
Chroniques puede verse estos días en el Teatre Nacional de Catalunya de Barcelona. La compañía belga Peeping Tom regresa a la ciudad con uno de esos espectáculos que desafían cualquier clasificación posible y convierten el escenario en un espacio donde la realidad, los sueños y la memoria parecen convivir sin reglas.
Más que una obra convencional, Chroniques es una experiencia escénica que invita al espectador a dejar atrás la lógica para sumergirse en un universo construido a partir de imágenes, emociones, recuerdos y sensaciones. Un viaje tan fascinante como desconcertante que confirma por qué la compañía se ha convertido en una referencia internacional dentro del teatro físico y visual contemporáneo.
La propuesta, creada y dirigida por Gabriela Carrizo junto a la codirección de Raphaëlle Latini, se desarrolla a través de una sucesión de capítulos o fragmentos que hablan de comienzos y finales, de memorias superpuestas, de lugares lejanos y de aquello que todavía no somos capaces de comprender. Como si el escenario se transformara en una excavación arqueológica de emociones, recuerdos y presencias, la función avanza sin necesidad de ofrecer respuestas claras, invitando al espectador a construir las suyas propias.
La dirección vuelve a demostrar la extraordinaria capacidad de Peeping Tom para crear imágenes de una belleza tan hipnótica como perturbadora. Carrizo y Latini combinan danza, teatro físico, acrobacia y lenguaje cinematográfico para construir un universo propio donde cada escena parece surgir de un sueño, de un recuerdo o incluso de una pesadilla. La función avanza como una sucesión de cuadros vivos que sorprenden constantemente, manteniendo la atención del público gracias a una imaginación escénica prácticamente inagotable.
La dramaturgia apuesta claramente por la sugerencia antes que por la explicación. Chroniques no busca contar una historia cerrada ni ofrecer una lectura única, sino construir un paisaje emocional en constante transformación. Hay momentos que despiertan inquietud, otros que provocan una sonrisa inesperada y otros que generan emociones difíciles de verbalizar. La ausencia de límites temporales o espaciales permite que las escenas dialoguen entre sí desde lugares inesperados, creando una experiencia que conecta más con la intuición que con la razón. Precisamente ahí reside gran parte de la fuerza del espectáculo.
Sobre el escenario, Simon Bus, Seungwoo Park, Charlie Skuy, Boston Gallacher y Balder Hansen realizan un trabajo sencillamente extraordinario. El dominio físico que exhiben durante toda la función resulta impresionante, pero lo verdaderamente admirable es cómo consiguen convertir cada movimiento en una herramienta narrativa. Sus cuerpos parecen desafiar constantemente las leyes de la gravedad, de la lógica y, por momentos, incluso de la anatomía. Cada gesto, cada desplazamiento y cada caída contribuyen a construir un relato emocional que trasciende la palabra. El elenco funciona como un único organismo perfectamente sincronizado, capaz de generar imágenes de enorme potencia visual que permanecen en la memoria mucho después de abandonar la sala.
En el apartado técnico encontramos buena parte de la magia que define el universo de Peeping Tom. La escenografía de Amber Vandenhoeck, con la colaboración de Seungwoo Park en la pintura que ocupa el telón de fondo, construye espacios mutables que parecen transformarse ante nuestros ojos sin previo aviso. La iluminación diseñada por Bram Geldhof modela constantemente la percepción del espacio y juega un papel fundamental en la creación de atmósferas, mientras que el espacio sonoro concebido por Raphaëlle Latini envuelve la función en una sensación permanente de extrañeza y fascinación. El vestuario de Jana Roos, Yi-Chun Liu y Boston Gallacher acompaña perfectamente la naturaleza cambiante de los personajes y termina de completar una maquinaria escénica de enorme precisión al servicio de la imaginación.
Hay espectáculos que se recuerdan por una escena concreta y otros por una interpretación. Chroniques pertenece a esa categoría más difícil de encontrar: la de las experiencias que permanecen en la memoria por las sensaciones que dejan una vez cae el telón. Puede que no todos los espectadores interpreten lo mismo ni encuentren las mismas respuestas, pero es precisamente esa libertad la que convierte la propuesta en algo tan estimulante. Un montaje visualmente deslumbrante, técnicamente impecable y capaz de recordarnos que el teatro también puede ser un territorio donde los sueños, los recuerdos y lo inexplicable encuentran un lugar para convivir.
Crítica realizada por Norman Marsà




