
Tras su estreno absoluto en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro el pasado julio, El caballero de Olmedo de Lope de Vega, en versión de Laia Ripoll, llega al Teatro Clásico de Madrid para deslumbrar a cuantos se aventuren a sentarse en el patio de butacas.
El caballero de Olmedo cuenta una historia de amor condenada desde el principio. Don Alonso e Inés se enamoran, pero el compromiso de ella con Don Rodrigo, los celos, el honor y las convenciones sociales terminarán imponiéndose sobre sus deseos. Lope de Vega mezcla comedia, drama y tragedia en un relato escrito entre 1620 y 1625, según las fuentes, donde el amor convive con la muerte y el destino parece escrito desde las primeras escenas. Los presagios y la presencia de lo sobrenatural introducen, además, una inquietud que hace que la obra parezca buscar horizontes románticos. Es una de las grandes piezas del Siglo de Oro por la calidad de sus versos y por su capacidad para hablar de asuntos universales: el deseo, los celos, el miedo y la imposibilidad de escapar del destino.
Laia Ripoll se encarga de la versión y la dirección, una elección especialmente pertinente para una obra que conoce bien. Su trayectoria al frente de Teatro Micomicón y sus numerosos trabajos con los clásicos, reconocidos con premios como el Nacional de Literatura Dramática o el Max, la sitúan entre las directoras que mejor han sabido acercar el teatro áureo al público actual. Aquí encuentra en Lope una historia de amor, celos y muerte que contiene ya una dimensión con aires góticos.
Esa mirada determina el planteamiento expresivo y casi tenebrista de su propuesta. Ripoll acentúa la oscuridad que ya existe en el texto y consigue que la tragedia vaya ganando terreno. La escenografía de Arturo Martín Burgos, el vestuario de Almudena R. Huertas, la iluminación de Luis Perdiguero y la videoescena de Álvaro Luna construyen un espacio cambiante, entre lo real y lo brumoso, en el que proyecciones y telas crean una atmósfera inquietante. Es fácil imaginar la potencia de esta propuesta al aire libre el pasado verano, en Almagro, con la noche incorporándose de manera natural a un montaje que parece pedir ese escenario.
El trabajo actoral es otro de sus grandes valores. Víctor Sáinz construye un Don Alonso noble y enamorado, pero también vulnerable, mientras Elisabet Altube dota a Inés de inteligencia y determinación. Jorge Varandela evita convertir a Don Rodrigo en un simple villano y encuentra en sus celos una dimensión más humana. Arantxa Aranguren destaca como una Fabia que combina misterio, comicidad y oscuridad, y Toni Misó aporta como Tello la necesaria dosis de humor y cercanía. El resto del reparto completa un conjunto compacto y bien afinado.
Hay, en definitiva, una buena comprensión de lo que necesita hoy un clásico para seguir vivo. Laia Ripoll no pretende competir con Lope, sino encontrar aquello de sus versos que todavía nos concierne. El resultado es una propuesta sólida, cuidada en su concepción y materialización y muy bien defendida por sus intérpretes. El caballero de Olmedo tiene cuatro siglos, pero conserva aquí intacta su capacidad para hablarnos del amor, del miedo y de la muerte. Y esa es, quizá, la mejor manera de demostrar que un clásico continúa vivo.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




