Martínez-Abarca es el encargado de dirigir El día más feliz de nuestra vida apostando por un tono caricaturesco para lo bueno y para lo malo. Es cierto que sobre algunos espectadores podrá pasar sin pena ni gloria pero, si te dejas llevar y entras en el código de la obra, puedes pasar una noche bastante entretenida y divertida. Por último, tengo que resaltar los aspectos técnicos que otorgan dinamismo y vitalidad a lo que sucede sobre tablas.

En definitiva, El día más feliz de nuestra vida es una historia entretenida y divertida que, además, crea un debate en torno a las tradiciones.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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