
«Pero… ¿Dónde es eso? Eso no está en Bilbao…» fue el comentario que muchos compartieron conmigo al ver las fotografías de Cabaret, el musical de Joe Masteroff, John Kander y Fred Ebb que llega al Palacio Euskalduna de Bilbao con una nueva producción dirigida por Federico Bellone.
El espectáculo, producido por LetsGo, transforma por completo el espacio del Euskalduna para convertirlo en el mítico Kit Kat Club berlinés y recuperar una historia que, décadas después de su estreno, continúa siendo tan fascinante como incómoda.
Y así es. Uno de los grandes triunfos de esta producción es trasladarte por completo a una atmósfera única e identitaria: la del austerismo de los cabarets berlineses y, muy en concreto, de este icónico Kit Kat Club que da contexto a la historia de Sally y Cliff.
Reconozco que cuando me enteré de que iban a hacer una nueva versión de Cabaret, la primera impresión fue: «¿Otro más?». He tenido la suerte de vivir todos los últimos «Cabaret» que se han traído a nuestro país, desde el de Natalia Millán y Asier Etxeandia hasta el de Cristina Castaño y Edu Soto. Además, recientemente he podido visitar el concepto inmersivo de Londres, «Cabaret at the Kit Kat Klub», ganador de 7 premios Olivier, y mi listón estaba alto.
La historia nos lleva al Berlín de los años 30, al interior de un Kit Kat Club donde Sally Bowles y Cliff Bradshaw se encuentran mientras, fuera de sus paredes, una sociedad comienza a transformarse peligrosamente. Un universo de libertad, excesos y diversión que poco a poco irá dejando ver sus claroscuros.
Sin embargo, hay algo de esta producción que funciona desde el primer minuto. Los escenarios repartidos de forma estratégica entre las «butacas», los pasillos deambulatorios por los que los artistas te envuelven y coronan cada número. La iluminación, que da sentido a toda esta arquitectura escénica y que la hace precisa, ingeniosa y sorprendente.
Felype de Lima construye una escenografía que consigue convertir el Euskalduna en algo completamente distinto. La arquitectura del montaje hace que la acción no esté confinada a un único escenario, sino que aparezca a nuestro alrededor, multiplicando los puntos de atención y haciendo que cada espectador viva el espectáculo desde una perspectiva diferente. Valerio Tiberi, desde la iluminación, da sentido a toda esta arquitectura escénica y la hace precisa, ingeniosa y sorprendente.
Y esto es solo la premisa de partida. Comienza el show y comienza el desfile de personajes y, con ellos, las gratas sorpresas que este montaje me ha traído.
Víctor Palmero nos lleva magistralmente durante todo el periplo, con un dominio del cuerpo y el tempo cómico que lo hace muy preciso. Contenido y excesivo a la vez. Efervescente pero plomizo, dibujando los claroscuros de un MC que aprueba con nota.
Ahora debería empezar con Sally, pero es que José Pastor como Cliff creo que ha sido uno de los grandes descubrimientos de esta versión. A menudo, un personaje que queda en segundo plano y que sirve para conectar otros elementos cobra un absoluto protagonismo en este montaje gracias a la maestría en el dominio interpretativo y vocal.
Sally, qué decir de la Sally de Laia Prats. Nos sirve la locura, nos sirve la decadencia, nos sirve la lujuria, el exceso, el desgarro, la tristeza. Cumple con nota en este guiso. Como también lo hace Patricia Clark en su papel de Fräulein Schneider. Ay, nos entrega toda la ternura, todo el carisma, toda la grandiosidad y la decadencia que solo este personaje tan particular puede albergar de forma tan sutil.
Y qué decir de Tony. Tony River. ¡Qué placer es ver a una institución patria del cabaret subiéndose al escenario de este montaje en el papel de Herr Schultz! Solvencia, contención, dramatismo, comedia, todo el cóctel de emociones que este personaje pide y más están en él. Pero tratándose de Tony, esto no es ninguna sorpresa.
Otro de los grandes aciertos de este Cabaret está en su propuesta coral. El Kit Kat Club está vivo en todo momento, y eso pasa también por un elenco que entiende que aquí nadie está simplemente para rellenar escena.
Ricky Merino como Ernst Ludwig, Marta Arteta como Fräulein Kost y el resto del elenco (Andrea Buret, Marina Albaiceta, Paula Argüelles, Miguel Mateos, Andrea del Castillo, Christian Velert, Marc Sol y Rebeca de Los Santos O’Neill) completan un engranaje perfectamente ensamblado, aportando cada uno su personalidad, su energía y sus propios claroscuros. Son personajes que aparecen, desaparecen, rodean al espectador y vuelven a irrumpir cuando menos lo esperas, haciendo que el espectáculo respire como un organismo vivo.
Precisamente ese carácter coral encuentra en el movimiento uno de sus principales aliados. El elenco ocupa, atraviesa y rodea el espacio con una energía constante, haciendo que el Kit Kat Club nunca deje de estar vivo. Y aquí quizá aparece uno de los pocos puntos en los que el montaje me deja con ganas de más: la coreografía de Gillian Bruce. Hay números que funcionan y que encuentran en el espacio un aliado perfecto, pero creo que algunos podrían estar algo más afilados, explotar más y llevarnos a lugares todavía más altos. Hay movimientos y elementos con mucho potencial que, con un poco más de precisión o intensidad, podrían hacer crecer determinados momentos.
Es precisamente en ese juego entre cuerpo, espacio e imagen donde aparece otro de los grandes triunfos de esta producción. Si hay un apartado en el que Cabaret me ha ganado por completo es el vestuario. El trabajo de Felype de Lima es sencillamente increíble. Látex, plumas, faldas, fru frús, transparencias y una explosión de texturas que, entre el rojo y el negro, construyen un universo tan excesivo como elegante.
Cada aparición trae una nueva propuesta y el vestuario no solo viste a los personajes, los termina de construir, potenciando su sensualidad, su exceso y su lado más teatral. Y aquí sí me atrevo a decirlo: uno de los mejores trabajos de vestuario que he visto en una producción de Cabaret en nuestro país. Es de esos elementos que permanecen en la retina mucho después de salir del teatro.
Todo este despliegue escénico necesita también de una música a la altura y Julio Awad lo entiende a la perfección desde la dirección musical. La orquesta sostiene el pulso de este Kit Kat Club con solvencia, acompañando cada número sin perder nunca ese carácter de cabaret que atraviesa la propuesta. Las voces encuentran además un buen equilibrio con una banda que tiene presencia y personalidad propia, haciendo que las canciones sigan siendo uno de los grandes motores del espectáculo.
Cabaret necesita música, pero sobre todo necesita que esa música tenga algo de peligro, de sensualidad y de decadencia. Y aquí lo encuentra.
Quedan por valorar dos elementos más discretos pero igualmente importantes en una producción de estas características: el sonido dominado con ingenio de Poti Martin y la caracterización de Kley Kafe. Ambos terminan de redondear una propuesta visual y sonora que necesita de una enorme sutileza y precisión para funcionar dentro de un espacio tan complejo.
Al salir, vuelvo inevitablemente a aquella primera pregunta: «¿Otro más?». Después de haber visto tantas versiones y de haber vivido recientemente el Cabaret inmersivo de Londres, quizá era fácil pensar que poco quedaba por descubrir. Esta producción demuestra lo contrario. Puede que no todos sus elementos alcancen la misma altura, pero cuando el Euskalduna desaparece, el Kit Kat Club cobra vida y el espectador termina dentro de él, queda claro que esta versión tiene personalidad propia.
Un Cabaret que nos mete dentro de su bolsillo, nos envuelve, nos seduce y, cuando llega el momento, también nos recuerda que detrás de las plumas, el látex y las luces siempre hubo una historia mucho más oscura.
Crítica realizada por Mario Flyn




