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05.06.2017 Teatro  
De la divinización artística al infierno personal

El National Theatre Live 2017 nos ofrece la oportunidad de disfrutar de un título muy importante dentro de la obra de Peter Shaffer. Amadeus es un montaje que se pudo ver a principios de temporada en ese espléndido espacio que es el Olivier Theatre del NT de Londres y que, a partir del 22 de enero retomará funciones en el mismo lugar y con el mismo equipo artístico.

Espléndido espacio, sí. Sin pompa ni suntuosidad lo importante es lo que sucede en escena. Siempre. Tanto por la disposición del público como por las múltiples posibilidades de adaptarse a las necesidades de las piezas que se representan. ¿Por qué esto es relevante en este caso en concreto? Pues porque Amadeus es un viaje al interior de la torturada mente de Antonio Salieri (Lucian Msamati). Una mente capaz de recrear tanto la épica de la creación artística como la inmundicia de las frustraciones autodestructivas e interiores de protagonista.

Todavía sorprende, a día de hoy, la decisión del autor de explicarlo todo a partir del razonamiento del personaje de Salieri. En el montaje dirigido por Michael Longhurst esto se eleva a la máxima potencia, sometiéndolo todo a esta evocación parcial e injusta de la memoria del compositor. De dentro hacia afuera se ejecutará también la escenografía y la dirección de actores, ya que todos deberán interpretar a sus personajes tan (o tan poco) deformados como Salieri los evoque. Hay un juego muy importante de este último con el público y de la veracidad que Msamati transmita en este autoimpuesto descenso a los infiernosl, a través de las triquiñuelas de su confesión, el engaño triunfará o no.

Un espectáculo con un elenco compuesto por dieciséis actores, seis cantantes y los veinte componentes de la Southback Sinfonia. Estos últimos estarán siempre presentes en escena, integrándose en la acción. Aunque ésta se mantiene en la Viena del finales del siglo XVIII, cuando era la capital musical del mundo, la banda sinfónica vestirá atuendos de hoy en día. De alguna manera ambas decisiones (figurativas y de vestuario) situarán a Salieri en un limbo que comprende desde entonces hasta la actualidad en el que expiará (o no) su culpa constatando que la música que sigue sonando es la de Mozart, y no la suya. Sabia decisión.

El elenco es magnífico. Desde la soprano Fleur de Bray a la mezzo Wendy Dawn Thompson, pasando por Karla Crome y Adam Gillem, que interpretan a Constanze Weber y Wolfgang Amadeus Mozart. Progresivamente y, a medida que avanza la obra, el peso de la función se repartirá más entre Gillem y Msamati. Este balance está regulado con maestría tanto por el director como por los dos intérpretes. El primero luchará por romper las cadenas a las que le somete el segundo hasta llegar a un último tramo francamente conmovedor. Sabe cómo llegar a nosotros, precisamente, a partir de lo que su compañero nos permite. Un trabajo muy complejo y arriesgado en el que la adecuación prima sobra la simpatía o o que nos pueda despertar. Siguiendo con el juego, si nos cayera bien, la interpretación iría en contra de la intención del texto, algo que aquí no sucede.

La escenografía de Chloe Lamford ofrece soluciones constantes y siempre alineadas con el argumento y el personaje principal. Distintos escenarios movibles que avanzan o retroceden, se elevan o descienden, por el proscenio principal. Unos sets que en un momento nos sitúan ágilmente tanto en un palacio como en un teatro de las afueras o en las distintas estancias de los hogares de los personajes. Sin olvidar, la priorización que debe darse a las obras de Mozart que intermitentemente se incluyen en Amadeus. La iluminación de Jon Clark hace el resto, puesto que en muchos momentos todo debe vaciarse y oscurecerse para focalizarse en Salieri.

Finalmente, mención especial para la coreografía de Imogen Knight, ejecutada tanto por músicos como actores y para el diseño de sonido de Paul Arditti y la dirección musical de Simon Slater. Y por supuesto, destacar la interpretación de Lucian Msamati como Antonio Salieri. Un trabajo que nos deja clavados en la butaca por su capacidad para transmitir todos los estados de ánimo y superar las contradicciones morales en las que cae el personaje. No se trata ni siquiera de empatizar, sino de comprender y participar, algo que el actor consigue de principio a fin durante las más de tres horas que dura la representación. Uno de los grandes títulos de la actual temporada del National Theatre Live.

Crítica realizada por Fernando Solla

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