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29.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Dinamarca – Crítica 2026

Dinamarca puede verse estos días en la Sala Beckett de Barcelona. Una nueva aproximación al universo de Lluïsa Cunillé que convierte el escenario en un espacio suspendido entre la memoria, el desencanto y los fantasmas emocionales que nunca terminan de desaparecer.

Dinamarca es una pieza áspera, irónica y profundamente humana que vuelve a demostrar por qué Cunillé continúa siendo una de las voces más singulares de la dramaturgia catalana contemporánea. Y también un duelo interpretativo de altísimo nivel que encuentra en el silencio tanto peso como en la palabra.

La obra nos sitúa en un pequeño apartamento de Copenhague donde una anciana y su hijo adulto sobreviven atrapados en una rutina marcada por la frustración, el desgaste y una extraña resignación emocional. Pero la llegada de viejos fantasmas del pasado removerá heridas que parecían enterradas y hará aflorar conflictos, recuerdos y tensiones familiares que nunca terminaron de resolverse. Con ecos inevitables de Hamlet flotando constantemente sobre el texto, Cunillé construye un relato donde la decadencia emocional y el miedo al paso del tiempo impregnan cada conversación.

La dirección de Albert Arribas entiende perfectamente el universo de Cunillé y apuesta por una puesta en escena contenida, precisa y profundamente atmosférica. Arribas no fuerza el dramatismo, sino que permite que la incomodidad y la tensión se filtren poco a poco entre silencios, pausas y miradas cargadas de cansancio existencial. Su trabajo encuentra un equilibrio muy delicado entre el humor seco que atraviesa el texto y esa sensación constante de vacío emocional que envuelve a los personajes.

La dramaturgia de Cunillé vuelve a moverse en ese territorio tan suyo donde aparentemente no ocurre nada extraordinario y, sin embargo, todo resulta profundamente inquietante. Los diálogos avanzan de manera fragmentada, casi esquivando constantemente el conflicto principal, pero precisamente ahí reside gran parte de su fuerza. Cada frase parece esconder algo más grande debajo. La autora construye una especie de realismo fantasmagórico donde los personajes hablan desde el agotamiento, la ironía y la incapacidad emocional de enfrentarse verdaderamente a aquello que sienten.

En escena, Pere Arquillué e Imma Colomer sostienen la función con una complicidad interpretativa fascinante. Arquillué trabaja desde la contención y el desgaste emocional, componiendo un personaje roto, incómodo y profundamente humano. A su lado, Colomer construye una figura llena de capas, capaz de alternar dureza, fragilidad y sarcasmo con una naturalidad admirable. Ambos convierten cada conversación en una especie de combate emocional soterrado donde lo importante no siempre es lo que se dice, sino todo aquello que permanece suspendido en el aire.

El apartado técnico refuerza constantemente esa sensación de aislamiento emocional que atraviesa la obra. La escenografía y el vestuario de Sílvia Delagneau, junto al trabajo espacial de Ona Grau, construyen un apartamento frío, desgastado y profundamente melancólico que parece encerrar a los personajes dentro de su propia memoria. La iluminación de Jaume Ventura, fría y distante, trabaja desde la penumbra y la intimidad, mientras que el espacio sonoro y la música de Lucas Ariel Vallejos terminan de envolver la función en una atmósfera extrañamente hipnótica.

Y es que Dinamarca no busca grandes explosiones dramáticas ni respuestas claras. Su fuerza aparece precisamente en la incomodidad, en los silencios y en esa sensación constante de personajes atrapados entre aquello que fueron y aquello en lo que se han convertido. La Sala Beckett acoge así una de esas propuestas que exigen atención y sensibilidad por parte del espectador, pero que terminan dejando una huella emocional mucho más profunda de lo que aparentan en un primer momento.

Crítica realizada por Norman Marsà

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