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13.04.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Giselle – Critica 2026

Nave 73 de Madrid acoge Giselle la última propuesta de La Ferviente Compañía que reinterpreta el mito del ballet romántico desde el teatro-danza. La pieza explora el deseo femenino y los anhelos frustrados a través de una actriz y un cuerpo de baile de no bailarines. La obra culmina en una experiencia relacional donde la protagonista invita al público a confrontar sus propios límites.

La dramaturgia y dirección de escena son de Carmen Adrados, con un elenco compuesto por Carmen Adrados, Tony Galán, Reyes García, Leyre Morlán y Adrián Pulido. Juando Martínez Montiel se encarga de la coreografía y dirección de movimiento, mientras que la producción es de La Ferviente Compañía. El diseño de iluminación es de Sebastián Domínguez, el sonido de Juan Sánchez Pulido y tanto la escenografía como el vestuario son obra de Reyes García. Completan el equipo Sergio Boyarizo como ayudante de dirección, Carla Maró en la fotografía, Alejandro Navarro en el diseño gráfico, Amanda H C – Proyecto Duas en prensa y viva roberta en la distribución.

Yo a los estrenos de La Ferviente voy a ciegas, movido por el deseo ciego de saber en qué se han embarcado, qué me quieren contar (aunque esto sea algo superfluo, la verdad, si no contasen nada, iría igualmente), y cómo me lo van a contar. Y mira que me podría haber comido tremendo spoiler de forma por lo que ya comentan en el párrafo introductorio de la información en web, y hasta yo podría opinar que para qué «avisar» al público de los componentes estructurales del proyecto: hace solo unas semanas la misma sala llenaba butacas con la simple mención a que un actor se conecta a una web de cams aleatorias y ya.

Giselle cuida la forma, el fondo y la intención, como solo ellxs mismas, La Ferviente, saben hacerlo. La escenografía y vestuario de Reyes Garcia establecen un marco perfecto y autorreferencial a la propia compañía, que me lleva a El banquete, en lo que podría ser un salto temporal al baile después del festín, en el que Giselle expresa su deseo inmediato, en contraposición al deseo futuro, a la posteridad. Su intención es clara, y la interpretación del resto no es relevante hasta que ella decida dar espacio a la misma. La Giselle de Carmen Adrados vive el momento, el aquí y ahora, el no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, el que el fin del mundo nos pille bailando. El deseo de Giselle es una taza de Mr. Wonderful, literalmente un mensaje abocado al fin, a la bancarrota, a la muerte. Y Giselle vive su primer acto como si fuese a haber un mañana, porque literalmente no lo habrá, como ya se nos adelanta: Giselle tendrá un final trágico pero que le quiten lo bailao’.

No se cuánto de Giselle hay en Carmen Adrados, y viceversa, pero la inmediatez de su deseo, y el no pedir disculpas por ello son puro Romanticismo y puro mundo post-pandemia. Su vulnerabilidad, su pulsión, a la que asumo intoxicada; y su expresión del querer, del ansia, y del hedonismo, son signo de su relato abismado, de su certeza en un destino trágico y de un entorno precario, incierto y fugaz. Giselle es una campesina, y el Hilarión de Adrián Pulido también lo es, y esto importa, porque uno sabe que lo bueno no dura mucho, y que hay que coger el primer tren que pase (literalmente la C-2, la C-8 y la C-7 de Cercanías Renfe) porque no sabes cuánto tiempo vas a tener que esperar para alcanzar tu destino, aunque el de Giselle sea el cementerio.

Hilarión insiste, pide explicaciones, contrasta EL momento, y no se resigna a ese simple destello de deseo, a esa chispa de conexión en un contexto distendido, desinhibido y caliente. Hilarión siente que Giselle es su tren a Guadalajara, la garantía de un hogar, de un futuro cálido bajo una manta del Primark cargada de estática, y un jornal extra que garantice techo y comida. Giselle solo quería bailar. Y si Leyre Morlán es Giselle, es precisamente la conciencia obrera, la que sabe y justifica. La que marca las distancias, los límites y la que está en guardia aun cuando Giselle está disfrutona y no quiere pensar en mañana. Aunque la abandone un miércoles de resaca química y emprenda su retirada a tiempo cuando Giselle está brotada y le llega su fin.

Los Albrecht y Bathilde de Tony Galán y Reyes García están a otra cosa. La nobleza otorga tranquilidad, liviandad y preocupación por problemas del primer mundo. Cuando ya tienes un futuro asegurado, el aquí y ahora solo lo marcan las manecillas digitales del Apple Watch y el tratamiento de estética coreana al que te sometas al día siguiente de la fiesta. Y precisamente la fantástica iluminación (bisexual) de Sebastián Domínguez expresa todo lo que no se dice esta pareja. Si el diseño de luces es sobresaliente en todo momento del montaje (siento que estoy asistiendo al mejor momento que he percibido de cuidado a los aspectos artísticos del espacio sonoro y de luces desde hace años, y este fenómeno solo está ocurriendo en las salas independientes), el acento al mundo interior de dos cayetanos, expresado desde los focos, es de una inteligencia espectacular.

Si bien el Acto I de Giselle es el meollo de la cosa, el Acto II es el espacio a la experimentación y donde La Ferviente me sorprende creando un momento puramente performático en el que Carmen Adrados expone literalmente su cuerpo al servicio del personaje, y no solo se está probando al público en implicación e interacción al servicio de la pieza, sino el consentimiento expreso de Carmen/Giselle a ser la Barbie Girl bailarina: «you can touch, you can play, if you say I’m always yours». Treinta minutos de transferencia de deseos, de entrega de tu voluntad, y exposición a la mirada; un potente juego que quizás arriesga en duración y voluntad de la audiencia según la función, y al que quizás un apoyo de micro para lxs participantxs dinamice la experiencia.

Giselle no será la consagración de La Ferviente, pero es un paso más en el camino de baldosas amarillas de una compañia comprometida con el arte, con el cuidado artístico en todas las facetas de sus proyectos, y con la entrega a una audiencia que valora la dirección, interpretación y revisión de los clásicos, desde una mirada contemporánea, inteligente y que apela a la experiencia personal del espectador, desde lo vivido o lo deseado.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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