
Velma Kelly, Roxie Hart, Billy Flynn, Mama Morton y todos los trapos sucios del Chicago de Kander, Ebb y Fosse han resurgido en Cataluña a ritmo de jazz. Esta vez, sin embargo, alejado de las capitales y de las grandes productoras. Este Chicago se llama C y lo pone en escena la compañía El Triquet de Centelles, en la comarca de Osona.
En Centelles hay pasión por el teatro. Varios grupos locales trabajan constantemente en nuevas propuestas en todo tipo de formatos, del recital a la revista anual, desde el drama a la comedia, y por supuesto, al musical. Este siglo XXI, generalmente de cara a la fiesta mayor, El Triquet se ha atrevido a adaptar toda clase de títulos, desde clásicos catalanes fieles o reinventados (El Retaule del Flautista, 2000; No som Pastorets, 2021) al Tarzán de Disney y Phil Collins (Entre Lianes, 2012), películas como Moulin Rouge (La Vie en Rouge, 2015) o Pesadilla Antes de Navidad (El malson, 2018), y clásicos de Broadway como Little Shop of Horrors (2003), Cats (Entre Gats, 2006) o Hair (Deixa anar les grenyes, 2009).
Con cada nuevo espectáculo, El Triquet ha demostrado que, si tiene límites, es para romperlos, redefinirlos y crecerse más y más. Este C, es decir, Chicago, es quizás el mayor reto que han asumido hasta la fecha (y desde el espectacular naufragio de Entre Lianes a los monstruos de El Malson o las coreografías de Entre Gats o La Vie en Rouge, no han sido pocos), y superan con nota todos los posibles baremos: intérpretes, voces, bailes, música en directo, iluminación, vestuario, decorado, maquillaje y peluquería. Todo es tal y como Chicago se merece. El de El Triquet es Teatro Musical con mayúsculas.
Los elogios empiezan por el guión, adaptado inteligentemente por Helena Sales Masnou a partir de la versión de 1997 de Roser Batalla y Roger Peña. Ya la encomiamos hace siete años por su labor en La Vie en Rouge y desde entonces no hace sino que mejorar. Helena es fiel al texto original, que ajusta Arnau Casanovas recortando sin miedo lo que pueda frenar el ritmo de la producción y facilitando la fluidez entre escenas sin perder matices. De entre los números, los aficionados solo echarán en falta 5 de los 18 temas principales: «Me and my baby» (de la que se aprovecha sin embargo la música), «My Own Best Friend», «I Know a Girl», «When Velma Takes the Stand» y «Class». «Chicago After Midnight» se ha transformado en un cortometraje de cine mudo (producido por Focafilms): si los números originales estaban sacados del catálogo de elementos propios del music-hall, este añadido se integra sin fisuras en esa concepción estilística, tanto como los mitones sin dedos de Amos en «Mr. Cellophane» nos evocan a los tipos del «minstrel» sin necesidad de blackface.
En escena, el trío protagonista encarna perfectamente a sus personajes, el casting inicial y el trabajo de todos ellos es notable: Laura Marsal, coreógrafa a la sazón de la obra, es una Roxie Hart deliciosa, bruta y más ambiciosa que Lady Macbeth, desamparada y odiosa. Irene Lorenzo es ideal como la más experimentada Velma Kelly, la que más luce a Fosse en sus pasos de baile. Jordi Relats es el abogado Billy Flynn… y el director artístico del montaje, junto a Arnau Casanovas: su Flynn parece cándido y delicado en su presentación, pero no hay que rascar demasiado para descubrir la sucia rata que es en realidad. Jordi supera los escollos de «We Both Reached For the Gun», «Razzle Dazzle» y de su número de baile con la Justicia, y navega con carisma por los equilibrios técnicos e interpretativos que mantienen al personaje en la cuerda floja entre el rechazo y la atracción.
Para las coreografías, el equipo no se ha centrado en imitar los famosos pasos de Bob Fosse: el estilo no falta, lo salpica todo aquí y allá, permea la obra entera, pero Marsal y El Triquet han elegido beber también de la época que representan, y se bailan charlestón, shimmies y claqué igual que se visten flecos, largos collares, canotiers y otros atuendos típicos de la moda y los clubes de los años 20: en este apartado, un enorme aplauso para el equipo de vestuario que lideran el propio Relats y Pol Blancafort. En lugar de comprimir y destilar la esencia (esa estilización sigue en la cárcel y en el club de música), han preferido aprovechar todo lo que ofrece la época y ofrecer un abanico de tejidos, elegante, rico y sexy.
En segundo plano, pero igual de aplaudibles, destacan la «Mama» Morton de Judit Vidal (su «When You’re Good To Mama» es sencillamente impecable, a nivel vocal el más perfecto de toda la obra), el manipulable Amos Hart de Joan Puig (un actor sólido e imprescindible en todos estos montajes de El Triquet), la periodista Mary Sunshine de Laura Cruells (digna del cine clásico, y que se luce en el número más lírico de todo el espectáculo) y la galería de asesinas de Ariadna Colomer, Xènia Company, Anna Vaqué, Núria Solà y Anna Camps, que junto a Irene Lorenzo ofrecen un «Cell Block Tango» de aúpa. La convicción de cada una es la de quien está protagonizando su propia historia, aunque solo nos detengamos un momento en ellas, lo que convierte Chicago en algo más coral que la historia de Velma y Roxie.
La música corre a cargo de un cuarteto encabezado por Oriol Roca al piano, que además ejerce de maestro de ceremonias de toda la obra, es su director musical y firma los arreglos de la partitura de John Kander. Junto a él, Alfred Tapscott a la batería, Bruna Nogué al violín y Gil Boleda con la sección de viento. No solo son más que suficientes para llevar el peso musical de toda la obra, cumplen con creces su cometido y cohesionan toda la obra: en cierto sentido ellos son los que convierten C en Chicago.
La iluminación diseñada por Pau Vila y Guillem Carbonell, la escenografía mutable del equipo que encabeza Jaume Serra, coronada por esa imprescindible pasarela, los nueve miembros del coro y los catorce del cuerpo de baile. La suma del personal humano sigue y sigue, hasta alcanzar las 80 personas involucradas en llevar este C, este Chicago a término. Con oficio, con pasión escénica. Con horas y horas de dedicación. Todo funciona como debe, la energía se contagia y los aplausos llegan, número a número, sin desfallecer. Al final, la platea entera del Teatro Casal Francesc Macià se pone en pie para coincidir, las miradas del público lo dicen sin duda, en que parece imposible que El Triquet lo haya vuelto a lograr…
Quedan unas cuantas funciones a la venta (la del domingo 28 de agosto fue un sold out absoluto): si quieren viajar a aquella época sin ley y vivir una noche llena de corrupción, ambición, sexo, violencia, picaresca, en definitiva, de humanidad y jazz, ya lo saben: durante unas semanas, Chicago estará en Centelles.
Crítica realizada por Marcos Muñoz.




