
El Teatre Victòria de Barcelona acoge El Gran Gatsby, la espectacular adaptación escénica inspirada en la célebre novela de F. Scott Fitzgerald. Bajo la dirección y coreografía de Enrique Gasa Valga, la obra nos transporta al universo de los años veinte estadounidenses con una propuesta visual y musical deslumbrante.
Más que una adaptación literaria tradicional, el espectáculo que puede verse en la ciudad condal convierte la historia de Gatsby en una experiencia escénica marcada por la danza, el exceso, el deseo y la nostalgia.
La propuesta de Enrique Gasa Valga apuesta por un lenguaje donde la coreografía y la música en directo tienen mucho más peso que la narrativa clásica del libro. La historia del misterioso Gatsby y su obsesión por Daisy se transforma aquí en una sucesión de imágenes emocionales, fiestas extravagantes y grandes números musicales. Aunque el corazón dramático de la obra puede sentirse algo difuso en ciertos momentos y el guion no siempre logra profundizar del todo en los conflictos de los personajes, la dirección consigue sostener el espectáculo gracias a una puesta en escena vibrante y muy ambiciosa.
La obra está estructurada en más de veinte escenas divididas en dos actos, cuidadosamente construidas para mantener el ritmo constante del espectáculo. Desde el inicio, el público entra en una especie de fiesta interminable donde la música, las luces y el movimiento nunca se detienen. El universo de El Gran Gatsby aparece lleno de glamour, excesos y una energía muy marcada que conecta rápidamente con el espectador.
El elenco de bailarines demuestra una coordinación impecable durante toda la función. Sandra Chamochumbi, Chiara Malavasi, Gabriele Tamolli, Ayda Frances Güneri, Matthew Humphreys, Sayumi Nishii, Camilla Danesi, Mitsuru Ito, Martin Segeta, Gabriel Marseglia, Alice Amorotti, Emma Frandino y Locke Venturato consiguen llenar el escenario con una presencia constante y muy dinámica. Las coreografías están cargadas de ritmo, piruetas y movimientos sincronizados que reflejan perfectamente el ambiente festivo y elegante de la obra. El cuerpo de baile funciona como un engranaje preciso, aportando fuerza visual a cada escena.
La música en directo tiene un papel fundamental dentro del espectáculo. La banda formada por Greta Marcolongo, Roberto Tubaro, Stefano Nicli, Matteo Cuzzolin, Marco Stagni, Marco Pisoni y Matteo Dallapè acompaña toda la función con una energía arrolladora. Bajo la dirección musical de Roberto Tubaro, cada pieza musical aporta dinamismo y emoción a la escena. Las voces en directo y las reinterpretaciones de canciones populares conectan muy bien con el público y elevan la experiencia. Aun así, en algunos momentos puede resultar algo confuso distinguir cuándo una canción forma realmente parte de la narrativa y cuándo actúa simplemente como acompañamiento musical para la danza.
En el apartado técnico, la producción destaca especialmente por su espectacularidad. La escenografía de Helfried Lauckner crea distintos espacios llenos de elegancia: grandes escaleras, balcones, telones y estructuras que transforman continuamente el escenario. Todo transmite esa sensación de lujo y decadencia característica del universo de Gatsby. El diseño de iluminación de Manfredi Michelazzi juega un papel esencial durante toda la obra. Los focos, las luces cálidas y los cambios de intensidad acompañan perfectamente cada número musical y cada transición, creando una atmósfera brillante y cinematográfica.
El vestuario diseñado por Birgit Edelbauer-Heiss es otro de los grandes protagonistas del espectáculo. Vestidos llenos de brillo, accesorios sofisticados, smokings impecables y prendas ajustadas al cuerpo ayudan a recrear esa estética elegante y exuberante de las fiestas de la alta sociedad. Cada detalle visual está muy cuidado y consigue que el público se sienta dentro de un gran cabaret de los años veinte.
En definitiva, El Gran Gatsby es una obra profundamente visual y sensorial. Aunque la narrativa puede perder fuerza en algunos momentos y generar cierta confusión para quienes esperan una adaptación más fiel al texto original, el espectáculo compensa esas carencias con una producción enorme, un cuerpo de baile magnético y una banda en directo que sostiene constantemente la emoción de la función. Es una experiencia que se disfruta más desde la sensación y el impacto visual que desde la propia historia.
Durante dos horas, el Teatre Victòria se transforma en una fiesta elegante, nostálgica y caótica, donde el público viaja a los locos años veinte rodeado de música, luces y movimiento. Sales del teatro con la sensación de haber asistido a una gran celebración artística, una de esas producciones donde el espectáculo lo invade absolutamente todo.
Crítica realizada por Yadi Agurto




