
Tras recalar en varias ciudades de la geografía española desde su estreno, El hijo de la cómica llega al Teatro Bellas Artes de Madrid para hacernos disfrutar con José Sacristán encarnándose en este buen monólogo en su amigo, además de genial actor y elevado escritor, Fernando Fernán Gómez.
El hijo de la cómica propone un recorrido íntimo y evocador por la infancia y juventud de Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921 – Madrid, 2007). A partir de sus propios recuerdos, la obra reconstruye el ambiente familiar y artístico en el que creció, marcado por la figura de su madre actriz y por una España convulsa que atraviesa las décadas de los años veinte y treinta hasta desembocar en la Guerra Civil. No se trata solo de una crónica personal, sino también de un relato sobre cómo se formó su vocación, los primeros pasos en el oficio teatral y la forja de una identidad entre bambalinas, giras y precariedades. Una memoria viva, tejida con humor, melancolía y lucidez.
Una propuesta que supone una alianza de titanes. Por un lado, la figura de Fernando Fernán Gómez, extraordinario actor y gran novelista y dramaturgo. El texto parte de El tiempo amarillo, obra en la que su autor despliega una prosa aguda, irónica y profundamente humana. Por otro, José Sacristán, quien se erige aquí en dueño y señor del escenario. Un intérprete con una trayectoria sólida tanto en cine como en teatro, ha demostrado en múltiples ocasiones su maestría en el terreno del monólogo, como en la reciente Señora de rojo sobre fondo gris. El hijo de la cómica supone un encuentro entre dos figuras esenciales del teatro español no solo coherente, sino profundamente emocionante.
Aunque esta función se anuncia como un monólogo, lo cierto es que Sacristán logra convocar una pluralidad de voces que enriquecen su historia. Es, simultáneamente, el propio Fernán Gómez como personaje y como narrador, pero también encarna a su madre, a su abuela y, de manera más abstracta, al espíritu de una época. Sacristán transita con naturalidad entre estos registros, modulando la voz y el gesto con una economía expresiva que revela oficio y madurez. A través de su interpretación, emergen los años turbulentos de entreguerras, la dureza de la Guerra Civil y las dificultades de abrirse camino en el mundo del espectáculo, siempre con un equilibrio entre la emoción contenida y la ironía característica del autor.
La obra se configura también como un sentido homenaje a la profesión de actor, entendida no solo como un medio de vida, sino como una forma de estar en el mundo. Se reivindica la figura del cómico, del intérprete que se dedica a entretener, pero también a provocar reflexión, a despertar la imaginación y a ofrecer consuelo o esperanza. Pone en valor la dimensión artesanal del oficio, el aprendizaje constante y el profundo conocimiento de la condición humana que implica subirse a un escenario.
Desde el punto de vista técnico-artístico, el montaje destaca por su sobriedad y eficacia. La puesta en escena es deliberadamente sencilla, sin artificios innecesarios, lo que permite que el foco recaiga en la palabra y en la interpretación. Cada elemento —iluminación, escenografía, audiovisuales, música— está al servicio del texto y contribuye a amplificar su potencia evocadora. La adaptación y concepción escénica de José Sacristán respetan el espíritu de Fernando Fernán Gómez, logrando una armonía entre fidelidad y recreación. El resultado es un montaje sólido, emotivo y de gran calidad, al que cabe augurar una larga vida sobre los escenarios y una acogida con aplausos sinceros allá donde sea representado.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




