
La Compañía Lírica de Zarzuela de Madrid lleva ya varias semanas en Barcelona, ofreciendo un programa variado del género chico en el teatro Victoria. Como traca final se ha guardado en la recámara un título que fue verdaderamente explosivo durante las primeras décadas del siglo XX y que llevó a la censura de cabeza: LA CORTE DE FARAÓN.
Vicente Lleó (Torrent, 1870) compuso la música, mientras que el tándem Guillermo Perrín (Málaga, 1857) y Miguel de Palacios (Gijón, 1863) se encargaron del libreto. Quizás en estos orígenes alejados de Madrid se encuentra parte de su originalidad: porque LA CORTE DE FARAÓN no fue una zarzuela al uso. De entrada, se presentaba como opereta, y es cierto que el cuadro primero parece a medias homenaje y parodia a la “Aída” de Verdi. Pero también es cierto que los tintes eróticos de su argumento y algunos números, y el tipo de comedia que trabajaron Perrín y Palacios (entre el slapstick de Sennet y la retranca de Muñoz Seca) la acercan a ratos a la revista.
Por tanto, entre la zarzuela, la opereta y la revista se mueve LA CORTE DE FARAÓN. La Compañía Lírica parece haber entendido este juego a tres bandas y su directora escénica María José Molina ha trabajado la obra a fondo en esos planos. El Gran Sacerdote de Antonio Galera y la Faraona de Helena Gallardo nos trasladan más a los ambientes operáticos, la Lota de María José Molina, el Putifar de Jesús Lumbreras y las tres divertidas viudas de Marisol Herrero, Azucena Domínguez y Montse Crespo nos llevan a la zarzuela, mientras que el Casto José de Joan Garrido, la luminosa Sul de Noelia Miras y sobre todo el Aricón de Julián Hernández (que parece huido de las viñetas de Ralph König) están totalmente arrevistados.
La compañía brilla en algunos números gracias sobre todo a varias excelencias personales (los ya mencionados Galera y Lumbreras o el divertido Faraón de David Sentinella) aunque es en los toques de slapstick (las persecuciones, la pugna de José por defender su castidad) donde falta algo de ritmo. El decorado, el vestuario y el maquillaje cumplen más que sobradamente la función de trasladarnos al antiguo Egipto, incluso de manera fastuosa, y son dignos de aplauso. E igualmente la orquesta a cargo del maestro Félix San Mateo nos transporta a ese antiguo paraje con las sutilezas que requieren los segmentos más contenidos de la partitura y con la agilidad que demandan los cuadros más “improvisados” de la revista.
Aunque esto no es El Molino de antaño, la Compañía Lírica de Zarzuela de Madrid intenta transportarnos en parte a lo que pudieron sentir los espectadores de aquel distante 1910 cuando disfrutaban por primera vez de esta divertida sátira, actualizándola en lo indispensable. Una obra que confirmaba, sin saberlo, una transformación en los tipos de teatro musical español, algo que se adelantó a su tiempo y que nos metió de lleno en el siglo XX, con picardía y a nuestra manera. Muy disfrutable y bastante recomendable.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




