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La sala de la Princesa del Teatro Valle Inclán de Madrid ha acogido el estreno de Utopía en llamas. Una dramaturgia de Alda Lozano, con dirección de Concha Delgado y Sandra Ferrús sobre una de las lacras de nuestro tiempo, el abuso y la barbarie del proxenetismo.
Utopía en llamas plantea un recorrido por los márgenes de una sociedad que convive con la violencia estructural sin terminar de asumirla. Desde el punto de vista de su autora, la pieza busca interpelar al espectador colocando el foco en quienes habitan esos espacios invisibilizados, donde los derechos humanos se diluyen en la rutina cotidiana. La dramaturgia articula una mirada crítica sobre la hipocresía colectiva, sugiriendo que la distancia entre “nosotros” y “ellos” es más frágil de lo que estamos dispuestos a admitir. La intención es clara: incomodar, señalar y obligar a mirar de frente aquello que suele permanecer fuera del campo de visión como son las mujeres obligadas a prostituirse en tantos lugares de nuestra geografía.
Sin embargo, el problema no reside en lo que se cuenta, sino en su falta de imaginación y novedad a la hora de trasladarnos un tema que forma parte desde hace tiempo del imaginario social. Para cualquier espectador con un mínimo nivel de conciencia crítica, el diagnóstico que plantea la obra no supone un descubrimiento, sino más bien una reiteración de ideas ampliamente difundidas en medios de comunicación, debates públicos y otras manifestaciones artísticas.
Ahí es donde emerge el verdadero reto que tendría que haber solventado Utopía en llamas. No tanto enunciar un problema, sino hacerlo desde una perspectiva dramática y escénica que aporte singularidad. Pero ni el texto ni la puesta en escena lo consiguen. Lo que se escucha sobre el escenario remite constantemente a discursos previamente transitados, tanto en el ámbito mediático como en propuestas teatrales anteriores. Resulta inevitable evocar trabajos como Prostitución de Andrés Lima, no solo por la temática, sino por la forma de abordarla. En cuanto a la puesta en escena, da la impresión de que se sirve de las posibilidades técnico-artísticas del espacio del CDN en lugar de utilizarlos de manera acorde a un objetivo predefinido. Los recursos están ahí, pero no parecen al servicio de una idea escénica sólida.
Con estos mimbres, el trabajo interpretativo se mantiene en un nivel correcto, aunque condicionado por una escritura que prioriza el arquetipo sobre el personaje. Roberto Hoyo, Alda Lozano, Jorge Machín, Rafa Núñez, Txabi Pérez y José Juan Rodríguez cumplen con solvencia, pero difícilmente pueden trascender unos roles que funcionan más como representaciones simbólicas que como entidades dramáticas complejas. Como culminación de esta sensación de falta de riesgo, la obra recurre al ya manido recurso de romper la cuarta pared, en un intento de generar una experiencia inmersiva que compense las limitaciones espaciales de la sala de la Princesa. Lejos de aportar frescura, esta estrategia refuerza la impresión de estar ante una fórmula reiterada.
En última instancia, Utopía en llamas podría valorarse como un intento de teatro social que pone el foco en una problemática relevante, vinculada a los derechos humanos y a la proximidad de una violencia ante la que adoptamos una actitud de silencio cómplice o de necesaria complicidad. Sin embargo, tanto la escritura como la puesta en escena juegan en su contra, impidiendo que ese propósito se traduzca en una experiencia teatral verdaderamente significativa. La obra señala, pero no descubre. Muestra, pero no transforma.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




