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30.09.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
El club de los poetas muertos – Crítica 2026

Volver a una historia tan conocida como El club de los poetas muertos siempre supone enfrentarse a un imaginario que permanece muy presente en la memoria colectiva. La película de 1989 convirtió a John Keating y a sus alumnos en personajes difíciles de separar de aquellas imágenes, pero el montaje que llega ahora al Teatro La Latina de Madrid consigue encontrar su propio camino desde el escenario.

Bajo la dirección de Juan Luis Iborra, la adaptación de Tom Schulman recupera el espíritu de aquella historia y lo pone en manos de un elenco especialmente joven que consigue adentrarse con naturalidad en unos personajes llenos de conflictos y expectativas.

La Academia Welton vuelve a ser ese espacio marcado por la disciplina, las tradiciones y las exigencias familiares. En sus aulas, un grupo de estudiantes aprende que el futuro parece estar escrito de antemano y que desviarse del camino establecido puede tener consecuencias. La llegada del profesor John Keating introduce una nueva manera de mirar el mundo y, con ella, una pregunta que atraviesa toda la función: qué ocurre cuando los deseos propios empiezan a entrar en conflicto con aquello que los demás esperan de nosotros.

Uno de los aspectos que más sorprenden del montaje es precisamente la juventud de sus protagonistas. Los actores que interpretan a los estudiantes son muy jóvenes, pero consiguen asumir la responsabilidad de una historia que exige pasar por emociones muy diferentes. Hay una evolución en ellos a medida que las enseñanzas de Keating comienzan a transformar su manera de relacionarse con la poesía, con sus compañeros y, sobre todo, consigo mismos. El grupo funciona además como un conjunto, con personalidades diferenciadas que encuentran su espacio dentro de la historia.

Entre todos ellos destaca especialmente Jacobo Camarena como Neil Perry. Su personaje es probablemente el que atraviesa uno de los recorridos más complejos y dolorosos de la función, y el actor consigue transmitir de manera convincente esa evolución. Neil vive entre sus propios deseos y las expectativas de un padre que parece haber decidido ya cuál debe ser su futuro. La interpretación de Camarena hace que ese conflicto vaya adquiriendo peso poco a poco hasta alcanzar un desenlace especialmente trágico. También resulta destacable Sergio Aguado como Todd Anderson, otro de los alumnos que experimenta una transformación progresiva y que encuentra en la amistad y en las enseñanzas de Keating un espacio para empezar a expresarse.

Al frente de ellos se encuentra Juanjo Artero como John Keating, un profesor que mantiene intacta la esencia del personaje: su defensa de la poesía, su manera de cuestionar las normas y su invitación constante a mirar la vida desde otra perspectiva. Se echa de menos, en algunos momentos, una conexión emocional algo más profunda que permita al espectador sentir por él la misma admiración y cariño que despierta el personaje cinematográfico. Aun así, su presencia funciona como motor de la transformación de los alumnos y mantiene vivo el mensaje de la obra.

La escenografía de David Pizarro es otro de los elementos que contribuyen a que el montaje funcione. El espacio consigue trasladarnos a la Academia Welton y, al mismo tiempo, permite que la escena se transforme con fluidez. Resultan especialmente atractivos los cambios en los que los propios estudiantes desplazan los pupitres mientras reproducen melodías a capella. Es un recurso sencillo pero efectivo, que convierte una transición en parte de la representación y refuerza esa sensación de grupo que acompaña a los jóvenes durante buena parte de la función.

La iluminación de Juanjo Llorens y la música de Gerardo Gardelín completan una puesta en escena que sabe diferenciar los distintos espacios y momentos de la historia. El aula, el lugar de encuentro del club y los espacios más íntimos de los protagonistas adquieren distintas atmósferas, acompañando el progresivo descubrimiento de unos personajes que comienzan a cuestionar aquello que hasta entonces habían aceptado sin demasiadas preguntas.

El club de los poetas muertos sigue hablando de libertad, vocación, amistad y del derecho a intentar construir una vida propia. Es un mensaje que puede resultar conocido para quienes recuerdan la película, pero que adquiere otra dimensión al ser interpretado por actores tan jóvenes. Ellos mismos aportan una mirada más cercana a su edad y consiguen que el conflicto entre lo que uno desea y lo que los demás esperan vuelva a sentirse como algo presente.

El montaje de Juan Luis Iborra no pretende competir con el recuerdo cinematográfico, aunque inevitablemente dialoga con él. Su mayor virtud está en permitir que una nueva generación de intérpretes haga suyo un relato que ya forma parte de la cultura popular. Y cuando los pupitres se apartan para dejar espacio a la poesía, vuelve a escucharse una idea que, décadas después, sigue teniendo la misma capacidad de interpelarnos: carpe diem.

Crítica realizada por Mar Gimeno

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