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18.03.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La malquerida – Crítica 2026

El Teatro Español de Madrid trae a la actualidad a uno de los grandes nombres de la historia de la dramaturgia en castellano, Jacinto Benavente, con una nueva producción de Malquerida dirigida por Natalia Menéndez y protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón.

Malquerida, estrenada en 1913, es uno de los textos más complejos y oscuros de Jacinto Benavente, un autor habitualmente asociado al ingenio y la comedia de salón. Aquí, sin embargo, se adentra en un drama rural marcado por los celos, el deseo prohibido y la violencia soterrada que corroe a una familia. Su estreno fue un éxito rotundo, celebrado por la crítica por su audacia temática y su capacidad para retratar un mundo campesino sin caer en el folclore fácil. Hoy, más de un siglo después, la obra sigue interpelándonos por la manera en que aborda los afectos tóxicos, la manipulación emocional y la imposibilidad de dominar ciertas pasiones.

Juan Carlos Rubio firma una adaptación que opta por recortar los elementos más costumbristas del original para concentrarse en el núcleo del conflicto: la relación entre Raimunda, su hija Acacia y Esteban. Un triángulo con una vertiente social y otra íntima muy diferente, obvia para unos, imposible de imaginar para otros. Rubio depura la obra, elimina personajes secundarios y acentúa la dimensión emocional del mencionado triángulo. Una intervención que quizás abrevia demasiado, desdibujando el entramado social que sostenía el texto de Benavente, dejando la historia más desnuda pero también menos enraizada en su contexto.

La dirección corre a cargo de Natalia Menéndez, figura destacada de la escena española y antigua directora del Festival de Almagro. En esta ocasión ofrece un trabajo que no termina de cuajar, que Malquerida sea un drama rural no implica que deba teñirse de ademanes lorquianos, de gestos hiperbólicos o de una poética exacerbada. Benavente exige una sobriedad castellana, una contención que haga hervir la tensión desde dentro. La escenografía minimalista (Alfonso Barajas), que fusiona interiores y exteriores, junto a una iluminación atmosférica (Juan Gómez Cornejo) y un diseño sonoro constante (Mariano Marín), crea un clima más cercano a la ensoñación que al rigor seco que pide el texto. El resultado es una estética que contradice, más que potencia, la esencia dramática de la obra.

Con estos mimbres, los actores se entregan con intensidad, pero el registro que adoptan parece más orientado a epatar que a relatar, más a impresionar que a narrar. Se percibe más al intérprete que al personaje, más la técnica que la biografía emocional que debería sostener a una madre desgarrada, a un marido atrapado en su deseo, a una hija dividida o a un antiguo pretendiente marcado por el miedo o el rencor. Aitana Sánchez-Gijón, Juan Carlos Vellido y Lucía Juárez muestran solvencia, pero sus composiciones se sienten externas, poco habitadas. Solo Goizalde Núñez logra encarnar con naturalidad su arquetipo de criada.

En conjunto, esta nueva adaptación de Malquerida es una oportunidad perdida para devolver a la actualidad a un autor fundamental de nuestra literatura —no olvidemos que Jacinto Benavente fue Premio Nobel de Literatura en 1922—. El montaje parece más preocupado por agitar al espectador mediante imágenes supuestamente impactantes que por construir un discurso sólido sobre las tablas. Falta arrojo, falta escucha al texto y falta confianza en la potencia dramática que ya contiene.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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