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28.03.2025 Teatro  
Camino a la meca – Crítica 2025

La incombustible Lola Herrera vuelve al Teatro Bellas Artes de Madrid con Camino a la meca. Texto de 1984 del sudafricano Athol Fugard con buenas dosis de sororidad y espíritu de resistencia que Claudio Tolcachir se encarga de adaptar al castellano y llevar a escena con un elenco complementado por Natalia Dicenta y Carlos Olalla.

Hace cuarenta años Sudáfrica era un país con apartheid, con una sociedad dividida entre los que tenían derechos y lo que no, división sustentada únicamente por el color de su piel. Tema secundario de Camino a la meca, pero que subyace de principio a fin en su propuesta. Cualquiera puede ser víctima de la arbitrariedad de una sociedad injusta que no contempla más allá del capricho, disfrazado de rectitud, de sus normas y reglas.

Helen es una mujer mayor, apegada a su hogar y su tierra, escultora vocacional con escasa relación con sus vecinos, satisfecha de la casa-estudio en que reside y que tan bien ha concebido Alessio Meloni e iluminado por Juan Gómez-Cornejo. Papel que Lola Herrera resuelve con su combinación de técnica y saber hacer con que es tan efectiva siempre. Quizás no arroje la interpretación que Fugard imaginó para su personaje, pero sí ofrece la que esperan quienes llenan cada tarde el patio de butacas. Un viaje emocional en el que ofrece alegría, pena, satisfacción, miedo, represión, ilusión, frustración, inquietud, voluntad, paz…

Esta producción tiene el morbo añadido, si queremos llamarlo así, de hacerla compartir el escenario con su hija, Natalia Dicenta. Actriz con credenciales y sobrada capacidad para estar por sí misma sobre las tablas, donde ofrece el contrapunto de una amiga que se ha hecho doce horas de coche solo para comprobar su estado anímico ante las dudas que le arrojan sus últimas cartas. Complicidad e incomprensión, indagación y huida, marcarán la retórica entre ellas y el juego que se le propone al espectador, descubrir las muchas capas de dos personalidades, una relación y las diferentes biografías de ambas.

Un proceso que Claudio Tolcachir plantea sin salirse de lo trazado por el texto. Bien porque el teatro es palabra y presencia, mas escaso porque no genera sorpresa o tensión con que atraparnos en los giros de su narración ni en los puntos de inflexión de su acción. Sí hay evolución de atmósferas, pero en ningún momento trascienden al hecho de tener sobre el escenario a dos mujeres con tanta solera y personalidad como son Herrera y Dicenta.

Ni siquiera lo salva la aparición a mitad de función de Carlos Olalla, actor con un modus operandi solemne y clásico, ajustado a lo que le exige su papel como pastor protestante, portavoz de la comunidad local y amigo y guía espiritual de sus integrantes. Da profundidad a los mimbres narrativos ideados por Fugard, pero no eleva el tono de la representación ideada por Tolcachir. Quien vaya a ver Camino a la meca podrá sentirte así, pero quien vaya a ver a Lola Herrera, probablemente lo pase por alto y sienta que ha merecido la pena acudir a su llamada.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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