
El Gran Teatre del Liceu de Barcelona volvió a rendirse anoche ante el magnetismo de Juan Diego Flórez, acompañado al piano por Vincenzo Scalera. Lo que sobre el papel era un recital al uso se transformó en una experiencia musical de alto voltaje, donde la inteligencia del programa y la madurez artística del tenor convirtieron la velada en un auténtico viaje expresivo.
La velada se construyó como un recorrido estilístico tan refinado como poco convencional, transitando desde el clasicismo mozartiano hasta el primer Verdi, pasando por rarezas rossinianas, repertorio francés y una celebrada incursión en la zarzuela. Un programa que, lejos de buscar el aplauso inmediato, apostó por el matiz, el estilo y la inteligencia musical, permitiendo al tenor explorar distintos registros expresivos con total naturalidad.
La primera parte estuvo dominada por Wolfgang Amadeus Mozart, con la infrecuente Misero! O sogno… Aura che intorno K. 431, donde Flórez apostó por un canto introspectivo, de línea pulida y gran sensibilidad. Le siguieron Del più sublime soglio y Se all’impero, amici Dei! de La clemenza di Tito, resueltas con elegancia clásica, precisión en la coloratura y un fraseo que evitó cualquier exceso.
El bloque rossiniano aportó ligereza y sofisticación. Tras la intervención de Vincenzo Scalera con Une bagatelle de los Péchés de vieillesse, Flórez interpretó Le Sylvain y Quell’alme pupille de La pietra del paragone de Gioachino Rossini, donde su agilidad vocal y naturalidad estilística despertaron una de las primeras grandes ovaciones de la noche. El cierre de la primera parte llegó con Viens, gentille dame de La dame blanche de François-Adrien Boieldieu, interpretada con delicadeza y un fraseo de gran elegancia.
Tras la pausa, el recital viró hacia el repertorio español, uno de los grandes aciertos de la velada. Con Flores purísimas de El milagro de la virgen de Ruperto Chapí, Flórez mostró un canto recogido y expresivo. El tono cambió con Por el humo se sabe dónde está el fuego de Doña Francisquita de Amadeo Vives y Te quiero morena de El trust de los tenorios de José Serrano, donde el tenor se mostró cercano, comunicativo y especialmente conectado con el público, provocando algunos de los momentos más cálidos y celebrados.
El regreso al repertorio francés marcó uno de los puntos culminantes de la noche. En Pourquoi me réveiller? de Werther de Jules Massenet, Flórez desplegó una media voz exquisita y un fraseo cargado de intención, seguido del siempre esperado Salut! demeure chaste et pure de Faust de Charles Gounod, recibido con una de las ovaciones más rotundas de la noche.
Entre estos bloques, Scalera brilló con la Mazurka glissando de Ernesto Lecuona y la Consolation nº3 de Franz Liszt, demostrando que su papel fue mucho más que el de acompañante: su toque elegante, atento y siempre musical sostuvo con inteligencia todo el edificio sonoro del recital.
El cierre llegó con Verdi y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de I Lombardi alla prima crociata de Giuseppe Verdi, donde Flórez mostró un canto más expansivo y de mayor peso dramático, sin renunciar a la elegancia de línea. La respuesta del público fue inmediata: bravos, aplausos prolongados y una sensación de clímax plenamente alcanzado.
Y entonces llegaron los bises, uno de los momentos más especiales de la noche. Juan Diego Flórez rompió el protocolo del recital para regresar solo, guitarra en mano, transformando el Liceu en un espacio íntimo y cercano. En formato de guitarra y voz, ofreció varias canciones populares latinoamericanas, despojando su canto de cualquier artificio operístico. Entre ellas, destacó especialmente la demandada Cucurrucucú paloma de Tomás Méndez, convertida en un momento de auténtica comunión con el público, que acompañó con emoción contenida. Más allá de los títulos, lo verdaderamente memorable fue ese cambio de registro: Flórez cercano, generoso y profundamente humano, cerrando la velada con una calidez que desató ovaciones en pie y múltiples salidas a saludar.
La conclusión fue la de las grandes noches: un Liceu completamente entregado, en pie, reclamando una y otra vez la presencia del tenor. Más que un recital, fue una celebración del canto y del carisma, de esas que convierten una noche de música en un recuerdo imborrable.
Crítica realizada por Norman Marsà




