
La fusión entre la primera y la penúltima obra de Edward Albee llega al Teatro Bellas Artes de Madrid de la mano de Juan Carlos Rubio bajo el título de Camino al Zoo con un matrimonio conformado por Fernando Tejero y Ana Labordeta, y un extraño paseante en Central Park encarnado por Dani Muriel.
Edward Albee es uno de los autores teatrales norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Conocido por títulos como ¿Quién teme a Virginia Woolf? o Un delicado equilibrio y haber recibido galardones como el Pulitzer o el Tony. Su prolongada carrera como autor se inició en 1959 con The zoo story, historia a la que volvería en 2004 para desarrollarle una precuela, Homeland. En 2009 Albee unió ambos textos en At Home at the zoo, base trabajada por Juan Carlos Rubio y Bernabé Rico para ofrecernos el montaje que ahora vemos dirigido por el primero de ellos.
Estrenado en diciembre de 2023 en Córdoba, y con el cambio de Mabel del Pozo por Ana Labordeta, estos tres personajes se disponen a alterarnos con sus conflictos internos. En primer lugar, un marido y una mujer que se hablan sin mirarse a la cara, una convivencia en la que él quiere hacer el amor y ella reclama follar. Después, ya en exteriores, él ve interrumpida su tranquilidad lectora en un banco del pulmón verde de Nueva York por un hombre que le asalta verbalmente hasta acorralarle con las curvas de su retórica.
Antes de que nos diéramos cuenta de que la estadounidense era una sociedad neurótica, a la que se obligó a encarnar el sueño norteamericano para tapar sus miserias y vacíos, Albee ya lo había captado y hecho de ello el hilo narrativo de su dramaturgia. En primera instancia vemos y escuchamos a personajes perdidos, neuróticos y alineados, cuando la realidad es que están desesperados por encontrar la fisura por la que liberar el miedo a no pertenecer, no ser escuchados y no ser amados que les infiere un dolor, ruido y soledad infinitos.
La primera impresión de sus obras es la de visceralidad e histrionismo, cuando la verdad es que tras esa pátina yace un gran y comedido dramatismo. Rubio ha querido evitar caer en lo primero, conteniendo el tono de sus actores, para facilitar que aflore lo segundo, aunque con un resultado a medio camino. La obra se desarrolla sobre el escenario, pero en ningún momento sus atmósferas y emociones bajan al patio de butacas. El gozoso puente de la identificación y la proyección no llega a establecerse.
No ayuda una escenografía e iluminación, firmadas por estudio deDos y Nicolás Fischtel, excesivamente frías, que nunca te hacen sentir ni en un hogar, escenario de la primera parte, ni en un espacio al aire libre, localización de la segunda. Más allá de la inicial sorpresa de un suelo de paja, este recurso no cumple el papel de comodín que aúne la fantasía de ambos lugares. Correcta la música de Mariano Marín y el vestuario de Pier Paolo Álvaro, me queda la sensación de haber visto un diseño escénico más concebido para girar de ciudad en ciudad que para generar recuerdo, siquiera momentáneo, allí donde se represente.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




