
La luz intermitente de un pasillo oscuro. Un techno sucio y ametrallador, acompasado de ese tintineo. Una mujer que no puede dormir. Aunque este no es el punto de partida de El imperativo categórico, obra escrita y dirigida por Victoria Szpunberg y representada en el Teatro de la Abadía de Madrid, sí es quizá la imagen que provoca toda la secuencia laberíntica de la obra.
Clara G., interpretada por Sandra Monclús, es una profesora de filosofía experta en el pensamiento kantiano que atraviesa una situación de absoluta precariedad. Tiene que abandonar su piso, adquirido por un fondo buitre, en pocos días y no encuentra alternativa habitacional. Su trabajo, que siente cada vez más ajeno e incómodo por su incomprensión con el sistema educativo y con el alumnado, no equilibra su nefasta situación económica. En estos momentos, tampoco siente grandes vínculos emocionales que puedan sostenerla.
La situación es grave y, a medida que se desarrolla la trama, empeora. La protagonista atraviesa distintas situaciones de violencia sistémica que recuerdan con angustia, pero también con un toque de ácida comedia, a los relatos de Kafka. De hecho, esa sí es la primera imagen de la obra. Monclús, envuelta ya en su personaje, se dirige directamente al público, iluminado por las luces del escenario. ¿Han leído ustedes El proceso? Con esta pregunta, que algunos en las butacas se atreven a responder, comienza un relato en espiral que explora algunos conceptos como la soledad, la gentrificación, el machismo o el individualismo.
Junto a un tierno y divertido Xavi Sáez, que interpreta él solo a todos los personajes masculinos con quienes se cruza la protagonista y ofrece así el contrapunto de humor a una historia tan complicada, la obra se construye a partir de distintas dualidades. La iluminación, diseñada por Marco Lleixà, alterna entre tonos fríos y cálidos, mientras que la escenografía gris de Judit Colomer genera una sensación de encierro que acompaña el estado de la protagonista. Entre el humor y la crudeza, entre la calidez y la frialdad, el espacio escénico termina reflejando las tensiones que atraviesan la historia.
La obra, escrita por la dramaturga catalana a partir de una experiencia propia buscando vivienda, encuentra un interés muy particular en la elección de su personaje principal. Acostumbrados a escuchar las denuncias de la precariedad de la gente más joven, da voz a una mujer de 50 años, una edad a la que acostumbramos a ver perfiles quizá más acomodados. Entendemos así que la injusticia puede darse en cualquier momento de la vida, por muy desesperanzador que resuene.
De hecho, El imperativo categórico, texto por el que Szpunberg se hizo el año pasado con el Premio Nacional de Literatura Dramática 2025, aterriza por segundo año en Madrid, en un momento cuyo trasfondo toca demasiado de cerca la realidad. En una semana en la que los ciudadanos han salido a las calles para denunciar el desahucio de Mari Carmen, inquilina de un piso comprado por un fondo buitre, esta obra se siente más actual e importante que nunca. Y el teatro, como catalizador de realidades complicadas, más vivo.
Crítica realizada por Judith Pulido




