
En Madrid, la sala El Umbral de Primavera acoge Del amor al NoPor, una obra escrita y dirigida por Yaiza Ramos que narra cómo el visionado accidental de un VHS porno durante la infancia de una niña desencadena un viaje onírico. La pieza indaga en la construcción sociocultural de la sexualidad femenina, el consentimiento y la dificultad de reconstruir el deseo tras la normalización de la violencia mercantilizada en la pornografía.
El equipo artístico y técnico está integrado por Yaiza Ramos en la dramaturgia y dirección, Marianella Morena en la asesoría artística, y las actrices María Algora, Estefanía De los Santos y Aisha Wizuete en el reparto. Asimismo, el proyecto cuenta con Sofía Sanz en la ayudantía de dirección, Leonora Lax en el diseño de escenografía, Javier Magallón en la ayudantía de escenografía, María Albalà en el diseño de vestuario, Raquel Puche en el diseño de iluminación y sonido, y Cris R. Cejas en la coordinación técnica. Finalmente, la comunicación corre a cargo de Alicia López, la producción es de La Azabache Producciones y el espectáculo cuenta con el apoyo del Consejo de las Mujeres de Madrid, Mujeres Progresistas de Retiro y el Centro Cultural Casa de Vacas. Completando el equipo en la distribución y asesoramiento se encuentran Towanda Rebels, junto a Mónica Alario Gavilán en la asesoría en educación sexual, figuras marcadamente vinculadas a la corriente del feminismo radical abolicionista.
Sobre el papel, la propuesta promete un análisis profundo, pero en la práctica, Del amor al NoPor naufraga rápidamente debido a un texto de escasísimo calado y una propuesta dramática que se desploma a los veinte minutos por pura simplificación. El montaje se empeña en repetir mil veces, casi como un mantra, que estamos ante un acto feminista y un texto feminista escrito por una feminista; pero, paradójicamente, la pieza dinamita toda la fortaleza del ideario emancipador al victimizar y parodiar a la protagonista. Con una estética que parece sacada de un imaginario indie noventero de saldo, la obra da por momentos un viraje rancio, casi propio de la tendencia tradwife, rindiendo una pleitesía implícita al hombre bajo el disfraz de la denuncia. Al final, la obra se presenta con una pompa tremenda, vendiéndose como un «acto político urgente» contra la industria de la explotación sexual, pero en la práctica confunde el escenario con un púlpito. El texto nos escupe una tesis completamente masticada y unidireccional donde el porno es el diablo, los hombres están programados para el poder y las mujeres somos esponjas pasivas destinadas a erotizar la sumisión. Sin fisuras, contradicciones ni una pizca de ambigüedad, el hecho teatral desaparece para dejar paso a una homilía laica donde solo cabe asustarse o aplaudir el dogma abolicionista que respalda al proyecto.
Esta rigidez ideológica acaba devorando el conflicto dramático y convirtiéndolo en un bucle de culpa moralizante que resulta plano y machacón. Toda la evolución de la protagonista se estanca en la queja repetitiva de «uf, qué mal, me gusta que mi novio me pegue durante el sexo y me excita, pero es que eso está mal». En lugar de rascar en la psicología del deseo disonante o en la complejidad de las fantasías, la obra prefiere dar vueltas en círculos sobre lo mismo, extendiendo la caricatura del sometimiento hasta el absurdo de que la tipa termine soltando un «ay, los hombres solo quieren mis bragas, estoy sometida hasta a mi psicólogo». Al dibujar un mundo tan binario de víctimas absolutas y verdugos de manual, la obra agota su premisa enseguida y se queda en un panfleto predecible que subestima la inteligencia de la audiencia.
Para colmo, hay un componente contextual que resulta profundamente contradictorio: la elección del espacio. Utilizar una sala como El Umbral de Primavera, que históricamente ha sido un refugio y un templo para la creación diversa, disidente y queer en Madrid, para albergar una propuesta alineada con un sector del feminismo caracterizado por sus posturas transexcluyentes resulta una desconexión total con el espíritu del espacio. Aprovechar la apertura de este escenario, extendiendo el discurso incluso a los coloquios posteriores para lanzar proclamas dogmáticas y sesgadas, no es abrir un debate necesario; es instrumentalizar un espacio seguro de resistencia para legitimar una agenda teórica que, precisamente, colisiona con las identidades de quienes habitan habitualmente esa sala.
Es una lástima que se prioricen estos discursos punitivos sobre un feminismo verdaderamente interseccional que abogue por los derechos de todas, lo que explica, quizás, por qué el proyecto no logró alcanzar sus objetivos de financiación colectiva.
Crítica realizada por Ismael Lomana




