
El Teatro Español de Madrid estrena una de sus últimas producciones de esta temporada, El barbero de Picasso. Un texto de Borja Ortiz de Gondra dirigido por Chiqui Carabante y con un elenco formado por Pepe Viyuela, Antonio Molero, Mar Calvo y José Ramón Iglesias.
Cuando Pablo Picasso se refugia en el sur de Francia, en Vallauris, tras la Segunda Guerra Mundial, lo hace con el aura de mito ya consolidado, pero también con la vulnerabilidad de quien intuye que el tiempo apremia. En ese contexto nace su amistad con el barbero Eugenio Aria, un republicano español exiliado, como tantos, tras la derrota de 1939. Borja Ortiz de Gondra rescata este vínculo entre artista y peluquero, una relación que trascendió lo anecdótico para tejerse en la cotidianidad, en la confianza y en cierta complicidad política y humana. Es una elección brillante de punto de partida, llena de posibilidades dramáticas, históricas y emocionales, aunque desafortunadamente, no conseguidas en su ejecución.
Ortiz de Gondra ha demostrado sobradamente su talento como dramaturgo, tanto en piezas íntimas y familiares como su celebrada trilogía Los Gondra (Una historia vasca, Los otros Gondra y Los últimos Gondra), como en su trabajo como adaptador de clásicos para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, como El burlador de Sevilla de Tirso de Molina. Por eso sorprende que en El barbero de Picasso caiga en un tono pretendidamente fresco pero sin profundidad, donde el retrato de Picasso, de su tiempo y su entorno se difumina hasta convertirse en una caricatura desvaída.
Su texto no logra un equilibrio entre la comedia amable y la reflexión artística o la mirada histórica. En su intento por ofrecer una mirada ligera, opta por la anécdota liviana, la ocurrencia sin ironía. Los aspectos más complejos de la personalidad de Picasso —su genio, su tiranía, su magnetismo— se insinúan apenas como decorado de fondo, sin convertirse en conflicto escénico. El resultado es una chanza sin gracia, una colección de cuadros y diálogos que no estimulan.
Otro tanto sucede con la dirección de Chiqui Carabante, conocido por su trabajo en Club Caníbal y por un humor más provocador y satírico. Aquí, Carabante opta por una puesta en escena inofensiva, blanda, más cercana a una postal ilustrada que a un montaje con verdadero pulso teatral.
Los intérpretes, Pepe Viyuela como Pablo Picasso y Antonio Molero como Eugenio Arias, cumplen con oficio, pero se enfrentan a personajes apenas no bien dibujados. Molero aporta su ternura habitual y una dignidad discreta que rescata algunas escenas, mientras que Viyuela no logra dotar a su Picasso de matices ni fuerza. Mar Calvo, como Jacqueline, la ciudadana francesa pareja en aquella época del pintor nacido en Málaga, demuestra soltura técnica pero apenas consigue levantar la inconsistencia de su rol. Todos parecen atrapados en una dramaturgia que no les da espacio para construir humanidad, conflicto ni contradicción.
El barbero de Picasso parte de una idea valiosa y un momento histórico fértil, pero naufraga una forma teatral que renuncia al riesgo, a la profundidad o al humor auténtico. El talento de Gondra y Carabante hacía esperar más de una propuesta que, con otro enfoque, podría haber sido un retrato emocionante de la amistad, el exilio y el arte en tiempos convulsos.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




