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15.08.2016 Críticas  
La Gran Vía se llena de mantones y farolillos

Pocas cosas más típicas habrá en Madrid, aparte del bocadillo de calamares, el cocido, el latineo y el rastro, que la verbena de la paloma. Alrededor del 15 de agosto, el barrio de la Latina se llena de farolillos y claveles para su verbena más famosa.

Esta zarzuela, estrenada hace 120 años, relata un hecho real. A saber el escándalo que provocó en la verbena un celoso novio, al ver a su amada del brazo de un boticario entrado en años. La zarzuela la compuso el maestro Tomás Bretón en apenas 19 días, y desde su estreno se convirtió en un éxito rotundo. Las conocidas y pegadizas melodías forman y formarán parte del cancionero tradicional de cualquier madrileño de pro. Ese “¿Dónde vas con mantón de Manila?” o “Una rubia y una morena…” son imposibles de no tararear.

El montaje que llega por temporada muy limitada al Teatro de la Luz Phillips Gran Vía es un montaje clásico, del que se agradece la presencia de orquesta en directo, algo que suele escasear en los montajes veraniegos. 50 talentosos cantantes en escena hacen las delicias de cualquiera que quiera acercarse a una de las tradiciones más típicas de Madrid. Don Hilarión, Susana, Casta y la Vieja son los anfitriones de un espectáculo que cumple con creces las expectativas.

El decorado, vestuario, sonido y voces son más que adecuados y lucen con brillo sobre las tablas del Phillips Gran Vía. El tono humorístico, especialmente en el segundo acto, consigue la risa y el aplauso de un público entregado.

He de reconocer que en un principio la idea de ver una VERBENA DE LA PALOMA totalmente clásica no me sedujo totalmente, pero una vez sentado en el teatro, rodeado de espectadores emocionados al escuchar esas imborrables melodías, algo se removió dentro de mí, que consiguió que al salir del teatro me fuera Gran Vía abajo tarareando lo de “…un mantón de la China na na China na…” y añorar ese tiempo inocente en que este Madrid, que a veces nos mata se engalanaba de farolillos y las mozas bebían limonada mientras los mozos jugaban al tute.

Crítica realizada por Moises C. Alabau

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