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29.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Contra Antígona – Crítica 2026

Cierra temporada el Teatre Lliure de Barcelona con una propuesta de Andrea Jiménez: Contra Antígona, una aproximación al texto de Sófocles sobre el poder, la justicia y las leyes morales. Victoria Spunzberg colabora en una dramaturgia en la que, cada noche, los personajes dialogan con catorce espectadores voluntarios del público.

En esta versión de Jiménez de la tragedia tebana se recupera el coro del teatro griego original, otorgando así relevancia a la voz y a la conciencia social de la comunidad. El montaje se convierte de este modo en algo más que una función teatral, para devenir un espacio colectivo en el que, inevitablemente, se toma partido ante el enfrentamiento entre Creonte y Antígona. En esta diatriba, en la que Antígona afronta el poder establecido desobedeciendo el decreto del gobernante y dando sepultura al cuerpo de Polinices, su hermano considerado traidor, se abordan temáticas como el conflicto entre ley divina y humana, el deber familiar frente al deber cívico o la autonomía de la mujer y su papel en la sociedad.

Jiménez y Szpunberg arriesgan con este proyecto interactivo al incorporar en escena a un número de espectadores superior al de actores, utilizando su comportamiento como material escénico y asumiendo la posibilidad de que alguno de ellos acapare algo más de protagonismo del deseado, como ocurrió en la función a la que asistí. Aun así, más allá de alguna que otra simpática anécdota, el dispositivo se revela como uno de los principales atractivos del montaje al intensificar con contundencia el argumentario y la réplica que articulan este núcleo dramático.

Este Contra Antígona escenifica el enfrentamiento sobre un espacio diseñado por Judit Colomer, despojado de tonos cromáticos: altas paredes blancas y grises columnas de piedra de Tebas, derruidas por la guerra. El único contrapunto lo ofrece el vestuario del coro —que cada noche será diferente— y el rojo sangre del manto del rey Creonte, que puede leerse como símbolo de la culpa de sangre que recae sobre sus hombros. El resto de personajes se integra en este paisaje, ya sea con los elementos escenográficos o con el propio coro, mediante un vestuario contemporáneo, con la excepción del corifeo, a quien Sílvia Delagneau viste, acertadamente, de época. En el planteamiento dramatúrgico se hace evidente que la música será un elemento fundamental como vehículo de expresión, especialmente en escenas como la de la sentencia final a Antígona, donde marca el clímax de forma radical, quebrando el trayecto previo de tensión contenida. El artífice de esta destacada banda sonora es Lucas Ariel Vallejo, cuya composición electrónica se integra con solvencia en una de las tragedias clásicas más reconocibles. La iluminación concebida por Andreu Fràbegas acompaña el conjunto con precisión, subrayando, plano a plano, el desarrollo de cada escena.

A nivel interpretativo, la selección de una Antígona que represente la valentía y el coraje de ir en contra del poder establecido y capaz, a la vez, de sostener la sensibilidad de una hermana en duelo se convierte en uno de los pilares del trabajo de la directora. Júlia Truyol clava, indiscutiblemente, el personaje. Con una trayectoria consolidada y la versatilidad que siempre la ha caracterizado —especialmente en los proyectos de La Calórica, la compañía a la que pertenece—, su escenificación transformativa presenta a una Antígona que reivindica su condición de quien no ha nacido para el odio, sino para el amor, y que se erige como pieza central no solo por el peso del rol, sino por la solidez interpretativa que sostiene. Al otro lado de la cuerda, el Creonte que compone Xavi Saez renuncia inicialmente a su voltaje autoritario para instalarse en una lógica discursiva que lo acerca más a un tecnócrata que a un tirano. La decisión —no sé bien si de la dirección o del propio actor— no desentona con el origen sofocleo del personaje, pero sí parece vaciar el pulso esperado en su conflicto con Antígona: allí donde debería percibirse el peso de un poder inapelable, emerge en cambio una figura más bien argumentativa. No es hasta el tramo final, cuando la tragedia irrumpe en su vida, que el personaje se resquebraja y deja entrever una dimensión más emocional, revelando la fisura que lo define.

El corifeo de Olga Onrubia mantiene un equilibrio destacable, apareciendo y desapareciendo sin ensuciar la escena, para complementarla en todo momento. Junto a ella, Mónica Molins, como alter ego contemporáneo y en el papel de facilitadora, guía al coro para convertir con eficacia el dispositivo en un cuerpo colectivo de veintitrés personas. Clara de Ramón construye una Ismene desbordada, atrapada entre la necesidad de cumplir la ley y la de apoyar a su hermana mayor, quien finalmente la desprecia. Cada intercambio entre ambas convierte sus escenas en momentos especialmente memorables, donde la tensión y la emoción fluyen con naturalidad. Jan D. Casablancas y Marc Soler, aun con menor presencia en escena, destacan por la composición del guarda y de Hemón, aportando rigor a sus respectivos personajes. Finalmente, Bruna Luz como Tiresias y Arantza López Medina como Eurídice aparecen en el tramo final para completar un elenco cuidadosamente ensamblado.

Contra Antígona reúne los méritos necesarios para cerrar la temporada del Lliure y satisfacer a una platea que confirma, con su aplauso en pie, el resultado de una propuesta ambiciosa, arriesgada y plenamente recomendable. Como en el buen teatro, aquí se articula un espacio que trasciende el mero entretenimiento para abrir una mirada sobre la condición humana y los sacrificios que esta es capaz de asumir en nombre del amor. «Innumerables son las maravillas del mundo, pero ninguna más maravillosa que el ser humano».

Crítica realizada por Diana Limones

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