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19.03.2025 Teatro  
Chavela. La última chamana – Crítica 2025

El Teatro Marquina de Madrid es el lugar al que acudir estos días para rememorar la biografía, el carácter, el pensamiento y las canciones de una de las voces latinoamericanas más auténticas con Chavela. La última chamana. Un espectáculo escrito y dirigido por Carolina Román en el que Luisa Gavasa lleva las riendas dramáticas y Rozalén y Nita se alternan para complementarla vocalmente.

Mi primer recuerdo de Chavela Vargas es viendo Kika, la película que Pedro Almodóvar estrenara en 1993. En una escena nocturna, Bibiana Fernández se asoma desnuda a su terraza y contempla Madrid escuchando Luz de luna. Aquel …porque desde que te fuiste yo no he tenido… sintetiza muy bien lo que era artísticamente esta mexicana nacida en Costa Rica en 1919. Persona, figura y presencia que Carolina Román, muy inteligentemente, traslada al escenario en un triple plano.

La mujer que lo había conseguido casi todo, la muchacha que quería conquistar el mundo y la voz que conectaba con la oscuridad del alma y el público. Un triple prisma materializado con una Luisa Gavesa bastante mimetizada con aquella mujer mayor que vestía con ponchos y cuya voz rasgada nos anclaba a los sentimientos que transmitía. Paula Iwasaki es la Chavela joven y supuesta, aquella que no conocimos y supongo fundamentada en la bibliografía y la hemeroteca. Una joven sugerente, sensual, enérgica y lanzada, gozosa por experimentar y para la que no había frenos ni pudores. Y su yo más espiritual, el que encarnan Rozalén (martes, miércoles, sábados y domingos) y Nita (jueves y viernes), poniendo su voz al servicio de la expresividad y emocionalidad de sus canciones.

Lo mejor de Chavela. La última chamana es el modo en que concreta el universo mágico de quien se relacionara con Frida Kahlo y tuviera a Federico García Lorca como un referente que siempre le acompañara. La escenografía de Javier Ruiz de Alegría se revela extraordinariamente versátil, base sobre la que se complementa la iluminación de Raúl Baena y Eduardo Vizuete y que crece con el colorido del vestuario de Elda Noriega y el dinamismo de la video escena de Ezequiel Romero.

Trabajos técnicos y artísticos que generan una atmósfera cuya articulación resulta culminada con el tempo que marca Alejando Pelayo al piano. Una casi espiritualidad que narrativamente resulta fuerte cuando se centra en lo que motivaba, impulsaba y recordaba Chavela Vargas, y que se debilita cuando recurre a la anécdota de lo cotidiano, cuando comparte tiempo con sus asistentas y se dibuja un personaje más caricatura que alguien mayor o condicionado por las cuestiones acumulativas propias del paso de los años.

Partiendo de que este es un espectáculo para fanes y devotos, consigue su propósito cuando se centra en el mensaje de las letras y la música de Chavela Vargas. Más aun cuando involucra a su público, hombres y mujeres que conectan con ella porque conocen sus estrofas y, sobre todo, porque sienten que ella le ponía tono y timbre a aquello que nos corre por dentro y que nos da miedo dejar salir por si nos rompemos en esa eclosión. Chavela era capaz de hacerlo sin llegar a quebrarse del todo, y La última chamana así lo muestra para gusto y deleite de sus espectadores.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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