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16.03.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La carn – Crítica 2026

La carn se presenta en la sala Nave 73 de Madrid, como una propuesta escénica que abre una puerta directa a la intimidad de un joven que decide poner precio a su propio cuerpo. A través de este relato sobre la vulnerabilidad y el comercio de la identidad, la pieza invita al espectador a cuestionar los límites del deseo y la mercantilización del ser humano en la sociedad actual.

El equipo artístico de esta producción está encabezado por Lluís Garau, quien asume la responsabilidad de la dramaturgia, mientras que la estética visual y la identidad de los personajes corre a cargo de Pau Aulí en el diseño de vestuario.

Recién llego del 29 Festival de Málaga, donde, casualidad, se ha estrenado el largometraje de La carn, sobre la creación de este proyecto que ha vuelto a Madrid después de su paso por el Teatro del Barrio el pasado verano. El proyecto podría ser una docuficción sobre el proceso creativo de La carn, en el que Lluís Garau pone el cuerpo al servicio del arte, en un relato sobre la obsesión, la soledad, la validación de la mirada externa, y el camino hacia la fortificación de uno mismo tras la pantalla de un dispositivo electrónico.

Contando con esta perspectiva La carn es un cuadro. Bueno, quizás un díptico sobre la identidad online y un intento de introspección del nativo digital enfrentándose a las reglas impuestas sobre las relaciones personales tiranizadas por el ensimismamiento, la presión autoimpuesta sobre nuestra imagen personal comparada a lo que percibimos de las de los demás, y la subsistencia en el Mercado del Capital Sexual. Y para mi se queda en ese intento, porque ni siquiera la propuesta considero que presione ninguna frontera que me provoque hacer saltar algún tipo de resorte.

Considero muy común una tendencia de las escénicas de los últimos años, que comienza a convertirse en un statement mas que en un trend, y que es algo asi como «cuando no tengas nada que decir, baila», y entonces te cascan el track de una canción con la que consumes 4 minutos de la duración de tu espectáculo, algo heredado de los proyectos al peso de Netflix que nada puede bajar de los 120 minutos, aunque directamente 60 minutos del total sean imágenes propias de un marco digital, o miradas al infinito del protagonista mientras suena Thousand Miles de Vanessa Carlton.

En La carn suena BB Trickz, suena Mahler, suena Daddy Yankee, y no se incluye el Lacrimosa del Requiem de Mozart porque quizás es estirar demasiado la cuerda melodramática y no estamos en una producción de terror elevado de A24. Y todas las aportaciones musicales, que me puedo plantear que son aleatorias según el mood de Lluís Garau el día de la representación, las siento tan vacias como las interacciones con los usuarios de la red de onanistas anónimos. Un vacio que es transmitido igualmente con el montaje escenográfico, en la caja negra escénica: un cubo, una toalla, dos focos, un jockstrap, un pantalón, la mesa, la silla, el ordenador.

Czech Hunter abre el montaje y P. me comentaba que si sabía que la mayoría de los chicos cazados por el dotado adinerado eran ucranianos y no checos, porque son un sector de la población en situación vulnerable del país. La dinámica del cazador, si alguna de las lectoras no la conoce, es caballero sin cara pero con miembro descomunal, se aproxima a jóvenes atractivos que encuentra por la calle y les ofrece dinero para, primero, mostrarle sus atributos detrás de un seto, a cambio de dinero, y una vez el joven ve que hay lo que llena esos bolsillos, no es solo Team Carne sino bien de panoja, son llevados a una habitación donde, a cambio de mas parné, entregan su boca y su recto. Partiendo de esta premisa, uno podría llegar a esperar que el performer entrase en el mundo del intercambio carnal virtual a cambio de bitcoins o ingresos en Paypal en Cam4 u OnlyFans, pero «el precio» que pone a su propio cuerpo es solo el que se paga por la entrada al espectáculo.

Hablaba con J. después de la proyección de La carn que el circulo vicioso de esta plataforma de cams aletorias se asemejaba a mi disociación nocturna con TikTok (plataforma, precisamente, donde conocí a Lluís antes de saber que era artista), donde, a diferencia (o no) de lo que podría suponerse, yo me conecto no para excitarme en ningún aspecto sino precisamente como un interruptor que me apague. Asisto con la mirada pasiva a videos de perritos rescatados, gatitos, hyrax, señores que saltan a la comba sin ropa interior, señores que juegan al yoyó sin ropa interior y se lo enrollan en el pene, lecciones de inglés, humoristas chilenos y la selección española de rugby. Entiendo que la única diferencia entre mi divagar tiktokero y el camino por esa otra plataforma es que yo solo tengo una mano ocupada, para el scroll, y los otros usuarios deben usar las dos.

El haber visto el proyecto audiovisual me ayuda a percibir en el proyecto escénico lo que Lluís Garau quiere representar, pero la reproducción de un espacio íntimo como podría ser el hipotético cuarto de la casa de los padres o ese sótano, es tan vacuo como el poco calado de la interpretación en sus distintas disciplinas. No nos tenemos que ir muy lejos en el tiempo (ni en esta sala) para haber asistido a representaciones donde un vacío existencial, una autopercepción exigente en extremo o las oscuras profundidades de las relaciones sexuales pueden conducir a una espiral autolesiva, destructiva o de anulación voluntaria de la identidad en pos de la aceptación social, la estabilidad emocional o la salud mental.

La carn es una leve introducción al universo de la identidad digital, la soledad, el culto a la validación masculina (homosexual) y la anestesia vital, en la que echo en falta profundidad, singularidad en la proyección o un mínimo de veracidad testimonial que me aleje de percibir una gay trap escénica, una presuntuosa provocación o una caduca expresión de «teatro moderno» por el que precisamente el «teatro moderno» es criticado y descalificado.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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