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31.03.2016 Críticas  
El día que Verdi usó a Don Juan para darle un repaso al poder

Cada cierto tiempo, la compañía Opera 2001 aparece por Barcelona y representa fugazmente un título. Esta vez ha pasado por el teatro Apolo donde, por una sóla noche, nos ha deleitado con un clásico de Verdi: RIGOLETTO.

RIGOLETTO abre la que se ha dado en llamar “trilogía popular” verdiana junto a “Il Trovatore” y “La Traviata”: arias tan conocidas como “Bella figlia dell’amore” o la universal “La donna è mobile” nacieron en esta ópera. Sin embargo, la intención del autor va más allá del entretenimiento. Giuseppe Verdi escribió RIGOLETTO en 1851, a mediados de su carrera, junto al libretista Francesco Maria Piave, adaptando una obra de Victor Hugo muy controvertida, tanto que había estado prohibida muchos años. La propia ópera tuvo que luchar a brazo partido contra la censura, que forzó el cambio del rey de Francia por un más discreto Duque de Mantua, entre otras cosas.

Pero si la obra está en esa “trilogia popolare” es porque el centro (y el título) no es el libertino duque sino su bufón, un hombre burlado y ofendido que busca venganza, pero abocado al desastre. Ya en los compases iniciales de la historia, duque y bufón son maldecidos por un reo a muerte que ha sido igualmente ofendido, pero ni siquiera en lo que atañe a maldiciones la justicia es igual para todos. Y ahí está la, aún vigente, crítica de Verdi.

Roberta Mattelli firma la dirección escénica y artística. Para esta producción ha apostado una escenografía clásica, realizada por Alfredo Troisi, que reproduce de manera naturalista los espacios: el interior del palacio ducal, la calle donde vive Rigoletto, el siniestro tugurio de Sparafuccile y Maddalena. La utilización de módulos que se re-ensamblan en otras combinaciones es práctica, pero insuficiente a la hora de plantear algunos espacios: así, en el último acto resulta difícil saber si el bufón y su hija Gilda se encuentran dentro o fuera del antro.

Por otra parte, el vestuario creado por la milanesa Sartoria Arrigo, con pelucas de Mario Audello, nos traslada completamente a la época, empezando por la riqueza y exuberancia de la corte, pero aporta también presencia a los personajes, sea la virginidad celestial de Gilda o la sensualidad de Maddalena.

La compañía ha reunido a unos cantantes principales muy sólidos: el tenor David Baños interpreta al crápula libertino del duque con mucha soltura, como contrapunto al bufón protagonista de Paolo Ruggiero, un barítono que aporta al personaje tanto el dramatismo, el amor y la indignación como la comedia que requiere. Igual contrapunto se desarrolla entre la mezzo Liliana Mattei como Maddalena y la soprano Pauline Rouillard como Gilda, claramente la estrella de la función. El bajo Ivaylo Dzhurov no tiene temas con los que lucirse demasiado, pero lo compensa con una interpretación efectiva del asesino escrupuloso Sparafucile.

Martin Mazik es el responsable de la dirección musical. El coro y la orquesta parecían no llevar demasiados ensayos acumulados, y podemos resumir diciendo que cumplían su función pero no destacaban especialmente dentro del conjunto. En ocasiones, cuerdas y metales parecían sonar por separado, incluso cuando no era la intención original del autor (como en la obertura).

La sensación de conjunto es que Opera 2001 no es una compañía de primer nivel, pero sí tiene mucho potencial y en ocasiones se luce más incluso que los grandes nombres. Desde luego, posee el atractivo suficiente como para querer seguir al corriente de sus propuestas escénicas la próxima vez que recalen en la ciudad.

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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