
En esta nueva entrega de [abril imaginario] en El Umbral de Primavera de Madrid, llega el turno de OBRA DURACIÓN ZONA y 60 sodomitas a los cuales hice quemar. Dos propuestas que continúan el cierre de este ciclo fundamental, navegando entre la deriva urbana y la memoria histórica, antes de concluir esta etapa en la sala.
OBRA DURACIÓN ZONA está conformada por toda una serie de dispositivos activables en escena, por el equipo de la pieza y el público asistente, que ocupan el espacio de la sala, emulando la ciudad de Madrid y trasladando la (i)lógica urbanística de la capital y el pensamiento científico, en lo que podría ser un laboratorio en vivo sobre el espécimen vivo Madrid.
Bajo el sello de Gabriela Burgos y Pablo Orteu, esta propuesta es el resultado de tres años de una práctica híbrida que entrelaza la escultura y el vídeo, nacida de su correspondencia personal y largos paseos por Madrid. Tras un proceso de asesorías, la compañía presenta su primer artefacto escénico: una invitación a construir la «casa del deseo» mediante extracciones de la ciudad. La pieza propone fundar un hábitat mirador-transbordador sobre el «cuerpo Madrid», donde el espectador es convocado a una atención muda y sagrada. En esta coordenada de «no tiempo», el cuerpo sensitivo sustituye al pensamiento, logrando un acuerdo momentáneo con el mundo y ensayando alternativas de comunidad para una red de solitarios.
Gabriela Burgos y Pablo Orteu disfrutan en escena. Mucho. Transmiten una energía de científicos con representación en el espectro autista, que quieren comunicar su método y lo fascinante de sus hallazgos en el campo; pero esa diversión no me la contagiaron y me sentí en un espacio totalmente ajeno, en el que solo transitaba por la oscuridad como en un tétrico transbordo en Diego de León. Era tal mi sensación de estar fuerísima que no quise ver las conclusiones del proyecto, y abandoné esa simulación de casa, del hogar que ya no siento que sea mi ciudad, y al menos pude cumplir ese deseo que en la realidad me es imposible acometer por clase, trabajo y el oscuro panorama de precariedad omnipresente.
Bajo el título 60 Sodomitas a los cuales hice quemar, Ian Loren recupera un episodio de horror silenciado por los siglos: la masacre de sesenta marineros en la Habana de 1596. Acusados de sodomía, estos hombres fueron arrojados vivos a un horno de cal en nombre del orden, de la fe y de un miedo supersticioso a las tormentas que azotaban aquellas tierras. La pieza confronta la justicia oficial impartida por la Inquisición y el teniente general Lucas Gomes Ronquillo, revelándola como lo que verdaderamente fue: un exterminio. A través de un lenguaje poético que dialoga con fragmentos de documentos reales, la obra no solo rinde homenaje a esos nombres que no trascendieron en la Historia, sino que invoca el eco de todas aquellas personas que, hasta nuestros días, siguen siendo juzgadas y sentenciadas por el mero hecho de ser.
La pieza cuenta con la autoría, dirección de escena y producción de Ian Loren. El elenco de intérpretes está compuesto por Ányelo Mérida, Daniel Bravo, Ignacio Visca, Israel Arpa, Luis Carrasco, Santi Cargo y Sebastián Muñoz. En el apartado visual, Miguel Villafuertes asume la responsabilidad de la plástica escénica junto a la asistencia de Uxue Larrea, además de colaborar con el propio Ian Loren en el diseño de escenografía y espacio escénico. El diseño de iluminación es obra de Alejandro Calero y Raquel Moreno, mientras que el diseño de sonido corre a cargo de Ian Loren. La propuesta estética se completa con el diseño y confección del doble velo por Joshua Velazquez y la fotografía de Ian Loren y Gonzalo Gómez.
60 sodomitas a los que hice quemar es un viaje en el tiempo. No al 1596 con ese trasfondo histórico del juicio sumarísimo y casi improvisado a esa tripulación de barco, sino a un tipo de teatro que se realizaba hace 20 años, cuando «lo gay» era sinónimo de rompedor, moderno y arriesgado, y los proyectos que lo acometían era una verdadera declaración de intenciones y hasta un logro que llegase a programarse en un teatro, sin salir de pequeñas salas en Chueca. En 2006 esta pieza hubiera sido activismo. En 2026 el lenguaje y fondo lo recibo caduco y obsoleto.
Hay un esfuerzo por acercar la persecución que históricamente ha recibido (y recibe) el colectivo, y el odio sigue siendo el mismo desde el siglo XVI. Se nos sigue matando, juzgando, y linchando. El asesinato de Samuel Luiz está presente en escena, y se remarca la búsqueda constante de validación externa en la mirada cis masculina homosexual. Y bueno, se siente un «suficiente activismo por hoy, let’s take a selfie».
Ese retazo de historia original que da título a la pieza es lo suficientemente interesante, de valor, y perfecto ejemplo de la persecución a los homosexuales como para que un reparto coral como este pueda desarrollar una ficción histórica genuina y memorable, y no una serie de escenas de hombres sin camiseta, cuyos romances tienen la misma química que Bertín Osborne con Omar Ayuso en una hipotética producción de los Javis sobre un latifundista asturiano y un labriego camboyano, en Filipinas, en 1808.
Crítica realizada por Ismael Lomana




