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22.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
El firmament – Crítica 2026

El firmament se presenta estos días en la Sala Petita del Teatre Nacional de Catalunya de Barcelona como una adaptación que traduce no solo un texto de Lucy Kirkwood, sino también un contexto. Gara Roda dirige a catorce actrices y un solo actor en esta suerte de fábula catalana sobre la democracia, atravesada por una cuestión central: qué formas adopta el poder cuando cambia de manos, cómo se ocupa ese espacio y de qué manera se ejerce.

La obra original de Kirkwood transcurre en la Inglaterra rural de 1756. Una mujer es condenada por el asesinato de la niña Agnès Cera y debe ser ejecutada, pero alega estar embarazada, lo que, por ley, impediría su ejecución. El tribunal escoge a doce mujeres que deben llegar a un consenso sobre su estado: si está embarazada o no. La resolución determinará el destino de la condenada. Con su traducción —además de la dirección—, Roda traslada localización y personajes, de forma muy acertada, a una Catalunya de interior de la misma época, transformando ese universo original en uno mucho más cercano al público del TNC. Sin ser una obra histórica en sentido estricto, El firmament retrata la realidad de la mujer en ese contexto, y proyecta una mirada transversal hasta nuestros días —siguiendo la estela del cometa Halley— que inevitablemente leemos desde el presente.

El peso de este interesante proyecto se reparte, principalmente, entre el complejo texto de la autora británica, capaz de desplegar giros insólitos, y la solidez de una interpretación coral en la que se respira horizontalidad. Sin haber visto el original, puede afirmarse que Roda construye aquí una constelación a partir del amplio elenco del montaje. Esa pluralidad de puntos de vista, ante una situación para la que no están preparadas y, a la vez, tan rica en matices, exigiría más de un visionado para alcanzar a perfilar cada identidad individual. Sin embargo, gracias a la precisión de los diálogos y al trabajo interpretativo, es posible reconocer la singularidad de cada una de ellas y las dinámicas familiares que encarnan.

En ese entramado actoral, cada intérprete construye una presencia escénica bien definida. Destaca, principalmente, la capacidad del conjunto para sostener un intercambio ágil y natural, a pesar de la complejidad que implican las continuas entradas, salidas e interrupciones entre personajes. Es en la ocupación del espacio donde se percibe con mayor claridad esa equidad inicial, mientras que, con el avance de la obra y a través de la palabra, ciertas jerarquías comienzan a hacerse cada vez más visibles. Sílvia Abril, Anna Castells, Mont Plans, Ester Cort, Montse Esteve, Elena Fortuny, Teresa Vallicrosa, María Hernández Giralt, Maria Garrido, Cristina Arenas, Júlia Jové, Cristina López Vallès y Tafita Miró, encerradas en la habitación del juicio, articulan ese diálogo matriarcal que sostiene el pulso de la función. La niña Lola Sendrós y Norbert Martínez completan un reparto en el que solo se permite, de forma consciente, una figura masculina. El conjunto se percibe como un cuerpo formado por múltiples miembros, distintas miradas y un coro vocal que, en algunos momentos, se apoya en una coreografía de gran fuerza (con un clímax claramente catártico en el número No es serio este cementerio, de Mecano), para acabar dando a luz —nunca fue más pertinente la expresión— un trabajo tan insólito como atractivo.

Los aspectos técnicos de El firmament, más que en otras ocasiones, resultan indispensables para sumergir al espectador en el universo que la propuesta despliega. Cristina Fernández, Natàlia Albert y Sylvia Bonet conjugan vestuario, caracterización y estilismo para dar forma a esa Catalunya de mediados del siglo XVIII, con trabajos que parten de la estética de la época pero incorporan ciertas licencias visuales. En ese juego aparecen pequeños guiños —a modo de códigos ocultos— que vehiculan significados concretos: el rojo como rastro de un secreto, o las piezas invertidas, como corpiños o pelucas, que dejan al descubierto un interior que normalmente permanece oculto. Por su parte, el diseño de iluminación de Sylvia Kuchinow acompaña toda la función modulando el foco del espectador, resaltando o diluyendo presencias según la relevancia del momento, y contribuye de forma decisiva a la construcción de ese espacio escénico evocador.

El firmament remite inevitablemente a Doce hombres sin piedad y se erige, en sí misma, como una réplica en clave femenina del clásico de Sidney Lumet. Pero más allá de ese paralelismo, la propuesta desplaza el foco hacia cuestiones que atraviesan de forma directa la experiencia de las mujeres: quién ejerce realmente el poder sobre sus cuerpos, la dificultad de tomar decisiones determinantes cuando entran en conflicto la justicia, la compasión y la empatía, y la incógnita de si un modelo matriarcal podría constituir una solución verdaderamente transformadora. Finalmente, la figura de Agnès Cera funciona como una presencia intermitente, a modo de recordatorio del legado que dejamos a las generaciones por venir. Como plantea la directora: «En el año 2061, cuando el cometa Halley vuelva a cruzar nuestros cielos, ¿qué pensarán las mujeres del futuro de nuestros espíritus? ¿Sobre aquello que habremos hecho para dejarles un legado digno?».

Crítica realizada por Diana Limones

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