
Me acerco a Nave 73 en Madrid para ver A Pelo, ya que tras su anterior montaje en esta misma sala, Fernando Troya se ha convertido en un indispensable al que no quería perderme. En este dúo físico junto a Nacho Sanz, explora la hipersexualización y el deseo queer como un campo de batalla donde el cuerpo queda en total exposición.
La obra A Pelo, presentada en la sala Nave 73 de Madrid, es una creación de Fernando Troya, quien también integra el elenco de intérpretes junto a Nacho Sanz. La pieza cuenta con la dramaturgia de Gerben Vaillant y el acompañamiento de Quentin Roger como asistente de dirección. En el apartado sonoro, la música es una composición de Marko Ivic, mientras que el diseño de luces ha sido desarrollado por Cerian Mason y el propio Fernando Troya. La escenografía es un trabajo conjunto de Cerian Mason, Dana Claasen y Fernando Troya, con la fotografía de Ferran Sanchez Castillo y la asistencia de producción de Rosanna Freda.
Posiblemente estemos ante el mejor montaje de danza del año, o hasta el mejor diseño de iluminación de la temporada. Cerian Mason y Fernando Troya crean un dispositivo lumínico que s en si mismo una instalación artística, un personaje más de la pieza y un estado anímico, un sentimiento, un ente que les rodea, se activa, se manifiesta, les toca, les enciende y les ayuda a ocultar o contrastar sus cuerpos. Este diseño, acentuado por la inquietante y oscura composición de Marko Ivic elevan A Pelo a un proyecto revelación de festivales, con una madurez y una entidad en la propuesta que parece que solo es alcanzable para compañías consagradas. La mort i la primavera de La Veronal, muy posiblemente hagan barrido de premios y loas esta temporada y su apabullante montaje no me despertó ni la mitad de interés que el presente de Fernando Troya.
A Pelo comienza como un relato de terror, una ambientación gótica homosexual de una tórrida frialdad clínica. El cuerpo de Nacho Sanz, se tuerce, se retuerce, escala sin manos una pared negra en un espacio liminal oscuro del que solo hemos intuido las dimensiones, su composición y su compañía. Fernando Troya enciende y apaga un no-lugar, incita a prender un fulgor que es anticipación, espasmo, excitación; toda la introducción es un preliminar perverso, inmediato y provocador.
Los cuerpos de Troya y Sanz nos van acompañando en este sendero de sudor que consuma la unión de sus pieles y fluidos, de los olores que invaden la sala, de los moratones y rasguños que se provocan en el calor del momento. A Pelo es una brillante propuesta que refleja la evolución de la intimidad y el nacimiento de los afectos, de las conexiones sexo-afectivas, de los cuidados. Una audiencia vanilla podrá encontrar representación en toda la sección en la que los cuerpos ya no se desconocen y se juega con ellos, con curiosidad inocente, y embeleso adulto. De la chispa de la conexión sexual al juego de los médicos, imitar animales, o ese hablar a través del otro, un cuerpo extensión del otro, la futura muleta sobre la que buscar apoyo.
En A Pelo no hay solo una continuación de Jugamos tan duro que nos hacemos daño: aquí se juega duro, y hay daño, y podría haber un parque de plugs, en lugar de bolas. Ya no hay un paseo constante entre colchones, y un sepultarse bajo esta pila ingente en, quizás no una búsqueda, pero si un transitar, una pulsión que no se quiere parar hasta que uno sienta que debe. En A Pelo se ha llegado al colchón que se quiere compartir, del que no se quiere salir, del que se quiere retozar sobre fluidos propios y del otro. Del consentir, de un juego versátil en el que cada uno pueda llegar a desarrollar una faceta curiosa, pero en un espacio seguro, aunque este parezca una mazmorra sexual. Es su mazmorra sexual, su lugar elegido, con el vínculo amado, en un continuo descubrimiento del otro.
Crítica realizada por Ismael Lomana




