
Hay canciones que basta escuchar para que algo se active en la memoria. Cop de Rock juega con esa capacidad de la música para transportarnos a un momento concreto y convierte el escenario del Teatre Coliseum de Barcelona en una máquina de nostalgia donde el rock català de los años 90 y 2000 vuelve a sonar con toda su fuerza.
El próximo 11 de septiembre se cumplirán quince años del estreno del musical original. Quince años después, esta nueva producción de La Barca, basada en el montaje original de Dagoll Dagom, recupera aquella historia sin intentar actualizarla. Y probablemente ahí esté uno de sus mayores aciertos: Cop de Rock no pretende reinterpretar aquella época desde el presente, sino volver a ella.
Cop de Rock recoge, en dos partes, la banda sonora de nuestro país desde los orígenes del denominado Rock Catalán. La primera representa la etapa de formación de una joven banda de rock, mientras que la segunda refleja esa «segunda oportunidad» que la vida ofrece a sus protagonistas y su trayectoria musical. Estructurado a partir de canciones imprescindibles de la historia musical de nuestro país, el espectáculo pone banda sonora y emoción a toda una generación, pero también explica la historia de un movimiento musical que marcó una época.
Y eso se percibe especialmente en la sala. La media de edad del público está claramente por encima de los 45 años y son precisamente esos espectadores quienes convierten el patio de butacas en una extensión del escenario. Basta que comiencen las primeras frases de una canción para escuchar tímidas voces alrededor cantándola. No hace falta pedir participación: las canciones forman parte de la memoria de quienes las vivieron.
Brams, Els Pets, Gossos, Ja t’ho diré, Lax’n’busto, Sau, Sopa de Cabra, Bars o Glaucs, entre muchos otros grupos, aparecen en un repertorio que funciona como un auténtico viaje musical por aquellos años. El homenaje al rock català y a todo lo que lo envolvió está presente en cada momento y, sobre todo, conecta perfectamente con la historia. Las canciones no son un simple añadido para construir el musical, sino que ayudan a contarla y la enriquecen.
Júlia Cervera Marsó, como directora, imprime un buen ritmo al montaje, aunque en ocasiones se note demasiado acelerado, algo que consigue emocionar al público y mantener una energía constante. La puesta en escena apuesta por la sencillez y la efectividad, aunque un mayor desarrollo de los elementos escenográficos podría aportar todavía más riqueza visual al montaje. Un ejemplo es la cortina trasera, la cual resulta innecesaria y rompe en determinados momentos la magia del espectáculo. Sería más efectivo aprovechar mucho más la gran pantalla trasera para situarnos y ayudarnos a entender dónde estamos, mientras el equipo de regiduría, quienes ya realizan un buen trabajo con los cambios de atrezo, podría continuar introduciendo los elementos necesarios de una forma más sencilla y orgánica.
Si ponemos el foco en el reparto, la mayoría de las interpretaciones son correctas y el elenco demuestra un buen trabajo conjunto. Sin embargo, el reparto es muy joven para la historia que se nos quiere contar. En la primera parte encajan perfectamente por edad y situación, pero en la segunda se hace evidente que todavía les falta edad para interpretar algunas de las circunstancias que plantea la evolución de sus personajes. El cambio resulta demasiado forzado y puede llegar a desconectar al espectador.
Elisabet Molet, como Lluna, consigue hacerse notar especialmente. Su interpretación resulta muy convincente y sabe transmitir las dudas que acompañan a su personaje. Además, su voz resuena perfectamente y encuentra en las canciones un espacio en el que mostrar toda la personalidad del personaje.
Jofre Bardolet, como Roc, funciona especialmente bien durante la primera parte. Su rollo joven y despreocupado encaja perfectamente con el personaje y aporta naturalidad a ese momento de la historia. El problema aparece cuando Roc debe transformarse y adquirir un perfil más adulto. Ese cambio resulta poco creíble y se hace especialmente evidente en las canciones que necesitan una expresión más madura. Ahí el personaje no acaba de llegar y la sensación de que Bardolet es demasiado joven para asumir esta parte de Roc se hace evidente. Es una dificultad relacionada con la propia evolución del personaje más que con su capacidad musical, que queda sobradamente demostrada también desde la dirección musical.
Dentro del conjunto del reparto, también destacan con fuerza algunos personajes secundarios. Lluís Rubio, como Ramón, y Júlia Cervera Marsó, como Júlia, encuentran un equilibrio especialmente efectivo entre la seriedad y el humor.
Arnau Molas i Vilaró, como Pau, y Marina Toronell, como Pilar, nos muestran una parte más delicada en sus personajes. Destaca especialmente el gran trabajo de Arnau Molas como Pau, uno de los pilares esenciales del montaje. Y Nora Galobardes, como Núria, nos presenta un personaje con una evolución muy interesante frente a las dificultades de la vida. Un personaje que no se deja acobardar y que sabe lo que quiere y cómo lo quiere.
Y si hay un elemento que convierte a Cop de Rock en una experiencia especialmente agradecida es la música en directo. Tener una banda en directo en el teatro siempre aporta un valor añadido a un musical, pero aquí el resultado es especialmente destacable. El trabajo musical de Jofre Bardolet junto a Cai Godayol, Gerard Carulla, Albert Rodas, Jana Gallifa y Albert Molist es excelso. La banda suena perfectamente bien y el público lo agradece enormemente.
Gracias a ellos, la reacción de la sala se vuelve reveladora. No hay prácticamente canción que pase desapercibida. Las primeras notas son suficientes para que aparezcan sonrisas, recuerdos y voces acompañando desde las butacas. La emoción no está únicamente sobre el escenario: se encuentra también entre el público y en el segundo piso del teatro, donde la banda está situada.
Los megamix son otro de los grandes momentos de celebración. El público los recibe con entusiasmo, especialmente el del final, que funciona exactamente como debe hacerlo: como una gran fiesta colectiva en la que escenario y patio de butacas terminan compartiendo las mismas canciones.
En la parte coreográfica, destacar el trabajo de Laia Sors. La coreografía sorprende en muchos momentos y la variedad de estilos funciona perfectamente dentro de los diferentes números. En el Coliseum, además, encuentran un espacio adecuado para desarrollarse y quedan especialmente bien integradas en el conjunto del espectáculo.
El texto de Joan Lluís Bozzo mantiene la historia tal y como fue concebida hace quince años. Nada cambia y, en este caso, que nada cambie es una virtud. Porque lo que busca Cop de Rock es precisamente recuperar aquella sensación. Actualizar la historia habría supuesto modificar parte de aquello que el espectador viene a buscar: la nostalgia de una generación que disfrutó de un musical que se convirtió en icónico y que ahora puede volver a encontrarse con él.
Y es que el espectáculo es nostalgia pura. Una nostalgia que no se limita a recuperar canciones, sino que desbloquea una época feliz. Para quienes vivimos los años fuertes del rock català, aquellos grupos formaban parte de nuestra vida cotidiana. Escuchábamos sus discos sin parar y seguíamos sus giras por todo el territorio catalán y más allá. Volver a escuchar aquellas canciones dentro de una historia como esta supone recuperar algo más que música: supone reencontrarse con una parte de nuestra propia memoria.
Pero Cop de Rock no necesita que hayas vivido aquella época para disfrutarlo. Muchas de aquellas canciones han terminado convirtiéndose en himnos que han sobrevivido a su momento y que hoy siguen siendo reconocibles para generaciones que no estuvieron allí. La conexión emocional será diferente, pero la música continúa funcionando.
En el apartado técnico, el diseño de sonido de Miquel Tur es perfecto y permite disfrutar de la banda y de las voces con claridad. La iluminación de David Parera es sencilla y efectiva, acompañando los diferentes momentos sin buscar un protagonismo innecesario. La escenografía es probablemente uno de los puntos en los que el montaje podría crecer. Si bien es cierto que procede del montaje original de Dagoll Dagom, una pequeña actualización de algunos de sus elementos podría aportar un extra visual y dotar a la propuesta de una mayor riqueza escénica sin perder la esencia que la caracteriza.
Al final, Cop de Rock consigue aquello que probablemente se propone desde el principio: recuperar las canciones que pusieron banda sonora a toda una generación y hacerlo a través de una historia que también es la historia de un movimiento musical.
Quince años después de su estreno original, el musical vuelve a demostrar que hay canciones que no envejecen porque han quedado asociadas a personas, lugares, conciertos, viajes y momentos de nuestra vida. Y cuando empiezan a sonar, no necesitamos que nadie nos explique qué significaron.
Simplemente las reconocemos.
Y las cantamos (aunque sea bajito para no molestar).
Crítica realizada por Norman Marsà




