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26.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Carcoma – Crítica 2026

Al Teatro del Barrio de Madrid regresa Carcoma, una pieza que profundiza en la herencia de la Guerra Civil a través de un clan de mujeres atrapadas en una casa, entre la memoria y la maldición. La historia explora la relación con los muertos y las sombras, revelando odios, violencias sufridas e intentos de venganza de estas protagonistas frente a la familia más poderosa del pueblo.

El montaje cuenta con Mireia Salazar Campoy al frente de la dirección y dramaturgia, acompañada por Paula Cueto en la asistencia de dirección y asesoría de movimiento. El elenco está compuesto por Esperanza García-Maroto, Eli Zapata, Teresa Rivera y Paula Cueto. El apartado técnico integra la escenografía de Andrea Díaz Reboredo y Marc Sellés Argos, la iluminación de Roberto Rojas, el vestuario de Clara Macías Carcedo, el diseño sonoro de Raquel Martínez y la consultoría sonora de David Coello.

El Teatro del Barrio lleva toda la temporada estrenando adaptaciones de obras narrativas, signo de un cambio en el paradigma del teatro, en el que se está trabajando la inmediatez, lo testimonial, la representación y las violencias. Carcoma, Solo quería bailar, Panza de burro: todas novelas escritas por mujeres en la treintena, escritos durante estos 6 años que llevamos de los años 20, y en los que la fisicidad, el cuerpo, y la herencia, están presentes y patentes. Y en la casa de Carcoma, precisamente «no se hereda dinero ni anillos de oro ni sábanas bordadas con las iniciales, aquí lo que nos dejan los muertos son las camas y el resentimiento. La mala sangre y un sitio para echarte a la noche, eso es lo único que puedes heredar en esta casa.«. La extraordinaria recreación de la casa de Andrea Díaz Reboredo y Marc Sellés Argos es la muestra de la ambición e intenciones de este proyecto escénico, con tremendo respeto a la obra de Layla Martínez, que precisamente siento que provoca una literalidad que dificulta que aumente la dimensión de la palabra escrita en esta adaptación demasiado literal.

Carcoma es una obra que traslada perfectamente a la escena el coqueteo con el fantástico, quizás más místico que sobrenatural, pero es que nuestra tradición está fundamentada en un catolicismo oscuro, almas atrapadas en la tierra, penitencias y culpa. El elenco al completo representan a esta mujeres condenadas a la pobreza, señaladas por un pueblo, elegidas por los santitos, y violentadas por los hombres. Aquí cuerpos sin cara que proyectan incómodas luces que desnudan y exponen, dirigidas a la cara, provocando una ceguera que les hace bajar la guardia y les impide defensa alguna, que las desconecta de su don de comunicación con lo que otros no ven. Ceguera de amor, de rencor, de odio, de clase.

Porque la pobreza se hereda de generación en generación y el don de estas mujeres, de precisamente ver más allá, ni siquiera les sirve para avanzar o se sirven del mismo para rentabilizarlo: lo viven como algo íntimo y como arma, algo que no les van a poder quitar ni aunque la vida les sea arrebatada. Y precisamente la transmisión de esa facultad es el punto fuerte de todas las actrices en Carcoma, cuando lo corpóreo permite hacer volar al texto, lo eleva más allá de las palabras, aunque esto se haga tan afectado que me saque de la escena.

Clara Macías Carcedo ha elaborado un vestuario que se aleja de lo obvio, juega con los materiales y transmite parte de la historia a través del trabajo con las telas y las texturas. Esto, sumado a una sorprendente escenografía, contribuye a la evocación de lo que se dice y lo que se calla en escena; son dos apartados en los que se han permitido jugar con la adaptación de la novela, más que reproducirla. Y quizás esté siendo pesadísimo insistiendo en que un margen más juguetón en la puesta en escena de este Carcoma —donde las transiciones con eternos fundidos a negro, las intervenciones que solo lxs lectorxs entenderán o unas declamaciones dignas de Blanca Portillo hubiesen dado más entidad a un proyecto que me habría gustado recomendar como una fantástica ampliación del universo de la novela—, habría elevado la obra más allá de la celebración del arrojo y la ambición que siento tras ella. A pesar de una acogida de público fantástica, queda en el espectador la sensación de lo que pudo ser una obra redonda y terminó siendo solo una intención valiente.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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