
Ella era Anita aterrizó el pasado lunes 23 de marzo en el Teatre Condal de Barcelona como una declaración de amor al teatro musical. Un homenaje con voz propia y mirada femenina que va más allá del tributo para adentrarse en la identidad de una artista irrepetible. Y una pregunta en el aire que sobrevuela toda la función: ¿quién hay realmente detrás del mito?
Inspirada en la figura de la legendaria Chita Rivera, Ella era Anita no es una biografía al uso, sino un viaje emocional construido a partir de múltiples voces y espejos. Desde su infancia en una familia puertorriqueña hasta su consagración en Broadway con títulos como West Side Story, Chicago o Kiss of the Spider Woman, la obra transita también por las sombras: la invisibilidad, la maternidad, la exigencia y la soledad. Todo ello se articula en un juego escénico donde los personajes que interpretó —Anita, Velma o Aurora— emergen como proyecciones internas, diluyendo los límites entre realidad y ficción y convirtiendo el relato en una experiencia universal.
La dirección de Gara Roda apuesta por una puesta en escena viva, dinámica y profundamente emocional. Roda entiende que el motor de la pieza no es solo el relato biográfico, sino la energía que emana del escenario, y construye un espectáculo donde el movimiento, la música en directo y la fisicidad tienen un peso determinante. Su dirección actoral potencia la expresividad del cuerpo y la voz, generando una atmósfera vibrante que conecta con el espectador desde lo sensorial más que desde lo narrativo puro.
La dramaturgia, firmada por Alícia Serrat junto a Ester Bartomeu y la propia Gara Roda, se articula como un collage escénico que combina biografía, autoficción y reivindicación. Lejos de una estructura lineal, el texto se fragmenta en escenas que dialogan entre sí a través de la música y la memoria, construyendo un relato que es tanto íntimo como colectivo. Una decisión dramatúrgica que aporta frescura al espectáculo.
En escena, el peso recae especialmente en Ester Bartomeu, que no solo impulsa el proyecto desde su origen, sino que sostiene la función con una entrega constante y una presencia magnética. Escucharla hablar, relatar y poner voz a la vida de Chita Rivera resulta hipnótico. A su lado, Queralt Albinyana, Xaro Campo y Júlia Pérez construyen un universo coral sólido, donde cada una aporta matices y energía al conjunto. Más que personajes cerrados, sus interpretaciones funcionan como extensiones de una misma identidad fragmentada, lo que refuerza el carácter simbólico de la propuesta y su dimensión colectiva.
La música en directo merece mención aparte, ya que se convierte en el verdadero latido del espectáculo. La banda, formada por Anna Cruz Magín al contrabajo, Jana Gallifa Vàsquez al piano, Cecília Collaço a la batería y Enara Eguileta Delgado al saxofón, no solo acompaña, sino que dialoga activamente con lo que sucede en escena. Su presencia aporta una capa de autenticidad y dinamismo que refuerza el carácter vivo de la propuesta, construyendo atmósferas, tensiones y transiciones con una precisión orgánica. Lejos de quedar en segundo plano, la música emerge como un personaje más, imprescindible para entender la energía y la identidad del montaje.
En el apartado técnico, el espectáculo se apoya en una maquinaria escénica que prioriza la musicalidad y el ritmo. La iluminación de Paula Costas dibuja espacios emocionales más que realistas, acompañando los cambios de tono de la pieza. El vestuario de Leo Quintana juega con referencias al imaginario del teatro musical clásico, reforzando la identidad de cada momento escénico. Por su parte, el espacio sonoro diseñado por Carla Casanovas construye una base envolvente que sostiene la dramaturgia, aportando cohesión y profundidad a la experiencia.
En definitiva, Ella era Anita es más que un homenaje: es una reivindicación escénica que pone el foco en las mujeres que han construido —y siguen construyendo— el teatro musical. Puede que su estructura fragmentada y su apuesta más sensorial que narrativa no conecten con todos los públicos por igual, pero su honestidad, su energía y su mirada contemporánea la convierten en una propuesta necesaria. Y es que aquí no solo se celebra a una estrella: se reivindica todo lo que hay detrás de ella.
Crítica realizada por Norman Marsà




