
El Teatre Lliure de Barcelona cierra la temporada del Espai Lliure, su sala pequeña, con un autor muy poco representado en la ciudad condal: Jon Fosse. Dramaturgo noruego y Premio Nobel de Literatura, con más de veinticinco obras a sus espaldas, el Lliure presenta ahora El fill, en versión dirigida por Ferran Utzet y con traducción de Laura Segarra Vidal.
El fill aborda la incomunicación familiar: cuando se habla mucho pero no se dice nada; la dificultad para comprender los sentimientos de quienes forman parte del entorno más cercano; y dibuja una fractura generacional que erosiona esos vínculos. Fosse articula todo ello a lo largo de una hora en una ficción situada en un pequeño pueblo de la Noruega de los años ochenta.
Ferran Utzet despliega ante el público ese retrato familiar, aparentemente íntimo, aprovechando la cercanía del Espai Lliure. Su montaje propone una pieza breve, de pequeño formato, pero rica en detalles visuales que impactan en el espectador y ayudan a construir una época y una atmósfera.
Para conseguirlo, el diseño escénico de Sebastià Brosa resulta esencial. Una disposición a cuatro bandas y un escenario giratorio permiten alternar la proximidad del interior del hogar, cargado de tensión, con la mirada exterior, desde el paisaje frío e inhóspito que lo rodea. El trabajo de Brosa destaca por su capacidad para construir un universo completo en un espacio reducido que, inevitablemente, envuelve y agita al espectador.
El trabajo de Utzet vuelve a confirmarlo como un director de gran solidez. En primer lugar, por su versatilidad: independientemente del género en el que se mueva, sus montajes suelen resolverse con una notable factura. Pero, sobre todo, por su capacidad para dirigir a los actores con precisión, ajustando cada interpretación a lo que la función requiere. Contención cuando es necesaria, como en los personajes del padre y la madre; y la progresiva construcción del misterio en el hijo, que avanza hacia una explosión final. Cada escena queda marcada por una dirección consciente y medida, que articula el conjunto con coherencia y pulso definido.
En cuanto a los personajes, nos encontramos con un reparto al que se le ofrece un margen de lucimiento interpretativo. El texto, reiterativo y circular, sostenido en gran medida por los silencios, añade dificultad al conjunto. El resultado en El fill es un trabajo actoral sólidamente construido, capaz de sostener esas premisas con solvencia. Jordi Figueras destaca con un padre atravesado por el hastío, que opta por la superficialidad antes que enfrentarse a sus propios conflictos. Mercè Pons, en el papel de la madre, aporta un equilibrio preciso entre la contención y la expresión del dolor. Guillem Balart, cuya construcción de personajes suele situarse en un nivel especialmente alto, encarna aquí con gran precisión al hijo que se enfrenta a la incomprensión de sus padres desde esa falta de comunicación que articula la obra. Sebastián Mogordoy, a quien vemos por primera vez en este montaje, completa el elenco con un trabajo de gran oficio como el vecino, aportando el contrapunto desbordante del relato.
El fill se revela como un ejercicio teatral intenso que nos adentra en el universo fosseano, con recovecos que remiten al nordic noir y construyen una experiencia dirigida a un espectador dispuesto a buscar propuestas menos habituales. Una forma de asomarse a otras vidas y otros mundos desde la sala de Montjuïc, donde lo que no se dice acaba pesando más que lo que se muestra. El Teatre Lliure reafirma así una línea de programación atenta a la escena europea, con una selección de proyectos coherente con una identidad cultural bien definida.
Crítica realizada por Diana Limones




