
Hay títulos que no necesitan presentación, pero sí una mirada renovada que los sacuda del polvo de la tradición. Manon Lescaut, de Giacomo Puccini, regresa al Gran Teatre del Liceu de Barcelona con una propuesta escénica que divide y provoca, en una de esas veladas donde el aplauso convive con la incomodidad.
La ópera nos traslada al viaje emocional de Manon, una joven atrapada entre el deseo de una vida lujosa y el amor sincero del caballero Des Grieux. Desde su encuentro fortuito hasta la degradación final en tierras inhóspitas, Puccini construye un retrato descarnado de la ambición, la fragilidad humana y la imposibilidad de escapar de las propias decisiones. Un melodrama que, lejos de lo superficial, ahonda en la contradicción de una protagonista tan fascinante como condenada.
La dirección escénica de Alex Ollé, miembro de La Fura dels Baus, apuesta por una lectura contemporánea, despojada de romanticismo complaciente y cargada de imágenes de fuerte impacto visual. En su visión, Manon deja de ser únicamente una cortesana seducida por el lujo para convertirse en una figura desplazada, casi una refugiada emocional y social, arrastrada por un mundo hostil que la utiliza y la expulsa. Ollé traduce así el viaje del personaje en una metáfora de la vulnerabilidad contemporánea, donde la supervivencia pasa por decisiones límite. Su dirección actoral, precisa y exigente, empuja a los intérpretes a explorar zonas incómodas, aunque no siempre logra equilibrar lo conceptual con la emoción pura que exige Puccini.
En el apartado interpretativo, el triángulo central sostiene buena parte del pulso dramático de la función. La Manon de Asmik Grigorian es, sin duda, el corazón palpitante del montaje: su aproximación al personaje huye de la coquetería superficial para adentrarse en una fisicidad casi desgarrada, en sintonía con la lectura de Ollé. Vocalmente, despliega una paleta rica en matices, capaz de pasar del susurro íntimo a la explosión emocional sin perder nunca el control del fraseo. Pero es en lo escénico donde alcanza cotas más altas, componiendo una Manon vulnerable, contradictoria y profundamente humana, cuya caída se vive con una incomodidad casi física.
El Des Grieux de Ivan Gyngazov se presenta como un contrapunto lírico más contenido, apostando por una línea de canto elegante y bien sostenida. Su instrumento brilla especialmente en los momentos de mayor expansión melódica, donde Puccini exige ese abandono apasionado que Gyngazov resuelve con solvencia. Sin embargo, en lo escénico su construcción resulta más introspectiva que impulsiva, lo que en algunos pasajes resta urgencia dramática a un personaje que vive al límite de sus emociones. Aun así, su evolución a lo largo de la obra —de enamorado ingenuo a figura devastada— está bien trazada.
Por su parte, Iurii Samoilov firma un Lescaut de gran inteligencia escénica, alejándose del mero arquetipo del hermano oportunista para construir un personaje con aristas. Su presencia sólida y su canto firme aportan equilibrio al triángulo protagonista, funcionando como bisagra entre el mundo pragmático y el emocional. Samoilov sabe moverse con soltura en la ambigüedad moral del personaje, dejando entrever tanto su interés como una cierta sombra de afecto hacia Manon, lo que enriquece notablemente sus intervenciones.
Más peso dramático del que a priori podría esperarse adquiere el trabajo de Donato Di Stefano, quien dota a su personaje de una oscuridad contenida muy eficaz. Su emisión, robusta y bien apoyada, se combina con una presencia escénica que impone sin necesidad de excesos, construyendo una figura creíble dentro del engranaje opresivo que rodea a Manon. Hay en su interpretación una intención clara de no quedarse en lo funcional, buscando matices en cada intervención y aportando densidad a las escenas colectivas.
Filip Filipović cumple con solvencia en sus intervenciones, integrándose correctamente en el conjunto y aportando consistencia vocal al entramado escénico. Álvaro Diana cumple con corrección en su rol, sin grandes alardes pero con profesionalidad. Y destaca especialmente Mercedes Gancedo, quien, en su intervención, demuestra una sensibilidad musical y escénica que deja huella, incluso en un papel de menor recorrido.
En el plano técnico, la propuesta alcanza cotas de gran potencia visual. La iluminación de Joachim Klein es clave para construir atmósferas opresivas y sugerentes, jugando con contrastes que subrayan el viaje emocional de la protagonista. El vestuario de Lluc Castells se aleja de lo historicista para apostar por una estética híbrida que refuerza la atemporalidad del montaje. La escenografía de Alfons Flores plantea espacios abiertos, casi desolados, que dialogan con la soledad de los personajes. Destaca el trabajo del videoartista Emmanuel Carlier, que aporta una capa adicional de lectura, integrando proyecciones que amplifican el discurso escénico y sumergen al espectador en un universo inquietante.
Musicalmente, la velada se sostiene con firmeza gracias a la batuta de Josep Pons, que dirige a la Orquesta Sinfónica del Liceu con sensibilidad y pulso narrativo, cuidando los equilibrios para no ahogar a las voces y dejando respirar las líneas melódicas de Puccini. El Coro del Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección de Pablo Assante, responde con precisión y cohesión, aportando densidad sonora en los momentos corales.
En conjunto, esta Manon Lescaut es una propuesta que no deja indiferente: arriesgada, visualmente poderosa y sustentada por un trío protagonista de notable nivel, especialmente en el caso de una Grigorian que se entrega sin red. Sin embargo, su enfoque escénico —especialmente esa relectura de Manon como figura desplazada, casi refugiada— no terminó de convencer a todos, provocando una división evidente en la sala. Los abucheos finales de una parte del público contrastaron con los aplausos entusiastas de otros sectores. Quizá ahí resida su mayor virtud: en recordarnos que la ópera, cuando incomoda, sigue estando viva. Y solo por eso, merece ser vista.
Crítica realizada por Norman Marsà




