
Desaparellats, escrita por Ramon Pardina y dirigida por Roc Esquius, regresa al Espai Texas de Barcelona para iniciar su segunda temporada y lo hace con una propuesta sorprendente, divertida y llena de giros que convierte la vida en pareja en un inesperado juego de posibilidades.
La historia parte de una pareja aparentemente atrapada en la rutina. Ton y Anna descubren en el lavabo de su casa una puerta que conduce a un universo paralelo donde existen otras versiones de ellos mismos. El planteamiento ya resulta suficientemente insólito, pero la obra sabe guardar sus cartas y utilizar la confusión inicial como una herramienta narrativa. Lo que al principio desconcierta pronto empieza a adquirir sentido, especialmente cuando descubrimos qué está ocurriendo realmente.
El texto de Ramon Pardina mantiene al espectador permanentemente atento. Nunca sabemos qué será lo siguiente y esa incertidumbre genera una intriga especialmente divertida: queremos descubrir hasta dónde puede llegar este juego de universos, versiones y posibilidades. La fantasía no funciona como un simple artificio, sino como una manera inteligente de colocar frente a los personajes aquellas vidas que podrían haber tenido y, de paso, obligarnos a preguntarnos por las nuestras.
La mezcla de comedia, fantasía y reflexión sobre la pareja resulta especialmente efectiva porque Pardina no necesita subrayar sus ideas. Las situaciones hablan por sí mismas y permiten extraer diferentes lecturas sobre la rutina, las decisiones tomadas y las vidas que imaginamos que podríamos haber vivido. Es un texto punzante, gracioso y sorprendente que consigue que el público permanezca enganchado hasta el final.
Pero Desaparellats juega con algo más que con la curiosidad. La dirección de Roc Esquius es precisa y juguetona, especialmente en la utilización de los silencios. Hay momentos en los que lo que no se dice pesa tanto como aquello que escuchamos en escena, dejando que sea el propio espectador quien complete los espacios que quedan abiertos.
Esquius maneja con solvencia la multitud de personajes y, sobre todo, los cambios de personalidad que atraviesan a los protagonistas. Cada transformación está perfectamente trabajada con los intérpretes y permite que, pese a la sucesión de versiones, podamos identificar siempre quién tenemos delante.
El ritmo es otro de los grandes aciertos de la dirección. Esquius lo modifica constantemente, acelerando cuando la situación lo requiere y concediendo espacio a aquellos momentos en los que necesitamos procesar lo que acabamos de descubrir. Así mantiene vivo ese deseo permanente de saber más. Hasta que, en un momento determinado, ese deseo cambia: dejamos de querer saber qué ocurrirá y empezamos a querer entender qué les ocurre a ellos.
Ese desplazamiento, de la acción a los personajes, está realizado con una enorme naturalidad. La intriga deja paso a algo más emocional sin que la comedia pierda su identidad y demuestra el buen trabajo de Esquius al conducir al espectador por caminos que, aparentemente, no parecían formar parte del mismo viaje.
Sobre el escenario, Esther López y Ricard Farré asumen un auténtico ejercicio de transformación. Sus personajes están en continuo cambio y en permanente búsqueda de comprensión, tanto de aquello que sucede a su alrededor como de ellos mismos. Lo interesante es que esos cambios son siempre reconocibles para el público: aunque aparezca una nueva versión de Ton o de Anna, nunca perdemos la referencia del personaje que tenemos delante.
Ricard Farré protagoniza inicialmente uno de los cambios que más desconciertan al espectador. Su transformación resulta especialmente marcada y se convierte en una de las primeras claves para entender que algo extraño está ocurriendo. Sin embargo, a medida que avanza la función, las piezas comienzan a encajar y podemos comprender también de dónde procede la particular forma de comportarse de la Anna interpretada por Esther López.
López y Farré trabajan desde una complicidad escénica que resulta fundamental para sostener la propuesta. No se limitan a cambiar de personaje: modifican actitudes, gestos, maneras de relacionarse y formas de mirar al otro, consiguiendo que cada versión tenga su propia identidad sin perder el vínculo con el personaje original.
En la parte técnica, la escenografía de Jose Novoa es otro de los aciertos del montaje. El espacio nos sitúa en una especie de pequeño piso barcelonés perfectamente aprovechado, reconocible y suficientemente cercano como para que podamos imaginarlo como nuestro propio hogar. No necesitamos mucho más para entrar en la historia.
Precisamente por eso resulta interesante que nunca lleguemos a conocer realmente el resto de los espacios en los que sucede la acción. La obra concentra nuestra mirada en ese reducido universo doméstico y deja fuera todo lo demás, alimentando la sensación de fantasía y misterio que atraviesa la propuesta.
La iluminación de Anna Espunya contribuye a construir ese espacio con naturalidad y está llena de pequeños detalles que pueden pasar desapercibidos la primera vez. Es el caso de los llamados “traslados”, resueltos con una sutileza especialmente eficaz: quizá no los detectemos inicialmente, pero una vez entendemos qué sucede resulta imposible volver a ignorarlos. No necesitan ser más grandes ni más evidentes. Precisamente funciona porque nosotros, como espectadores, debemos experimentar algo parecido a lo que viven los propios personajes: no darnos cuenta de inmediato de qué ha sucedido.
También el vestuario de Jose Novoa funciona como una prolongación de la escenografía. La paleta cromática mantiene una coherencia constante y, aunque los personajes cambien continuamente, las prendas se mantienen y nunca desentonan con sus distintas personalidades.
Uno de los atractivos de Desaparellats está precisamente en su capacidad para jugar con las pequeñas variaciones de ese universo paralelo. La comedia que nace de los cambios de personajes y de las diferencias entre ese mundo y el nuestro, especialmente en lo que respecta a determinados personajes conocidos, genera algunos de los momentos más inesperados de la función. Cada nueva aparición o comentario despierta en el público la expectativa de que llegue otra sorpresa.
En el fondo, Desaparellats plantea un inteligente juego escénico alrededor de una pregunta muy sencilla y, al mismo tiempo, tremendamente incómoda: ¿qué habría pasado si hubiéramos tomado otras decisiones? Ese universo paralelo permite mirar la propia vida desde fuera y descubrir que aquello que imaginamos como una versión mejor de nosotros mismos también puede esconder problemas, contradicciones y nuevas incertidumbres.
Como dicen los propios personajes, estamos ante «una comedia romántica, con cierta factura indie y con un punto fantástico”. Y probablemente esa definición sea tan válida como cualquier otra. Porque la obra es, ante todo, una propuesta original y sorpresiva que consigue divertir mientras nos hace pensar en nuestras propias elecciones, en la pareja y en todas esas vidas que, por un motivo u otro, nunca llegamos a vivir.
Desaparellats regresa al Espai Texas con una fórmula que funciona especialmente bien: dos actores capaces de multiplicarse sin perder nunca la identidad de sus personajes, una dirección que controla con precisión el ritmo y una dramaturgia que sabe mantener la intriga hasta que la curiosidad deja paso a la comprensión. Setenta minutos que pasan volando y que dejan una última sensación especialmente agradable: la de haber descubierto una historia que no sabíamos exactamente hacia dónde nos llevaba, pero cuyo viaje ha merecido la pena.
Crítica realizada por Norman Marsà




