
En Barcelona, donde las modas gastronómicas aparecen y desaparecen con rapidez, hay restaurantes que construyen algo más sólido que una tendencia: una identidad. Mayura es uno de ellos. Cumplir 20 años en la ciudad no solo habla de resistencia, sino de coherencia, de una forma de entender la cocina que ha sabido mantenerse fiel a sí misma mientras el entorno cambiaba.
Desde su apertura, Mayura ha tenido una vocación clara: acercar la gastronomía india sin simplificarla, sin convertirla en un mero ejercicio de adaptación. Aquí no se viene únicamente a comer, sino a sumergirse —sin artificios— en una cultura culinaria rica en matices, en contrastes y en tradición.
La celebración de su vigésimo aniversario no se plantea como una ruptura, sino como una extensión natural de ese discurso. Inspirado en el festival Holi, la propuesta abraza lo festivo y lo sensorial, pero sin perder el foco en lo esencial: el sabor. Especias, cocciones y técnicas se integran con equilibrio, construyendo platos que no buscan impresionar desde el exceso, sino enamorar desde la armonía.
El uso del tandoor, las marinadas en yogur, las mezclas de especias o las cocciones lentas no se presentan como exotismo, sino como parte de un lenguaje culinario que aquí se articula con naturalidad. Todo tiene sentido, todo responde a una lógica que se percibe incluso sin necesidad de explicaciones.

Cenar en Mayura invita a compartir, a probar, a descubrir, y esa noche, mientras disfrutábamos del nuevo Menú Holi, cada plato se sentía como un pequeño festival de sabor.
Empezamos con tres primeros que nos hicieron abrir los ojos y despertar los sentidos. La Kachumber Mayura sorprendió con su frescura: tomate, paneer, albahaca y crema de yogur combinados con pistachos y vinagreta de mostaza negra, un bocado que era a la vez ligero y lleno de matices. Los Gambones al Tandoor llegaron jugosos, con ese toque ahumado del horno de barro que los hacía casi adictivos, y los Prawn Butter Masala Fry nos conquistaron con su salsa de tomate y mantequilla, intensa pero perfectamente equilibrada. Todo esto acompañado del Naan recién hecho, que se convertía en vehículo perfecto para saborear cada salsa.

Los segundos fueron un auténtico desfile de texturas y aromas. El Coconut Chicken Curry ofrecía un pollo suave y jugoso, envuelto en la delicadeza de la leche de coco y una armoniosa selección de especias; cada cucharada parecía acariciar el paladar. El Achari Chicken fue un estallido de intensidad: especias, notas cítricas y profundidad que pedían repetir una y otra vez. La Baigan Bhartha, berenjena asada lentamente, transmitía todo el aroma y sabor de la tradición, con ese ahumado que te hace cerrar los ojos y saborear cada bocado. Y, por supuesto, el arroz Basmati y más Naan acompañaban a la perfección, permitiendo disfrutar de cada salsa y matiz sin perder un ápice de sabor.

El postre cerró la experiencia con el mismo nivel de deleite. El Lassi de Mango refrescaba y suavizaba el paladar, mientras que los Gulab Jamun eran irresistibles: esponjosos, dulces, con la sutileza aromática del cardamomo y el agua de rosas. Cada bocado era un pequeño regalo, el final perfecto de un recorrido de sabores que no dejaba de sorprender.

Todo ello maridado con un vino tinto BK! de Denominación de Origen Montsant, creativo, informal y desenfadado, que acompañó con ligereza sin opacar ninguno de los matices de los platos.
Esa armonía entre cocina, concepto y experiencia es precisamente donde Mayura encuentra su fuerza: no hay gestos forzados ni exageraciones, sino una seguridad tranquila en cada detalle, y un servicio que acompaña con cercanía y sensibilidad, guiando sin imponer y dejando que cada bocado marque el ritmo natural de la comida.

Veinte años después, Mayura no necesita reinventarse para seguir siendo relevante. Su propuesta funciona porque está construida sobre una base sólida, porque entiende su identidad y porque la ejecuta con constancia. En un contexto donde lo nuevo suele eclipsar lo duradero, su presencia se percibe casi como una rareza.
Y, sin embargo, ahí sigue. Firme, coherente y plenamente vigente, y esa noche nos lo recordó bocado a bocado.
Crítica realizada por Norman Marsà




