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05.02.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
El Casalot – Crítica 2026

El Teatre Gaudí de Barcelona presenta El Casalot, una obra teatral interactiva construida como un thriller, que propone una experiencia intensa en la que los muertos pueden revivir una y otra vez. A través de un uso preciso del sonido y la iluminación, la obra sumerge al espectador en una atmósfera profundamente inquietante y terroríficamente psicológica.

¿Qué hacen dos mujeres, en una casa antigua, tétrica, aislada del resto del mundo? ¿Qué relación existe entre ellas? ¿Por qué de vez en cuando cambian de nombre? ¿Y de personalidad? ¿Por qué tienen miedo la una de la otra? ¿Por qué no pueden escapar por completo, por mucho que lo intenten? Y, más aún, ¿qué hay más allá de esas paredes oscuras? ¿Por qué dentro del casero, la ira y la irracionalidad reinan a sus anchas?

El Casalot es un ejercicio sobre lo imposible: el terror en un escenario de teatro. Se tratan temas como el poder, la ambición, la codicia, el amor, el desamor, la familia, la locura, la presión del exterior, la lucha por la supervivencia y, por encima de todo, la violencia incontenible e inagotable que la sociedad ejerce sobre las personas. Con situaciones y atmósferas angustiantes que suceden en el interior de una casa aislada, extraña, donde conviven personas que se destruyen (o se autodestruyen). Una obra que propone un juego lleno de tensión, y también de un cierto humor, para dos actrices “todo terreno” y para espectadores ávidos.

Uno de los grandes pilares del montaje es, sin duda, la escenografía a cargo de Uri Prat, una experiencia 360º, auténtico corazón de la historia. A esto se suma la fuerte implicación del público, que se ve rápidamente cautivado por un relato fragmentado y lleno de misterio. Los nombres de diferentes personajes como María, Agatha e Irene se repiten a lo largo de las escenas, pero sus relaciones entre personajes se transforman con cada muerte, generando una constante sensación de duda y desconcierto.

El diseño sonoro y lumínico, a cargo de Alejandro Moreno y Kiko Planas, juega un papel esencial en la construcción de la tensión. El timbre, los relámpagos, la lluvia y los silencios, junto a una iluminación mayoritariamente oscura, mantienen al público en vilo y en permanente estado de alerta. En el núcleo del espacio escénico se sitúa una lámpara central, acompañada por otras tres repartidas por el escenario, que delimitan el ambiente y refuerzan la sensación de encierro. La disposición de las sillas permite una gran cercanía con las intérpretes, favoreciendo la inmersión y la intensidad de las actuaciones.

Gemma Deusedas y Anna Carreño sostienen toda la obra con una notable versatilidad. A lo largo de la función interpretan múltiples personajes, intercambian roles con rapidez y nunca pierden la coherencia ni el ritmo. La obra está cargada de misterios, mentiras ocultas, verdades dolorosas, muertes inesperadas, diálogos amenazadores y momentos de catarsis. Todo parece unirlas a través de un objetivo común que se va revelando progresivamente.

Otro aspecto destacable es el continuo cambio de vestuario, también diseñado por Uri Prat, así como el uso de objetos cotidianos para recrear las muertes en escena. Las botas, la falda, el abrigo o el gorro se convierten en elementos narrativos clave. Los movimientos son rápidos, constantes y precisos, reforzando la sensación de urgencia y adrenalina que experimenta el público junto a las protagonistas.

Todas estas mini historias funcionan, bajo la dirección de Sergi Belbel, como una crítica al mundo que habitan los personajes. Detrás de estas mujeres se esconden, en realidad, dos hombres tristes y agotados, con una única motivación. Incapaces de rebelarse abiertamente contra su estado, encuentran en el acto reivindicativo su única forma de resistencia.

El guion y la dirección de Belbel buscan romper al espectador, sorprenderlo y provocarle sustos, pero también invitarlo a la reflexión sobre el terror femenino. Más allá del terror y de la destacada actuación de las intérpretes, la obra deja una moraleja final, una verdad que resignifica todo lo vivido.

Crítica realizada por Yadi Agurto

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