
El Teatro de la Abadía de Madrid presenta El jardín quemado, nuevo texto y dirección de Juan Mayorga con una puesta en escena encabezada por Loreto Mauleón y Adriana Ozores.
Juan Mayorga propone en El jardín quemado una indagación sobre la memoria, la culpa y las heridas de la Guerra Civil. La acción se sitúa en un sanatorio psiquiátrico aislado en una isla, donde una joven psiquiatra intenta esclarecer un episodio oscuro ocurrido durante la contienda, el ingreso de varios hombres sanos en el centro y la desaparición de algunos de ellos. A partir de esa investigación, la obra despliega un entramado de testimonios, silencios y versiones contradictorias que pretende cuestionar la posibilidad de conocer la verdad del pasado y la legitimidad moral de quienes se acercan a él décadas después.
Este montaje constituye el cuarto espectáculo de Mayorga -tras Los yugoslavos, La colección y María Luisa– como autor y director desde que asumió la dirección artística del Teatro de La Abadía en febrero de 2022. En él reaparecen constantes de su escritura: la memoria como territorio incierto, los dilemas éticos, la identidad construida a partir del relato y una evidente fascinación por las zonas grises de la condición humana. Sin embargo, esa voluntad de densidad filosófica resulta en esta ocasión una carga que dificulta el avance dramático y aleja al espectador de los conflictos planteados.
La memoria histórica sigue siendo una cuestión abierta en nuestra sociedad y el teatro tiene una capacidad extraordinaria para explorar sus sombras, contradicciones y heridas. El problema es que El jardín quemado opta por un tratamiento excesivamente hermético. La obra parece complacerse en un simbolismo que se encierra sobre sí mismo. Más que invitar a la reflexión, provoca desconcierto. La atmósfera de misterio y sospecha, sostenida durante toda la función, resulta casi monolítica, mientras que la construcción de los personajes se diluye en largos intercambios dialécticos de difícil anclaje emocional. La sensación es la de asistir a un mecanismo intelectual cuidadosamente diseñado, pero poco permeable a la experiencia sensorial y emocional desde el patio de butacas.
Nada de ello puede atribuirse al trabajo interpretativo ni al equipo técnico-artístico. Adriana Ozores y Loreto Mauleón sostienen con solvencia los principales enfrentamientos dramáticos, mientras que el resto del reparto (Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente) cumple con rigor dentro de las exigencias de una propuesta deliberadamente abstracta. También la escenografía (Elisa Sanz), la iluminación (Juan Gómez-Cornejo) y el espacio sonoro (Jaume Manresa) contribuyen eficazmente a crear un universo propio, inquietante y suspendido en el tiempo. Sin embargo, todos esos elementos quedan subordinados a una atmósfera agorafóbica e irreal que asfixia la representación.
El jardín quemado deja una impresión contradictoria. Hay inteligencia en la escritura y oficio en la dirección. Pero el conjunto no termina de cuajar. Quizá porque Mayorga privilegia la elaboración artística y psicológica sobre la comunicación directa con el espectador. La obra parece más interesada en preservar su enigma que en compartirlo, más preocupada por construir un artefacto simbólico que por establecer un diálogo vivo con quien acude a él. En definitiva, un montaje respetable en sus intenciones, pero distante en sus efectos, que invita más a la admiración intelectual que a la auténtica implicación teatral.
Crítica realizada por Lucas Ferreira.




