
El Teatre Lliure de Gràcia en Barcelona presenta, dentro de la programación del Grec Festival 2025, la obra Analphabet. La pieza, creada, interpretada y dirigida por Alberto Cortés, es mucho más que una obra de teatro. Es un ejercicio de exploración emocional, un poema escénico, una confesión lírica cargada de preguntas existenciales sobre el amor, el deseo, la fragilidad humana y el lenguaje mismo.
Analphabet es un ser nacido de la imaginación de Cortés. Una especie de alter ego que toma el escenario para hablarnos, a su manera, de sus vivencias, sus emociones, sus vínculos y su sexualidad. La relación entre personaje y autor es directa e íntima. Cortés se presenta con una interpretación visceral y poética, construida a través de versos líricos y frases cargadas de imágenes, que van abriendo puertas hacia distintas premisas sobre la existencia.
Más que una narrativa convencional, la obra fluye como un río de ideas, sentimientos y contradicciones, envuelto en un lenguaje que mezcla la conversación cotidiana con la poesía escénica. Uno de los elementos que más me impactó fue el uso de la música. El inicio de la obra, con la violinista Luz Prado en escena, es simplemente inolvidable. Una puesta en escena que rozó lo sublime, con un violín que cortaba el aire como un bisturí emocional. Fue uno de los mejores arranques teatrales que he presenciado: piel de gallina, sin exagerar.
Esa primera parte es pura sinfonía dramática. Las notas agudas, el ritmo sostenido, y la profundidad melódica no buscaban la belleza angelical, sino algo más humano, más desgarrador y verdadero. En contraste, en la segunda parte, el tono musical da un giro radical: aparece una música más contemporánea, moderna, incluso cómica. Una antítesis sonora que responde al arco emocional del personaje y aporta una sorpresa muy bien ejecutada.
La escenografía de Víctor Colmenero opta por lo clásico, sobrio y efectivo. Pero es la iluminación de Benito Jiménez la que logra transportarnos realmente. A través de un juego lumínico que va desde lo más tenue hasta destellos vibrantes, el espacio se transforma sin necesidad de desplazarnos físicamente. Cada cambio de luz acompaña con precisión quirúrgica la evolución del discurso de Cortés.
También es clave el lenguaje corporal. Los movimientos que realiza el actor no son decorativos: marcan quiebres en la narrativa, desatan emociones y rompen silencios. Uno de los momentos más memorables es cuando rompe la cuarta pared y establece un diálogo directo con el público. Ahí, el teatro se vuelve confesión, y la distancia entre escena y butaca desaparece.
La obra trata temas delicados con una sensibilidad brutal: el desamor, el apego, el dolor que generan los vínculos, el miedo a la pérdida, y también, el placer del amor romántico. Analphabet es frágil, pero también rotundo. Es un canto a la contradicción humana.
Lo que no esperaba —y me sorprendió muy gratamente— fue el humor. Un humor inteligente, bien dosificado, que equilibra la densidad emocional de la pieza y le aporta una capa más: la de lo cotidiano, lo absurdo, lo humano en su forma más vulnerable.
Analphabet es una obra difícil de encasillar. Tiene elementos clásicos, contemporáneos y modernos. Es íntima y política, poética y cómica, sofisticada y visceral. No es solo teatro: es una experiencia que se vive con los sentidos despiertos.
Alberto Cortés firma aquí una propuesta profundamente personal, donde el cuerpo, la música y el lenguaje se convierten en herramientas para pensar(se) y sentir(se). No esperaba tanto, y me fui con mucho.
Crítica realizada por Yadi Agurto




