
El Teatro de la Abadía de Madrid acoge el estreno de Las gratitudes, la adaptación al teatro de la exitosa novela de Delphine de Vigan, bajo la dirección de Juan Carlos Fisher y con un elenco formado por Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto.
La adaptación teatral de Marta Betoldi de Las gratitudes, a partir de la celebrada novela homónima de Delphine de Vigan, se presenta como un ejercicio de traslación respetuosa y, a la vez, consciente de las especificidades del lenguaje escénico. El texto original, que cosechó un notable éxito de público y crítica por su delicada exploración de la memoria, la identidad y la necesidad de agradecer en vida, encuentra aquí una nueva dimensión. La obra no se limita a reproducir la historia, sino que la destila, la concentra y la proyecta hacia el espectador desde la inmediatez del teatro. Se conserva el núcleo emocional del relato —esa urgencia por decir lo que importa antes de que sea demasiado tarde—, pero se reformula en clave de presencia, de cuerpo y de voz, aportando una cercanía que la narrativa literaria solo puede sugerir.
Confieso cierto prejuicio ante la corriente, especialmente vigente, de adaptar novelas al teatro. Considero que, en términos generales, estas propuestas evidencian una falta de riesgo y de originalidad, se apuesta por historias que ya han demostrado su eficacia en otros formatos, con un público potencial previamente conquistado. Sin embargo, en este caso, la adaptación logra desmarcarse de esa inercia conservadora. Aquí, lo teatral no es un mero vehículo, sino el eje central. Prima el diálogo vivo, la interacción directa entre personajes, la construcción de escenas que respiran en lo verbal, lo sensorial y lo emocional. La dirección de Juan Carlos Fisher se revela sobria, precisa y, sobre todo, consciente de sus límites y fortalezas. No busca artificios innecesarios, sino que se centra en hacer que el texto y los actores brillen con naturalidad.
Uno de los mayores aciertos del montaje reside en la manera en que aborda la progresiva disolución de la identidad a medida que se pierde la capacidad del lenguaje. La obra plantea, con notable sensibilidad, ese territorio ambiguo en el que las palabras dejan de responder a la voluntad, y la comunicación se vuelve un desafío. Gloria Muñoz asume este reto con una entrega y una inteligencia escénica admirables. Su interpretación trasciende lo técnico para instalarse en lo profundamente humano. Cada vacilación, cada error, cada silencio está cargado de sentido. Tras ello, una actriz capaz de enfrentarse a cualquier dificultad y convertirla en una oportunidad expresiva.
Junto a ella, Macarena Sanz y Rómulo Assereto construyen un acompañamiento sólido y matizado. Aunque sus personajes podrían haber quedado relegados a simples apoyos narrativos, ambos intérpretes logran dotarlos de una entidad propia. No son meros interlocutores de Michka, sino presencias con recorrido, con conflictos y con una vida interna que se percibe en cada intervención. Su trabajo contribuye a enriquecer el tejido emocional de la obra, generando un equilibrio que evita que todo el peso recaiga sobre un único personaje.
La puesta en escena refuerza la intención de Fisher de favorecer una conexión directa con el sentir de los personajes. Los vínculos, los que ya existen y los que se construyen a lo largo de la obra, se despliegan con claridad, mostrando su evolución, sus quiebros y sus nuevas direcciones. Es cierto que la propuesta escenográfica y el vestuario (Juan Sebastián Domínguez), junto con la iluminación (Ion Aníbal López), puede resultar en ocasiones demasiado fría y aséptica, como si temiera interferir en exceso. Sin embargo, esa contención también juega a favor de la función, permite que la atención se concentre en lo esencial. En definitiva, una propuesta honesta y bien resuelta que nos invita a implicarnos, a sentir y, sobre todo, a dejarnos conmover.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




