
El lladre de llibretes se instala en la Sala Versus Glòries de Barcelona como una de esas pequeñas joyas que crecen en la cercanía. Un relato íntimo y profundamente humano. Y una pregunta que lo atraviesa todo: ¿hasta dónde puede salvarnos el conocimiento?
Basada en la novela de Gianni Solla y adaptada y dirigida por David Pintó i Codinasaltas, la obra nos sitúa en la Italia rural bajo el régimen fascista de Mussolini. Allí conocemos a Davide, un joven cojo, analfabeto y atrapado en un entorno violento y sin oportunidades, que comienza a robar libretas para aprender a escribir. La llegada de unos deportados que organizan una escuela clandestina y el encuentro con Teresa y Nicolas abrirán en él una grieta de luz que lo empujará a rebelarse contra el destino que le ha sido impuesto. Un viaje de emancipación a través de la cultura, tan duro como esperanzador.
La dirección de David Pintó i Codinasaltas apuesta por la contención y la precisión. Aquí no hay grandes artificios ni necesidad de ellos: el montaje se construye desde la palabra, el cuerpo y la emoción. Su mirada entiende que la potencia del relato reside en su honestidad, y por eso opta por una puesta en escena limpia, donde cada gesto y cada silencio pesan. El resultado es una dirección que acompaña, que escucha y que deja respirar al material original sin imponerle capas innecesarias.
La dramaturgia, fiel al espíritu de Solla, se articula como un relato profundamente literario que no renuncia a su poética. El texto fluye entre la dureza de la realidad y la belleza de la palabra descubierta, construyendo un equilibrio delicado entre crudeza y sensibilidad. No es una historia complaciente, pero sí profundamente conmovedora, donde la cultura se convierte en acto de resistencia.
En escena, todo recae sobre los hombros de Albert Triola, y el resultado es sencillamente hipnótico. Su interpretación de Davide es un ejercicio de entrega total: física, emocional y vocal. Triola no solo interpreta, habita al personaje desde dentro, construyendo un arco que transita de la brutalidad a la fragilidad con una naturalidad desarmante. Su trabajo es de esos que sostienen una función entera sin necesidad de red, atrapando al espectador desde el primer momento.
La música original de Clara Peya aporta una capa emocional extra que dialoga con la escena sin subrayarla en exceso, mientras que la dirección de movimiento de Ariadna Peya se integra de forma orgánica en el relato, construyendo una fisicidad que amplifica lo que no siempre puede decirse con palabras. Ambas piezas funcionan como extensiones del universo interior del protagonista, enriqueciendo la experiencia sin romper su intimidad.
En el apartado técnico, la propuesta se sostiene sobre una sobriedad muy bien medida. El espacio escénico de Josep Castells Planas construye un entorno funcional y evocador, mientras que la iluminación de Anna Espunya dibuja atmósferas que acompañan los estados emocionales del personaje. El vestuario de Nídia Tusal y la caracterización de Clàudia de Anta completan un conjunto coherente, donde todo suma sin necesidad de destacar por separado.
En definitiva, El lladre de llibretes no busca deslumbrar, sino calar. Y lo consigue desde un lugar honesto, apelando directamente a la emoción y conciencia del espectador. Es una propuesta que se cuece a fuego lento y que encuentra su fuerza en lo esencial: una historia poderosa, un intérprete entregado y una puesta en escena sin artificios.
Crítica realizada por Norman Marsà




