
Fernanda Orazi estrena en Nave 10 Matadero de Madrid Niebla, adaptación de la novela homónima de Miguel de Unamuno. Aventura dramatúrgica en la que se sumerge con un cartel conformado por Juan Paños, Leticia Etala, Javier Ballesteros, Carmen Angulo y Pablo Montes.
Niebla, de Miguel de Unamuno, es una de las obras más singulares de la narrativa española del siglo XX. Una “nivola” que cuestiona los límites entre ficción y realidad a través de la peripecia existencial de Augusto Pérez. Su audacia formal —romper la cuarta pared literaria, dialogar con su propio autor— supuso una ruptura con la novela realista y abrió caminos que resonarían en corrientes posteriores como el existencialismo o la metaficción. Esa voluntad de interrogar la identidad, el libre albedrío y la construcción del yo mantiene hoy su vigencia. En tiempos de incertidumbre y relatos fragmentados, preguntarnos quién decide nuestra vida sigue siendo actual.
Fernanda Orazi debutó con solvencia como directora con una particular puesta en escena de Electra. Ya antes contaba con una trayectoria consolidada como actriz, tanto en clásicos como en títulos contemporáneos. Reconocida por su capacidad para sostener personajes complejos desde la sobriedad, evitando el exceso y confiando en la palabra y el gesto preciso. Bagaje que genera expectativas ante su aproximación a un texto tan escurridizo como el de Unamuno.
Esta Niebla no es, sin embargo, una adaptación al uso. Orazi se introduce en la novela, selecciona ideas y tensiones, y construye a partir de ellos un artefacto escénico propio. Respeta el espíritu inquietante del original sin someterse a su literalidad, permitiéndose licencias que dialogan con el presente. Pero también revela una debilidad, al privilegiar el juego formal, la propuesta parece desentenderse del núcleo filosófico que vertebra la obra. Lo que en Unamuno era un conflicto ontológico, aquí se diluye en una sucesión de imágenes y situaciones que no terminan de articular un discurso reconocible.
La combinación de escenografía e iluminación (Cecilia Molina y David Picazo) remite por momentos a los lienzos de René Magritte, mientras que sus atmósferas evocan el despojamiento de Samuel Beckett o el imaginario surrealista de Luis Buñuel. Hay hallazgos visuales y destellos interpretativos que apuntan en direcciones sugerentes, sostenidos por un elenco que demuestra oficio y compromiso. Sin embargo, el conjunto termina por enredarse en su propia propuesta estética. La forma se impone sobre el fondo hasta el punto de dificultar la comprensión de su propósito. Cuesta identificar qué quiere decir esta Niebla, más allá de su voluntad de indagar y ser distinta.
Cabe reconocer la ambición del proyecto y el evidente trabajo de dirección que lo sustenta. No es una pieza complaciente, y eso, en sí mismo, resulta valioso. Pero la sensación final es la de un ejercicio que no termina de trascender su condición de experimento. Falta ese impulso último que tenga en cuenta al espectador como destinatario activo. Alguien a quien interpelar, emocionar o incluso incomodar con un sentido claro. La obra no decide del todo qué quiere provocar ni qué lugar concede a quien la observa. Y en esa indefinición, pese a sus virtudes parciales, se diluye buena parte de su potencial.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




