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30.04.2026 Críticas / Crónicas, Música  
El Castillo de Barbazul – Crítica 2026

Ópera de Tenerife presentó el pasado 25 de abril en el Auditorio de Tenerife, la producción propia de El castillo de Barbazul, de Béla Bartók. Aunque esta versión sigue la estructura musical original de Bartók, va más allá, proponiendo una interpretación más actual, dejando a un lado la estética fantástica de la historia original y ahondando en la mente de Barbazul.

Desde el comienzo se pudo apreciar cómo esta representación se decantó por ser una experiencia de exploración de la memoria, el trauma y la identidad. La escenografía nos presentaba un castillo que, lejos de ser un espacio físico, representaba más bien una mente fragmentada y un refugio construido para esconderse.

Sumada a una magnífica propuesta escénica, Víctor Longás nos enseñó cómo la luz también puede ser otro elemento narrativo importante para mostrarnos el recorrido emocional del protagonista. Asimismo, el vestuario de Pier Paolo Alvaro y Roger Portal va evolucionando a lo largo de la obra para mostrarnos con una creatividad excelente la transformación física que experimenta Barbazul.

En el plano interpretativo, podemos destacar el papel de la mezzo Judit de Deirdre Angenent, que supo construir a una Judith fuerte pero a la vez emocional. En su canto no mostró ninguna fisura, regalándonos una voz rica en matices que se iba adaptando a las exigencias del rol a medida que la historia avanzaba.

Frente a ella, el Barbazul del barítono José Antonio López, ofreció una interpretación desgarrada, reflejando en todas sus intervenciones la lucha constante entre el deseo de ser amado y el miedo a ser descubierto. Su presencia escénica fue consistente con la complejidad del personaje y su interpretación vocal fue espléndida, contribuyendo a crear la imagen de un Barbazul profundo y vulnerable a la vez.

La intervención de Celeste González como narradora añadió la oscuridad y ambigüedad necesarias para el relato, funcionando como guía y conciencia a lo largo de la historia. Su excelente interpretación fue el ingrediente esencial para que todo funcionara como lo hizo.

En el foso, la Orquesta Sinfónica de Tenerife, bajo la excelente dirección de Jordi Francés, hizo gala nuevamente de su excelencia, ofreciéndonos una lectura precisa de la partitura, lo que contribuyó a generar una atmósfera inquietante, pero sin robar protagonismo a las voces.

El resultado fue un montaje acertado que nos acercó a unos personajes complejos. Nos mostró de una forma desacomplejada el espinoso conflicto que emerge cuando nos hacemos la pregunta profundamente humana: ¿qué ocurre cuando alguien ve lo que realmente somos? Y aunque esta propuesta se salió de lo que conocemos como una ópera convencional, el público respondió con un efusivo y largo aplauso al finalizar.

Crítica realizada por Celia García

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