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25.03.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Niebla – Crítica 2026

La sala NAVE 10 Matadero de Madrid presenta Niebla, bajo la dirección de Fernanda Orazi. En esta pieza, el protagonista se sacrifica para ver lo que nosotros no podemos, explorando la trágica frontera entre realidad y ficción. La propuesta reivindica la figura de Augusto Pérez a través de la sobriedad y el riesgo formal.

Dirección y autoría de Fernanda Orazi, a partir de Niebla de Miguel de Unamuno, el equipo artístico está integrado por Cecilia Molano en el diseño de espacio escénico y vestuario, David Picazo en la iluminación y Javier Ntaca en el espacio sonoro y la música. El reparto está compuesto por Juan Paños, Leticia Etala, Javier Ballesteros, Carmen Angulo y Pablo Montes. Se trata de una producción de NAVE 10 Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro.

Un fondo de terciopelo rojo. Unos zapatos marrones. Una puerta marrón. Un árbol. Un diván de terciopelo gris con su capitoné y sus tachuelas. Una alfombra roja. Y se irán desvelando las manzanas, y otra alfombra roja, y un telón pintado representando el cielo azul con nubes blancas. Y Augusto, y Víctor, y Rosario, y Eugenia, y Orfeo.

Todos están invitados y todos irán desentrañando la trama de Augusto. Un final anunciado, o al menos evidente. Al menos no se irá solo hallá donde su final aparece ya escrito.

Fernanda Orazi vuelve a juntar al equipo de Electra para relatarnos, posiblemente, la historia más triste que he visto en un teatro. La Niebla en la que está sumido el personaje de Juan Paños y que aquí se está representada como incomprensión, olvidos espontáneos o accesos de resistencia y violencia injustificada; enfado infantil, fuerza desproporcionada, todo como reacciones a la estupefacción, al no entender, a sentirse en una sala en la que todxs saben de ti pero tú no reconoces a nadie.

Juan Paños está inmenso en su Augusto, y no es que con Niebla destaque su trabajo, es que lleva un carrerón encima y una selección de proyectos en los que ha participado que está justo en el momento. Él es el momento. Y en realidad nunca dejo de ver a Juan Paños en escena: Juan Paños es un género, Juan Paños es la obra. Lo que yo hacia antaño yendo a ver a Blanca Portillo por ser La Portillo, ahora lo hago porque es El Paños, como lo es Carril o Marina Otero. Me sobran excusas, solo me faltan días en los que estén programadxs para verles. (O entradas disponibles).

Javier Ballesteros como guía canino en el tránsito de Augusto es todo lo que se le puede pedir a una interpretación magnífica de un perro sin tener que vestir a la persona con orejas de Disfraces Paco. Igual que los acentos en la dramaturgia a los personajes de Eugenia y Víctor: Leticia Etala y Pablo Montes son los complices perfectos del público y los golpes de realidad que Augusto necesita para que su camino se sienta real y no de baldosas amarillas. Y claro, Carmen Angulo, por cuya interpretación en Electra sigo sobrecogido, y que sentí como el bofetón escénico mas fuerte que me han dado nunca, arrancándome en la misma escena de la carcajada a la congoja por una mujer que no quiere morir, y justo su Rosario con sus ojos anegados y su angustia es el contrapunto dramático, el apoyo comprensivo que ya ha pasado por eso y los abusos de Augusto son todo aconpañamiento y comprensión.

Hubo un momento que como se mencionaba en la obra que Augusto me parecía un pobre hombre, un incel de manual al que le pedía mentalmente que aceptase su sino, pero está tan mesurado el texto, y la Orazi ha sido tan precisa en la escritura que vapulea a la audiencia, eliminando sus certezas e ideas preconcebidas. Casi se rebela en su beef con Marta García Miranda al inicio de temporada pidiendo que se le diese el beneficio de la duda ante una adaptación que se revelado como nada academicista ni canónica. Y es que ahora ya no sabría decir si Fernanda Orazi me gusta más como actriz o como directora.

El diseño del espacio escénico de Cecilia Molano que se mueve entre el surrealismo y lo onírico y el juego puntual del espacio sonoro de Javier Ntaca con los micrófonos, me divierte, pero me arrolla la palabra y la sugerencia de un espacio casi desnudo.

He salido profundamente triste de Niebla, con una emoción seca que se me ha agarrado al pecho, identificando donde, si me fuese posible, de me habrían desbordado los ojos y mi cara estaría cubierta de secreciones de emoción (he comentado ya mi imposibilidad para llorar desde noviembre, ¿verdad?). Resumiendo: Niebla es uno de los montajes del año, la reposición esperada del próximo, la gira que todo el mundo espera, y la consagración de una compañía como imprescindibles en la escena.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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