
Tierra gloriosa de mi querer. Tierra bendita de perfume y pasión. Así describen el carácter español los versos del famoso pasodoble Suspiros de España, un tema esencial en la obra ¡Ay, Carmela!, representada en una función única la semana pasada en el Teatro del Barrio de Madrid.
Bajo la dirección de Yolanda Porras, esta icónica pieza teatral escrita en 1986 por José Sanchis Sinisterra con motivo del cincuentenario de la Guerra Civil Española regresa a los escenarios para hablar sobre memoria, dignidad, tragedia y amor.
Paula Iwasaki y Guillermo Serrano interpretan a los protagonistas de esta historia: la pareja de cómicos ambulantes Carmela y Paulino que, por error, en uno de sus viajes cruzan la línea del frente y caen en manos del bando nacional. Forzados a representar un espectáculo para los vencedores, los protagonistas transforman la farsa en un acto de resistencia emocional. Lo que empieza como una comedia impuesta termina siendo una elegía sobre la vida, la muerte y el poder sanador de la memoria.
Construida a base de cortes que van del pasado al presente, la obra oscila entre la evocación y la herida, entre el humor y la tragedia. La estructura fragmentada de Sanchis Sinisterra permite que el espectador se mueva entre la risa y el estremecimiento, entre la ingenuidad del recuerdo y el peso del duelo. Es una elegía sobre la pérdida y una reflexión sobre la capacidad del arte para transformar el dolor en belleza.
Para resaltar esta intención, la puesta en escena es sencilla: lo esencial es el encuentro entre los cuerpos y las palabras. En este espacio reducido, Iwasaki y Serrano conmueven al público con una interpretación impecable y pasional. Ambos desprenden una química excepcional y consiguen que esta historia de amor, arte y muerte atraviese todas las emociones posibles —la risa, la ternura, la desolación— sin perder la veracidad ni la intensidad.
Iwasaki ofrece una Carmela poderosa, deslenguada y profundamente conmovedora, una mujer que encarna la fuerza y el desparpajo de una España herida, pero viva. Su interpretación de Suspiros de España, acompañada por Serrano a la guitarra, es uno de los momentos más estremecedores del montaje: un canto que es despedida y desafío al mismo tiempo, un acto de belleza en mitad del desastre. Serrano, por su parte, construye un Paulino altanero pero noble, un cómico que se aferra al humor como último refugio. Su humanidad se impone al miedo y su torpeza se vuelve ternura.
El vínculo de ambos con la pieza es profundo: fue precisamente en su primer año como estudiantes de la RESAD cuando representaron una escena de ¡Ay, Carmela! y descubrieron una química escénica que los llevó a montar la obra completa y fundar su propia compañía, Caramba Teatro, con la que han producido esta función. Esa complicidad se traduce en un trabajo artesanal que honra el texto original y lo acerca a una nueva generación de espectadores.
¡Ay, Carmela! es aún hoy una obra que no pierde peso ni actualidad. Habla de la resistencia, la lucha y la búsqueda de la justicia, temas más presentes que nunca en un tiempo en el que la violencia se repite —como la que hoy asola Gaza—. Es también una oda a la libertad y al arte como refugio frente a la tragedia. Destaca, en este sentido, la escena en la que los protagonistas evocan a Federico García Lorca, símbolo eterno del artista silenciado, y en la que el público comprende que recordar también es una forma de justicia.
El cierre no pudo ser más elocuente: tras los aplausos, los intérpretes mostraron pañuelos palestinos y un cartel que rezaba ‘stop genocide‘. Con ese gesto recordamos que el teatro es también un canto a la paz y a la vida.
Crítica realizada por Judith Pulido




