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13.04.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
INT. MUSEO – Crítica 2026

La pieza INT. MUSEO llega a la sala Nave 73 de Madrid tras resultar ganadora de la última edición del Festival A4BANDAS, un certamen dedicado a piezas en proceso de creación organizado por Factoría Jarana con el objetivo de impulsar y dar voz al talento emergente.

La pieza cuenta con la dramaturgia y dirección de Manuel Tejera, quien también asume el diseño de iluminación y la puesta en escena. El elenco de performers está integrado por Paula Casales (el mar), Joaquín Delgado (el astrofísico), Suerte Quintero Bandrés (la paloma), Manuel Tejera (la estatua) y Pablo Villa Sánchez (el escultor). La labor de ayudantía de dirección recae en Pablo Villa Sánchez y Suerte Quintero Bandrés, mientras que el asesoramiento de dramaturgia ha corrido a cargo de Sergio Martínez Vila. En el apartado visual y estético, el diseño de vestuario es obra de Paula Casales, con la confección de Pilar Beas, sumado al diseño gráfico y curaduría de Candela Gómez Alcántara y la fotografía de Enrico Barbaro JR. La atmósfera sonora se construye a través de la composición para piano y theremin de Joaquín Delgado, la composición musical del tercer acto de Tagore González y la propuesta coreográfica de Claudia Arrue Barrios.

INT. MUSEO narra el viaje de una estatua que busca recuperar la piel latente bajo sus capas de piedra, enfrentándose a la imposibilidad de retornar a su materia original tras una vida confinada a la exposición. A través de este ser petrificado, la obra explora las grietas de la vulnerabilidad y las armaduras sociales que, pese a la hiperconectividad actual, nos sumen en una soledad profunda. El autor y performer Manuel Tejera plantea una crítica a los «museos personales» de las redes sociales, donde el dolor se tamiza con filtros para hacerlo estético; frente a esa gratificación inmediata y ficticia, la pieza reivindica la herida real —aquella que sangra y genera cicatrices— como un espacio incómodo pero necesario de habitar para reconectar con nuestra humanidad compartida.

En dos grupos se divide a la audiencia. Dos grupos en viaje cultural que abarrotan una sala/escenario en cuyo centro un cuerpo es apuntalado y barnizado. Un cuerpo desnudo por cuya superficie discurre una brocha que tinta y recubre la piel. Un cuerpo desnudo, apuntalado y con la cabeza cubierta es intervenido por un experto restaurador, o experto pintor. De brocha. Un acompañamiento a piano en vivo ameniza el trasiego en bloques de la audiencia diseccionada en grupos. Una audiencia que obedece, escucha, se siente guiada por el equipo de salvamento. Pero aun no sabe de qué van a ser salvados. O quién ha sido salvado.

En un audio introductorio a la pieza se nos adelanta que dos figuras son rescatadas del fondo del mar, intactas. Las figuras han sido salvadas por un equipo. Pero ¿salvadas de qué? ¿De las miradas alucinadas de un público atento? ¿Del abrazo del mar? ¿De un inconsciente olvido? El rescate marino, la figura antropomorfa, el sentimiento de nostalgia y emoción de encontrarnos ante un (falso) pedazo de historia viva, interpretada por un actor, me lleva a la escena de La Chimera donde el dilema versa sobre si entregarse al mercado, a la posteridad, o al destino.

El panorama es evocador, el esfuerzo físico de Manuel Tejera en escena, soportado por un puntal mientras es intervenido por el estudiante, el artista, que le pincela de la pátina del tiempo, del blanco de la ceniza, del polvo del tiempo, de la sustancia cómplice del origen de la vida. El acompañamiento del espacio sonoro de Joaquín Delgado es misterioso, hipnótico y cuando se acompasa con el juego de vasos comunicantes luminosos de Manuel Tejera, INT. MUSEO se eleva como pieza experimental y performática de primer nivel.

Entré de lleno en la propuesta pero una vez se finalizan los audios de la ocupación del público en la escena, y tu grupo es mero espectador de otro grupo, y la figura cobra vida y se le otorga una voz, siento la pieza a la deriva con la propuesta de texto de Tejera dando un testimonio que siento desgajado de la labor restauratoria, del camino del artista, de lo anecdótico de los vigilantes de la playa. La intención de Manuel Tejera es clara: denunciar esa costumbre de no habitar lo incómodo, de tamizar nuestras heridas en redes sociales hasta convertirlas en un «museo personal» digno de ser expuesto. Sin embargo, en la práctica, mi percepción como espectador se aleja de este manifiesto sobre lo digital.

Eché en falta profundizar en lo que la pieza introducía con tanta fuerza: lo fortuito de hallar una obra de arte intacta, superviviente submarina al paso de los siglos y apenas afectada por la exposición a los elementos. Me faltó el pulso sobre el valor del patrimonio y esa interpretación de la historia frente a frente; la sensación de que nuestro ser orgánico no sobrevivirá, pero nuestra representación en soporte material nos puede invocar en el futuro. Al final, el dilema sobre si entregarse al mercado o al destino parece desdibujarse en favor de un discurso que se aleja de la potencia mística de ese cuerpo rescatado del fondo del mar.

Aprecio el riesgo formal, disfruto de la novedad de un proyecto escénico multidisciplinar que va más allá con una propuesta dramatúrgica compleja y que cuida todos los aspectos artísticos de la pieza, aunque abandonase la sala sintiendo falta de cohesión o simplemente un choque de expectativas. Parece que se comienza a despertar la temporada en este tramo final, y propuestas novedosas como INT. MUSEO salvarán a la audiencia del sopor y la normatividad de la programación imperante en la cartelera.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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