
El Umbral de la Primavera de Madrid acogió el pasado fin de semana Automáticos, obra de Javier Daulte dirigida por Fernando Ferrer, que surge como Muestra Final de Grado de Interpretación 4 en TAI. Con producción de Rebeca Crotte y María de la Rubia, y un elenco de once jóvenes actores y actrices, la propuesta plantea una mirada ambiciosa sobre algunos de los grandes conflictos del presente.
La obra nos sitúa ante un grupo de adolescentes que debe preparar un proyecto para la feria de ciencias de su colegio. La ambición, el deseo de triunfo y las ansias por hacer algo importante guían el proceso de dar vida a unos maniquíes, en un gesto que remite a la pulsión creadora y desbordada de Frankenstein, donde el afán por crear termina escapando al control de quien lo impulsa. Pronto aparecen fenómenos climatológicos extraños y estos cuerpos terminan cobrando una inquietante autonomía. La premisa resulta sugerente, aunque el relato no tarda en dispersarse en múltiples direcciones.
Automáticos nace en un contexto académico y generacional, y se percibe en su deseo de abordar cuestiones de gran calado como el amor, la identidad, la creación o el deseo. Sin embargo, el texto introduce también problemáticas especialmente delicadas —la depresión, los trastornos alimenticios o el sexo no consentido— atravesadas por un tono humorístico fuera de lugar que, lejos de visibilizar, acaba por banalizar estos conflictos.
Al adentrarse en la dramaturgia, la obra parece perder el rumbo. Las escenas se suceden sin una progresión clara y el ritmo se resiente, quedando atrapado en diálogos y acciones que no generan consecuencias dramáticas ni encuentran eco más adelante. Cuando surgen los momentos de mayor densidad y potencial trágico, estos llegan demasiado tarde, sin el espacio necesario para ser explorados con la profundidad que requieren.
En el plano escénico, la propuesta resulta más sólida. La escenografía despierta interés desde el inicio y permite una interacción orgánica por parte de los intérpretes, que se mueven con soltura dentro del espacio. No ocurre lo mismo con el apartado sonoro, diseñado por Sophie Dab, donde la música, la ambientación y el volumen de las voces se perciben descompensados, afectando a la claridad del conjunto y a la experiencia del espectador.
Como ejercicio teatral, Automáticos evidencia su condición de trabajo de estudiantes, algo natural y legítimo dentro de un proceso formativo. Sin embargo, resulta insuficiente explicar sus debilidades únicamente desde ahí. Aunque los cuerpos que habitan la escena son jóvenes, la mirada que articula el discurso pertenece a creadores con trayectoria, responsables de decidir el tono y el lugar desde el que se abordan ciertas problemáticas. La acumulación de temas y la ligereza con la que algunos de ellos se tratan convierten la propuesta en una experiencia irregular y, en ocasiones, incómoda de transitar, dejando en evidencia la necesidad de mayor contención, escucha y cuidado en aquello que se decide poner en escena.
Crítica realizada por Judith Pulido




