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19.03.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Ànima – Crítica 2026

Alabada, aplaudida, premiada: Ànima es una de las obras de teatro musical que deslumbró por sorpresa en su estrenó en el TNC en septiembre de 2024, agotando todas las localidades. Produccions Vero Vero, El Terrat, Bitó y Marianna En Viu coproducen ahora su paso al circuito privado, renovando ligeramente el título para su reestreno en el Teatre Tívoli de Barcelona.

Estamos ante un musical de paternidad compartida: a partir de una idea de Oriol Burès en 2019 y un texto de Blanca Bardagil se llega a una dramaturgia de ambos con Víctor G. Casademunt, con música de Adrià Barbosa y Abel Garriga y letras de Blanca Bardagil y Marc Gómez, con dirección de Gara Roda.

¿Qué se supone que es y qué es realmente Ànima? De manera convencional, podríamos decir que es la historia de Greta, una dibujante que en la América de los años 30 decide apostar por su sueño de convertirse en animadora y lo deja todo para irse a Los Angeles, donde sus sueños de trabajar en la productora de «Walter» («la del ratón») topan con el machismo imperante: las mujeres solo pueden participar en el departamento de tinta y color, no dibujando ni animando. En ese sentido, es una clásica historia Disney de «I wish», pero en Ànima hay más que eso.

Porque Ànima, y ahí está una de las fuerzas motrices del espectáculo, es también la historia de Walt Disney (sin especificar el apellido nunca) y su pugna para estrenar Blancanieves y los Siete Enanitos, sus claroscuros con Ub Iwerks y otros invisibilizados bajo el carisma del rostro de la animación, y la historia de la lucha de muchas pioneras que quedaron opacadas a la sombra de los hombres de Hollywood en los años 30, un escollo encarnado en la obra por Bernat Cot en el papel de Richard.

En una obra con mucho de encomiable, tanto en el Teatre Nacional de Catalunya como ahora en el Tívoli, reluce el trabajo de Oriol Burès como «Walter», ayudado por una efectiva caracterización pero sostenido por su matizada interpretación, que acude lo justo a la imagen que tenemos del personaje para crear su propia versión.

Frente a él, repite como Greta Paula Malia. No obstante, es a su swing Clara Solé a quien vimos nosotros en el pase al que acudimos, y por tanto hablaremos de su trabajo: inocente, ilusionada y guerrillera cuando toca, Solé parece ideal para el papel, carismática pero no avasalladora, dejando espacio a su crecimiento, con el añadido de que su parecido con Aina Sánchez (Emily) hace muy creíble que sean hermanas. Esta protagonista nos lleva de la mano a través de su peripecia vital, con una solvencia vocal suficiente para sus temas narrativos y emocionales, sin necesidad de llegar a la excelencia musical de Diana Roig (Mina), que conduce algunos de los temas más pirotécnicos de la obra. Las buenas comedias musicales dependen de grandes secundarios y a la Mina de Roig la imaginas sin problema protagonizando su propio spin-off.

Víctor G. Casademunt vuelve como George, sacrificado detonante de la historia (con un número con el sabor clásico de Broadway) y posteriormente objeto de la escena más hilarante de la obra -y que da nombre a la productora del espectáculo, «vero vero»-, un curioso galán convertido en bufón. También regresa Annabel Totusaus en el papel de Haze, la jefa del departamento de Tinta y Color (Hazel Sewell en la vida real) y un personaje esencial para el desarrollo de la obra, puente entre Walter y Greta.

Hay una plétora de personajes secundarios que acaban de completar los tira y afloja de la historia, no solo súbditos de la historia de la protagonista sino con sus propias líneas personales, y a los que la directora saca partido cómico, dramático o emotivo.. A las ya mencionadas de Mina (emprendedora), Emily (al borde del fracaso empresarial) y Haze, podemos destacar las de la secretaria Bernice (Mireia Portas); la voz de Blancanieves, Adrianna (Joana Roselló, en una versión de Adriana Caselotti); o Lilly, esposa de Walter (Anna Ferran, versión de Lillian Disney), y sus intentos porque las locuras de su marido no destrocen su familia, entre otras. El hecho de que los personajes tengan sus propios problemas para no perder su «alma» particular multiplica el significado del título de la obra más allá del triplete ànima/animación, ànima/el alma de los personajes animados y ànima/la que quiere expresar la protagonista, en cada caso equilibrando los deseos con los precios que los personajes están o no dispuestos a pagar.

Visualmente la obra es atractiva, con un motivo circular que no se vuelve repetitivo gracias a las variaciones combinado con números centrales, la escenografía es obra de David Pizarro y Roberto del Campo. Hablando de números: los más espectaculares son el de las acomodadoras (vinculado a la mentira), el de reivindicación feminista, y por encima de todo, el número de presentación de Walter, un auténtico tour de force deslumbrante, con homenajes a la era (por evidente que fuera el del Mago de Oz, no lo vi venir, y es por no tomar al pie de la letra el diseño de vestuario… por cierto, de nuevo a cargo de Oriol Burés). Bastante buen nivel generalizado de baile, sin apabullar con solistas que dejen muy por debajo al resto: coreografías de Clara Casals, Chema Zamora y Sharon Levi que nos transportan a la época en todo momento.

En lo musical, una orquesta de 20 integrantes que llena de vida el teatro y que cumple con los otros guiños a Disney, los musicales, en una partitura que esconde (e invierte) segmentos Disney para quienes estén atentos, pero que resulta fresca, no un pastiche. Emocionante, descriptiva y funcional sin grandes temas memorables de los que sales tarareando al salir (excepto un par de compases emblemáticos) o te hacen correr a comprar el disco (ya disponible) pero sí efectivos.

Lo que hay que decir de Ànima es que es muy recomendable, que es una gran película Disney sobre Disney y los que le rodean que nunca podrá, seguramente, estrenarse en Estados Unidos… Y ellos que se lo pierden, porque este musical está al nivel de cualquier cosa que se haya estrenado en los últimos tiempos en Broadway… salvo quizás Maybe Happy Ending, pero con los robotitos adorables no se mete nadie. Lo más importante es que Ànima tiene… eso, alma, que conecta con nuestras emociones pero no necesariamente nuestras expectativas, nos da entretenimiento pero también alimento intelectual, y que demuestra la importancia de tener swings y covers, secundarios y músicos de primer nivel, más allá de las estrellas que aparecen en la marquesina. Nueve sombreros con orejas de ratón sobre diez para este título.

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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